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Fallece el sacerdote Manuel Barrancos González

Era uno de los históricos de la fraternidad Sacerdotal en España. Una persona entrañable y fraterna.                             

El sacerdote D. Manuel Barrancos González ha fallecido este 27 de marzo a la edad de 93 años. Natural de Maracena, recibió la Ordenación Sacerdotal el 14 de junio de 1953, cuatro días antes de cumplir 26 años de edad. Incardinado en Granada, actualmente era canónigo emérito de la Abadía del Sacromonte, donde estuvo vinculado desde el año 1988.

Su primer destino fue como coadjutor de la parroquia de San Gabriel de Loja, desde julio de 1953 y donde estuvo un año. Después, por un periodo de dos años estuvo como párroco en San Benito de Trevelez, y durante diez años, entre 1956 y 1966 estuvo como párroco de la parroquia del Señor de la Expiración de Campotéjar.

Otros destinos como párroco fueron en las parroquias de San Patricio de Albuñol (entre el 1 de diciembre de 1966 y el 1 de julio de 1968), en la Encarnación de Montefrío (durante diez años), en Nuestra Señora de la Consolación en Pinos Puente (desde el 1 de enero de 1979 hasta el 1 de junio de 1982), en Nuestra Señora de los Dolores en Cájar (entre 1982 y 1988) y en la parroquia de Nuestra Señora de los Remedios de El Fargue, en Granada (del 1 de noviembre de 1991 al 1 de enero de 2003).

Fue copárroco en San Andrés de Montegíjar y en Nuestra Señora del Rosario de Domingo Pérez, simultáneamente durante dos años.

Carta de Pascua a todos los hermanos alrededor del mundo


Carta de Eric, responsable internacional de la Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas.                                                                         

FRATERNIDAD SACERDOTAL
IESUS CARITAS

CARTA DE PASCUA
A TODOS LOS HERMANOS ALREDEDOR DEL MUNDO


Filipinas, 12 de abril de 2020

“Estoy resucitado, y todavía estoy con ustedes, aleluya” (cf. Ps 139:18)



Amados hermanos,

les escribo desde mi ermita, tal como muchos de ustedes, en cuarentena. Este enclaustramiento impuesto es una excelente invitación para la adoración diaria, la meditación del Evangelio, el día de desierto, la revisión de vida, orando por el mundo, especialmente por los pobres, con fidelidad, intensidad y concentración. Una vida de soledad y de oración de calidad es nuestro humilde acto de caridad para nuestro mundo en pandemia.

Mirando a través de mi ventana estoy observando signos de vida nueva en la naturaleza. Aquí está seco y húmedo pero los pájaros están tocando y cantando su único repertorio de canciones, las mariposas están volando suavemente de flor en flor buscando néctar, los árboles se ven verdes y dan sombra a pesar del golpeante calor. Es asombroso como la naturaleza tiene su propia forma de anunciar la Resurrección. Sin preocupaciones y en completo abandono en Dios que los cuida.

Se supone que nosotros los humanos, somos de una especie superior por nuestra razón, pero ésta ha expulsado sistemáticamente nuestra confianza en Dios en el día a día y confiamos más en nuestro pensar egoísta. Este mismo pensar ha sido la causa de la violencia, el odio y la desconfianza. La Resurrección está ofreciéndonos perdón, amor y confianza. El mundo tiene que elegir.


Estamos en cuarentena hasta el 3 de mayo, pero a los sacerdotes se les ha dado salvoconductos para las labores litúrgicas y caritativas. Los he estado usando cada día para visitar las personas que me han invitado a acompañar a los moribundos y a las familias en sus pérdidas, para facilitar los diálogos en familia, dar alimento y dinero a los que han perdido sus trabajos. Alguien me ha movido para estar con la gente en su desamparo, especialmente porque no podían ir a la Iglesia y orar. La Presencia llevada con mi presencia es un bálsamo que los conforta.

Al mismo tiempo, he sido extremadamente cuidadoso en seguir los protocolos de higiene y distanciamiento para no hacer más daño a la comunidad. Esta mañana, mi amigo Lemuel vino a mi ermita con mucha hambre, ojeroso, pidiendo alimento para sus 4 famélicos hijos. Lemuel quedó sin trabajo. Al pasarle algunas cosas, me sentí bendecido por su alegría, pero también sentí la incertidumbre en sus ojos.

Después de la oración, esta mañana di una larga y amorosa mirada al mapa colocado en mi pared. Mis ojos se fijaron en los 4 continentes: África, Europa, Asia y las Américas. El virus es ciertamente un gran igualador para los países ricos y pobres ya que todos están sufriendo la misma suerte. Veo rostros de doctores, enfermeras, pacientes y sus familias, preocupados, temerosos y, sin embargo, luchando por la vida.

(Mientras escribo esto, me han informado que mi hermana que trabaja como enfermera en los Estados Unidos ha sido diagnosticada como COVID positivo. Su familia está ahora en riesgo).

El mundo está sufriendo su pasión. Veo rostros de desamparo, preocupación, miedo, tristeza, odio y violencia por todas partes, con múltiples disfraces. Me pregunto: ¿Cuál es el mensaje de Cristo Resucitado para nuestro mundo hoy? ¿A qué nos está invitando Dios a ver? ¿Hacia dónde nos está guiando? ¿Significa la Resurrección que El nos va a rescatar de todo esto? ¿Cuál es la respuesta de Dios a su pueblo en pandemia? ¿Cómo debe ser oído el apacible mensaje de la Resurrección en medio de las abrumadoras noticias de muerte, sufrimiento y conflicto? ¿Dónde está la senda de la esperanza y de vida nueva en nuestros difíciles tiempos?

Hermanos, por favor, sufran conmigo estas preguntas. Yo los necesito, nos necesitamos unos a otros, la gente nos necesita. La Resurrección no es una alegría barata ni dulces palabras sonoras para rescatarnos de nuestro sufrimiento. Tenemos que forzar nuestros oídos y estirar nuestros corazones para oír el Mensaje. Luchamos con Dios por respuestas, aún si su respuesta está escondida en su silencio.

Encuentro que la lectura del relato de la Resurrección en la versión de Juan este año, es un Kairós. Algunos detalles de la versión de Juan podrían ayudarnos a ver y oír el Mensaje. Como no soy especialista en hermenéutica bíblica, confío en una reflexión orante del texto. Por favor, sean generosos si suena ingenuo.

Permítanme puntualizar tres cosas.

Primero: Juan habla de que la Resurrección ocurrió “el primer día de la semana cuando todavía estaba oscuro” (Jn 20, 1a). La Resurrección irrumpe de los cimientos de nuestra humanidad y del mundo, en la oscuridad de lo desconocido. Esto nos recuerda el Génesis cuando el mundo estaba oscuro y sin forma y el Espíritu se cernía sobre las aguas oscuras. Entonces dijo Dios: “Que haya luz y hubo luz” (Gen 1,2-3).

Hoy el mundo está en la oscuridad de la pandemia. El futuro parece aún más oscuro para muchos. ¿Cómo se recuperarán los negocios, el gobierno, el pueblo? ¿Es nuestra planificación estratégica, nuestros pronósticos optimistas de encontrar curación, una luz suficiente para darnos un futuro brillante? En medio de la oscuridad total, donde los cimientos del mundo parecen ser sacudidos, estalla la luz de Cristo. ¿Podemos ver? Ver no proviene de nuestra lógica humana porque ésta es fácilmente derrotada por la oscuridad. La luz viene del Cristo Resucitado. ¿Viene Dios a rescatarnos de este mal? En absoluto, porque el mal hace lo que hace. Dios redime. El, en última instancia, reivindica la virtud, la bondad y la fidelidad mientras pasamos por el mal y por el sufrimiento, tal como lo hizo con Jesús. Dios y Cristo Resucitado no controlan, en definitiva, el mal y la muerte. Este es nuestro credo. Simplemente tenemos que confiar en su verdad y vivirla en el día a día.

Segundo: Juan enfatiza que lo primero que vio María Magdalena fue la tumba abierta (Jn 20, 1b). Ella estaba triste porque todavía no podía vincular la tumba abierta con la Resurrección. Fue solamente después que lloró que vio al Resucitado (Jn 20, 11 y ss). Esta es una invitación a nosotros para ver nuestra realidad a través del suave lente de lo femenino: en la tristeza y en las lágrimas. Ambas preparan el corazón para ver de verdad. Hay muchas cosas por las cuales estamos tristes en nuestra realidad de hoy. Estamos llorando porque de una forma o de otra, somos parte de este mundo herido, roto y violento y, en muchos sentidos, hemos contribuido a su violencia y heridas.

Finalmente, María informa a Pedro y Juan de lo que vio. Pedro y Juan lo vieron por sí mismos. Pedro vio. Juan vio y creyó. Ellos dos todavía no entendían el significado de la Resurrección (cf Jn 20, 2-9). Este detalle nos invita a que, en orden a experimentar una vida nueva, necesitamos acercarnos unos a otros y caminar juntos como una comunidad de buscadores de la verdad.

Nuestra realidad es una visión compartida y nadie monopoliza el todo ni absolutiza su parte del todo. Cada uno contribuye. Cada uno cree que el otro tiene algo que aportar. La verdad nos humilla porque en lugar de poseerla, ella nos posee a nosotros. Siempre está más allá de nosotros. Por lo tanto, necesitamos el aporte del otro. La verdad es un don gratuito revelado a una vibrante comunidad de peregrinos que busca con esperanza. Es triste decirlo, en nuestro mundo posmoderno, el poder se confunde con la verdad. Así, uno se vuelve arrogante con su parte y absolutiza su parte como si fuera la verdad total. Esta es la misma mentalidad que crea guerra y violencia. La Resurrección ofrece paz y perdón. Necesitamos elegir.

Hermanos, continuamos compartiendo nuestra búsqueda de la verdad en el Señor Resucitado hoy, tanto en la soledad de nuestra oración como en nuestros compromisos fraternos y misioneros. El Hno. Carlos está mostrándonos el sendero y también caminando con nosotros en nuestro anhelo de seguir a Jesús de Nazaret, de ser hermano de todos, vivir Nazaret, estar presente con los pobres, revisar nuestras vidas, gritar el Evangelio con nuestras vidas, oler a oveja en nuestra misión en las periferias, vivir el Evangelio antes de predicar.

Esta es nuestra espiritualidad como sacerdotes diocesanos en las huellas del Hno. Carlos. Este es nuestro regalo a nuestro mundo y a nuestra Iglesia hoy. Como regalo es inmerecido, pero necesitamos constantemente reajustar el regalo a través de la práctica. En esto, todos somos principiantes y compañeros de lucha, pero juntos, nos animamos unos a otros para estar este tiempo volviendo a nuestra práctica.

Mi humilde oración por cada uno de ustedes. Por favor, recen también por mí.






Eric LOZADA

(Traducción de Fernando TAPIA)







Una Pascua distinta, con sabor a Nazaret



Saludo y felicitación en el tiempo de Pascua del responsable de la Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas en España.                            


UNA PASCUA DISTINTA, CON SABOR A NAZARET

Aquilino MARTÍNEZ, responsable regional de España,
fraternidad sacerdotal Iesus Caritas

Éste va a ser mi primer saludo y felicitación en el tiempo de Pascua, como responsable de la Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas, en España.
El primero debería haber sido en la última Navidad. Pero, como muchos sabéis, un ictus repentino, sin avisar, pocos días antes de la Navidad, decidió que empezara mi tiempo de “confinamiento”, casi tres meses antes del confinamiento oficial. No puedo sino dar gracias, a tantos sanitarios buenos y competentes, a mi familia y a los amigos, que han estado ahí, acompañando, apoyando y rezando. Por supuesto, he contado también con la amistad y la oración de tantos hermanos sacerdotes de la Fraternidad.
 
De repente, el mundo se ha “paralizado”. O quizá no. En pleno siglo XXI, cuando pensábamos que muchas cosas ya estaban superadas, cuando creíamos que las epidemias y pandemias eran cosa del pasado, en el que existían menos medios, más pobreza, menos recursos… entonces nos vemos sorprendidos, en todo el mundo, con esta pandemia del coronavirus.
Hemos caído en la cuenta de nuestra vulnerabilidad, de que no somos tan fuertes, ni estamos tan preparados como pensábamos. Un “bichito” está poniendo “en jaque” a todo el mundo. Y aún no somos capaces de intuir las consecuencias de todo esto. Consecuencias a nivel económico, social, laboral, educativo… E, incluso, a nivel religioso. Los medios nos van poniendo al día de las cifras: contagiados, muertos, curados… Cifras de nuestro país, y de los países del Primer Mundo. Como siempre, el Tercer Mundo no cuenta. No salen cifras, ni imágenes, prácticamente. Las consecuencias de una pandemia en Africa, por ejemplo, pueden ser terribles. Pero, también, en esos Cuartos Mundos invisibles, pero muy presentes en el Primer Mundo.

Mi intención, con este mensaje de Pascua, dirigido a sacerdotes de la fraternidad, no es plasmar esta situación insólita causada por el coronavirus, sino intentar compartir algo de mi reflexión durante este tiempo de confinamiento. Ciertamente, para mucha gente está siendo una vivencia muy negativa y dolorosa. Un dolor que compartimos, pues también nosotros hemos perdido últimamente a hermanos sacerdotes de la fraternidad, unos por coronavirus, otros por otras enfermedades y circunstancias. Nuestro homenaje a todos los difuntos de esta etapa y, también, a todos los que acompañan, en primera línea, a los afectados. Cuánto santo anónimo tenemos por ahí, cuya santidad estos días está brillando, mientras otros estamos recogidos y “tranquilos” en nuestras casas. Pero, más allá de nuestra oración por los que se han ido o están muy enfermos, y nuestro reconocimiento a los que los acompañan de cerca, se nos ofrece una ocasión magnífica para adentrarnos, un poco más si cabe, en nuestro carisma: Nazaret. Por eso, me he atrevido a ponerle título a estas reflexiones, más o menos entrelazadas: “Una Pascua distinta, con sabor a Nazaret”.

Nunca podemos dar por zanjado nuestro camino de profundización en Nazaret. Siempre estamos en camino de redescubrir y actualizar ese Nazaret en nuestra vida sacerdotal, como presbíteros diocesanos. Y, quizá, esta etapa en casa es una gran ocasión para ello. Cuando seguramente teníamos todo preparado o en marcha para vivir una nueva Semana Santa y una nueva Pascua, el bichito ha decidido que todos esos planes se vengan abajo y que nos encerremos en casa. Pero, en cristiano, cualquier circunstancia, incluso las negativas, las no previstas, las que aparentemente nos superan, pueden ser una gran ocasión para crecer, para dar un paso en nuestra vida de fe, y como sacerdotes.

Sin duda, el coronavirus nos ha introducido en el Nazaret más básico: nuestra casa. Desde hace más de un mes no podemos salir de casa, si no es para lo imprescindible. Y lo que, en un primer momento, nos ha podido dejar un tanto desconcertados, nos puede estar proporcionando una lectura más profunda de nuestra vida, humana, cristiana y sacerdotalmente hablando. Se nos regala la oportunidad de recrear, en cierto sentido, ese Nazaret doméstico de Jesús, que fue como un “entrenamiento” para su vida pública. Aunque, como nos decía nuestro hermano Francisco Clemente, esa primera etapa en Nazaret ya formaba parte de la misión apostólica: “A veces hemos mirado Nazaret como contraposición de la vida apostólica. ¡Como si Nazaret no fuera en sí misma apostólica, y como si los años en que Jesús caminó por Palestina no llevaran en sus entrañas la experiencia nuclear de Nazaret! Jesús es apóstol en sus treinta y tres años, aunque en cada etapa exprese su acción pastoral con acentos diferentes” (Nazaret, espiritualidad del exilio. Francisco Clemente). El tiempo que Jesús vivió en Nazaret con su familia, “en casa”, ya era misión. Y un poco más adelante Francisco Clemente hace más explícita esa misión en Nazaret: “En Nazaret, Jesús salva testimoniando, gritando con su propia vida la gran experiencia que más tarde explicará con su palabra…” (ídem). 
Quizá, superados los primeros días de cierto desconcierto, hemos podido entrar, dentro de este confinamiento, en una etapa más “nazarena”, en el sentido de vivir en silencio, sin ruido, más “hacia dentro” que “hacia fuera”, realidades que forman parte de nuestra vida sacerdotal y que, quizá, muchas veces están descuidadas. Está siendo un tiempo para orar más y mejor. Ese tiempo que muchas veces echamos en falta, por el cúmulo de tareas pastorales o, simplemente, porque nos hemos “acostumbrado” a ir tirando, haciendo muchas cosas, pero cuidando poco nuestra amistad con Jesús. ¡Cuántas horas dedicaba el hermano Carlos a su amistad con Jesús y con el Padre!. Y no por eso dejaba de ser misionero, todo lo contrario. Ese tiempo de intimidad con Jesús formaba parte, para el hermano Carlos, de la misión. Esta Pascua distinta puede ser una ocasión para saborear mucho más esa intimidad con Jesús.   
Unido a lo anterior, y en ese contexto de intimidad con Jesús, cuánto podemos crecer en esta etapa de confinamiento en algo que era parte importante en el Nazaret diario de Carlos de Foucauld: la meditación pausada del evangelio. Cuántas “vueltas” le daría el hermano Carlos al evangelio, y así lo expresa en sus escritos:
“Es necesario empaparnos del espíritu de Jesús, meditando sin cesar sus palabras y sus ejemplos. Que sean en nosotros como la gota que cae y recae sobre una piedra siempre en el mismo lugar”. Es muy probable que supiera de memoria todos los pasajes. Tenemos muchos comentarios suyos de los evangelios. Cuántas veces contemplaría las escenas de Nazaret. Cómo se iría forjando una imagen de Jesús en la lectura y meditación continua de esos evangelios, cómo se iría acercándose a Él a través de los evangelios. Tenemos una ocasión magnífica para profundizar en el evangelio y la Palabra de Dios. Una lectura pausada, serena, contemplativa…que nos ayude a conocer más y mejor a Jesús, y nos impulse a hacer una lectura encarnada y actualizada del evangelio.

Pero, además, podemos crecer en el amor, en el afecto, hacia tantas personas que forman parte de nuestra vida sacerdotal y pastoral. A veces, metidos y comprometidos en tantas faenas pastorales, olvidamos que lo más importante es querer de verdad, con un amor como el de Jesús, a aquellas personas con las que caminamos y trabajamos en nuestras parroquias y en nuestros ámbitos de referencia.
Este tiempo en casa, curiosamente, puede ser un tiempo para estrechar nuestros lazos y nuestro afecto con toda esa gente a la que, no solo tenemos que servir y orientar, sino también querer. Como hacía Jesús. Y como hacía también el hermano Carlos: tenía muy presentes, en su contacto habitual con Jesús, a todos aquellos que formaban parte de su misión. Podemos así romper ese sacerdocio funcionarial en el que muchas veces caemos. Estamos llamados a querer a la gente y, desde ese afecto, mostrarle a Jesús. Desde ahí, podemos darle más realce a una expresión que suele formar parte de nuestro lenguaje, pero muchas veces sin contenido: comunión. Tiempo del coronavirus: tiempo para crecer en el afecto y la comunión con nuestra gente.

Y, por supuesto, podemos tener mucho más presentes a los últimos, a los que más sufren, a los descartados. No nos faltan ejemplos estos días. Sin olvidar que, antes y después del coronavirus, desgraciadamente, van a seguir estando ahí. Fue una de las tareas prioritarias del hermano Carlos. Solía estar cerca de los que no contaban. Acogerlos, atenderlos, quererlos…también formaba parte de la misión, era la misión. Si queremos seguir a Jesús de Nazaret, teniendo en cuenta el estilo de Carlos de Foucauld, una parte importante de nuestro tiempo y de nuestro corazón tiene que ir dedicado a ellos. Ahora, en este tiempo de confinamiento, en el que aparentemente estamos “lejos” de los que sufren, en realidad puede ser un tiempo para estrechar nuestros lazos con ellos. El hermano Carlos nos enseña, no sólo a atender a los pobres, a los que sufren, sino a quererlos, a ponerlos en el centro. Y esa actitud no se improvisa. Se madura en la adoración, en la liturgia de las horas, en la Eucaristía, y se concreta en el encuentro acogedor con ellos. Ahora podemos hacerles presentes con nuestro afecto. Quizá podemos hacer algo concreto, a través de nuestras Cáritas u otras formas de acercarnos e interesarnos por ellos.

Este pequeño “listado” de acciones, a modo de propuesta para este tiempo de confinamiento, podría alargarse. Seguro que cada uno podemos completarlo, desde nuestra propia historia como hermanos de la fraternidad, y desde lo que estamos viviendo en este momento. Se nos regala una nueva Pascua que, efectivamente, puede ser “una Pascua distinta, con sabor a Nazaret”. Ojalá podamos compartir todo esto el próximo verano, en nuestros ejercicios espirituales, momento de encuentro y de profundización en nuestra espiritualidad.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!



Aquilino MARTÍNEZ,

Responsable de la Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas (España)

Xirivella (Valencia), 19 de abril de 2020