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De las tumbas abiertas a los nuevos caminos de esperanza

Carta de Pascua de Eric Lozada, responsable internacional de la Fraternidad Sacerdotal a sus hermanos en el mundo. 

"DE LAS TUMBAS ABIERTAS A LOS NUEVOS CAMINOS DE ESPERANZA”

“Me hiciste pasar por muchas angustias, pero de nuevo me darás la vida,
Me harás subir de lo profundo de la tierra” (Sal 71, 20)

“¡Despierten y griten de alegría los que yacen en el polvo!
Porque tu rocío es un rocío de luz, y la tierra dará vida a las sombras” (Is. 26,19)

“Y muchos de los que duermen en el suelo polvoriento se despertarán, unos para la vida eterna y otros para la ignominia, para el horror eterno” (Dan 12,2)

Como dice el Cardenal Luis Antonio Tagle en uno de sus libros, “somos gente de Pascua”. La realidad de la Pascua nos recuerda que, en medio de la violencia, hay en el mundo de hoy una realidad mucho más grande de paz. Esto no es una especie de fórmula mágica sino una conciencia que se expande y se profundiza y que brota de las profundidades de la tierra desbordándose en cada realidad de nuestro mundo.

La forma de aproximarse hacia esta realidad pascual es ver la humanidad y el mundo a través del lente de Dios, quien resucitó a Jesús de entre los muertos. En Dios, el universo entero está naciendo con la alegría de una vida nueva en Cristo Resucitado, a pesar de todo aquello que trata de sabotear esta vida.

Nosotros caminamos como gente de esperanza, maduros hijos de la luz aun cuando la muerte y la oscuridad parecen ser lo predominante en la realidad de hoy. Continuamos siendo embajadores de esperanza en medio de las realidades de la guerra y de la violencia en Ucrania, Myanmar, Haití y Afganistán, en medio de la pobreza y de la desigualdad en los países de África y Asia, en medio de la destrucción ecológica que pone una pesada carga en los sectores más pobres de la población, en medio de la crisis económica, de las revueltas políticas en que las personas tratan de eliminarse unas a otras, en medio de la pandemia que gravemente afecta a los vulnerables y a los pobres a lo largo del globo. La lista continúa.

La esperanza de vida nueva en Cristo Resucitado es un antídoto contra las actitudes que prevalecen frente a la oscura realidad de hoy, como por ejemplo negar o escapar a la realidad; o estar demasiado enredado en nuestra oscura realidad que llegamos a ser prisioneros de una triste y absoluta impotencia; o hacer todo lo posible para sobrevivir, pensando solo en nuestro bien personal sin mirar el bien común y el cuidado de nuestra Casa Común.

La esperanza no es volarse sino caminar a través del oscuro túnel de la realidad con un salto de confianza en el Dador de Vida y Luz, el Dios que está siempre más adelante y más allá. La esperanza es una entrega amorosa a la verdad de que la muerte no es la última palabra de todo, aun cuando el mal parezca tener la superioridad. El desafío de la esperanza hoy día es construir fraternidades de esperanza, gente que camina junta, que se miran unos a otros de manera positiva, que se escuchan unos a otros con respeto y que disciernen donde la humanidad se ha convertido en parte del problema en vez de ser parte de la solución de las enfermedades de nuestro mundo. Como gente de esperanza, caminamos juntos con nuestros hermanos y hermanas hacia el sueño que Dios tiene para nuestro mundo en Cristo Resucitado. Los esfuerzos individuales no bastan. Nuestro mundo hoy está gimiendo por un nuevo orden mundial compartido por todos, enraizado en el mansaje pascual de la esperanza.

Pero primero es lo primero. Ante todo, reconozcamos juntos donde están las tumbas que Dios en Cristo Resucitado, está dispuesto a abrir con nosotros y a través de nosotros. Guerras abiertas, pobreza, destrucción del medio ambiente, migraciones, división mundial, son síntomas de mala voluntad enterrados en las tumbas de los corazones humanos. Codicia, indiferencia, violencia, resentimiento, odio son disposiciones humanas basadas en la falta de respeto, la desconfianza, la distorsión de los valores, la ceguera ante la bondad del otro y del mundo. Estas disposiciones se convierten en actitudes mentales que fomentan estructuras de violencia, injusticia, abuso de poder que nublan la mente e insensibilizan el corazón de los individuos que están dentro del sistema. Colectivamente, se convierten en una cultura donde la no-verdad se convierte en verdad y la oscuridad se convierte en luz de una manera muy distorsionada. La esperanza tiene su raíz en la firme convicción que solo Dios en Cristo Resucitado puede abrir nuestras tumbas y transformar nuestra mala voluntad en buena voluntad. Dejados a nosotros mismos, somos demasiado ciegos, heridos, quebrados e indefensos.

De esta manera, esperamos juntos como hermanos y hermanas de camino. Partiendo por nuestras fraternidades locales, fieles a nuestras prácticas espirituales de revisión de vida, día de desierto, adoración, reunión de fraternidad, regalamos esperanza a nuestro mundo. Nosotros dialogamos y discernimos juntos a dónde el Espíritu nos está conduciendo, personalmente, comunitariamente, globalmente. Ninguno permanece solo. Cada escucha personal es una escucha global. Pero la acción es principalmente la de Dios en Cristo Resucitado. Lo nuestro es escuchar en profundidad y cooperar con la acción salvadora y reparadora de Dios en nuestro hermoso mundo.

La acción de esperanza se enraíza en el regalo de la pasión de Jesús (de la palabra latina passio, que significa no-actividad). Jesús salva el mundo primariamente desde su pasividad en la cruz más que desde su actividad de sanación y predicación. Cuando nosotros nos sentimos golpeados, mal comprendidos, humillados, sin control, maltratados en nuestro ofrecimiento de amor y bondad a los otros, estamos sufriendo nuestra pasión como amantes de la humanidad. Aquí y solo aquí, somos invitados a colocar la pregunta moral: ¿cómo responderemos al mal? ¿Qué tipo de vida estamos dispuestos a dar a nuestro mundo? ¿la que no perdona o la que perdona? ¿enojada o serena? ¿resentida o amorosa? Solamente cuando Jesús libremente ofrece su perdón a la humanidad que rechaza su ofrecimiento de amor, el Padre le da una vida nueva.

Somos invitados a ser mensajeros de esta vida nueva a nuestro mundo herido, violento y fragmentado. Nosotros mantenemos al mismo tiempo nuestras alegrías y nuestros dolores, nuestra indiferencia y nuestro cuidado, nuestros miedos y nuestra disponibilidad para ser enviados. Que nuestro hermano universal, San Carlos de Foucauld, continúe inspirándonos y acompañándonos en nuestro deseo de gritar el Evangelio con nuestras vidas. Que este reconocimiento de su santidad sea un impulso para nuestra Iglesia que se está imaginando a sí misma como hermana de todos, misionera hacia las periferias y profeta del diálogo y del cuidado de nuestra Casa Común.


Eric Lozada
Responsable Internacional

Las señales del Resucitado

Retiro de Pascua 2021 de la Fraternidad Sacerdotal de España.                                    

Fernando E. RAMÓN                                                                 


«Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.
Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos» (Mc 9,9-10).

La resurrección no es tan fácil de entender. Los mismos discípulos de Jesús, los apóstoles, no habían entendido qué quería decir Jesús cuando les hablaba de “resurrección”. Cuando bajan del monte Tabor, después de la experiencia de la transfiguración, que es anticipo de la resurrección.

Tal vez, nosotros ya estamos familiarizados con el lenguaje y hablamos de “resurrección” como un concepto teórico o teológico que vinculamos a la persona de Jesús. Pero no estoy absolutamente convencido de que sepamos traducirlo en nuestra experiencia de vida cotidiana. Puede que nos pase como a los apóstoles de Jesús, que el mensaje muchas veces nos parece en cierto modo incomprensible.

— Cuando hablo de “resurrección” ¿a qué me refiero? ¿Qué imágenes me ayudan a entender e interpretar este término?

«No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron.» (Mc 16,6).

Jesús durante su vida fue identificado como el Nazareno, por razones obvias. No debía ser un lugar reconocido por nada en particular. Es una ciudad anónima, que no aparece en el Antiguo Testamento. El mismo Natanael se pregunta «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46).

— ¿Por qué soy reconocible yo? La gente que me conoce ¿con qué me identifica?

“Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él (Tomás) les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo»” (Jn 20,25).

Después de su muerte, Jesús cambia su identidad, es reconocido como “el crucificado”. Las llagas de los clavos y la marca de la lanza en el costado sirven para identificar al resucitado con el crucificado. Es el mismo Jesús que recorrió los caminos de Galilea y de Judea, el que tocó con sus manos a leprosos, el que curó enfermos y partió el pan con sus propias manos para repartirlo a las gentes hambrientas. Esas manos y esos pies, atravesados por los clavos en la crucifixión, son los que en las apariciones se presentan ante sus discípulos como signo de reconocimiento e identificación. El discípulo Tomás es el que pide ver los signos que identifican al Resucitado con el Jesús que él había conocido en su vida pública.

La experiencia de la resurrección es personal, podemos decir que subjetiva, ante unos mismos signos un discípulo cree inmediatamente y otro queda perplejo y sorprendido, parece que aún no ha dado el paso de la fe. Es lo que sucede con Pedro y Juan en la mañana de Pascua, cuando son advertidos por María Magdalena que el sepulcro está abierto. Pedro entra primero y ve los lienzos por el suelo y el sudario enrollado en un lugar aparte. Se queda admirado de la ausencia del cuerpo de Jesús. Sin embargo, Juan entra detrás y, viendo lo mismo que Pedro, cree inmediatamente que Jesús ha resucitado. El sepulcro vacío y las vendas que habían cubierto el cuerpo de Jesús son elocuentes para él.

Cada uno tenemos signos propios, experiencias muy personales, que nos han ayudado a creer en la resurrección de Jesús. Es verdad que después compartimos la fe, con el resto de los creyentes, pero todo parte de un encuentro personal con el Resucitado, en signos que nos hablan.

— ¿Qué signos he descubierto en mi vida, en mi experiencia personal, que me han ayudado a creer que Jesús está vivo, que ha resucitado venciendo a la muerte?

Al igual que sucede con el Resucitado, todo creyente —también nosotros— tenemos nuestra vida marcada por señales de resurrección.

La resurrección es una experiencia en el presente, en el hoy de nuestra vida. No hemos de pensar que la resurrección es una garantía de futuro, algo que sucederá solo cuando termine nuestra peregrinación por este mundo. Pablo, en la carta a los Colosenses, nos habla de ello como un acontecimiento que ya se ha verificado en nosotros por la fe. Si habéis resucitado con Cristo… entonces nuestra vida tiene que mostrar los signos de la resurrección. No podemos vivir como hombres sin esperanza.

1) El primer signo de la resurrección, que debe marcar nuestra vida, es la alegría. Es lo que caracteriza el encuentro del Resucitado con sus discípulos. “Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor” (Jn 20,20). No se trata de un gozo puntual, que se limita a ese momento del encuentro. Este gozo debe estar presente y manifestarse en todos los momentos de nuestra vida. Toda circunstancia, incluso la más dolorosa, puede ser vivida con la alegría que nace en este encuentro con el Señor.

También el hermano Carlos vivió esta alegría y nos habla de ella:

¡Vos resucitáis y subís a los cielos! ¡Estáis, pues, en vuestra gloria! No sufrís más, no sufriréis ya nunca más, sois dichoso y lo seréis eternamente… ¡Dios mío, qué dichoso soy, pues os amo! Es por vuestro bien por lo que yo debo cuidarme antes que nada. ¡Cómo no alegrarme, cuán satisfecho debo estar! … ¡Dios mío, sois bienaventurado por la eternidad, nada os falta, sois infinitamente y eternamente feliz! También yo soy feliz, Dios mío, pues es a Vos a quien yo amo ante todo. Puedo deciros que no me falta nada… Que estoy en el cielo, que, pase lo que pase y lo que me suceda a mí, yo soy dichoso, a causa de vuestra bienaventuranza.

Resolución.—Cuando estamos tristes, desanimados de nosotros mismos, de los demás, de las cosas, pensemos que Jesús está glorioso, sentado a la diestra del Padre, bienaventurado para siempre, y que si le amamos como debemos, el gozo del Ser infinito debe estar infinitamente por encima de nuestras almas, las tristezas provenientes de estar agotados y, por consiguiente, delante de la visión de alegría de Dios, nuestra alma debe estar jubilosa y las penas que la ahogan desaparecer como las nubes delante del sol; nuestro Dios es bienaventurado. ¡Alegrémonos sin fin, pues todos los males de las criaturas son un átomo al lado del gozo del Creador! Habrá siempre tristezas en nuestra vida, debe haberlas, a causa del amor que llevamos y debemos llevar en nosotros mismos a todos los hombres; a causa también del recuerdo de los dolores de Jesús y del amor que sentimos por El; a causa del deseo que tenemos que tener de la justicia, es decir, de la gloria de Dios y de la pena que debemos experimentar viendo la injusticia y a Dios insultado… Pero estos dolores, por justos que ellos sean, no deben durar en nuestra alma, no deben ser más que pasajeros; lo que debe durar es nuestro estado ordinario; es a lo que debemos retornar sin cesar; ésta es la alegría de la gloria de Dios, la alegría de ver que ahora Jesús no sufre más y no sufrirá más, sino que El es dichoso para siempre a la diestra de Dios.

(Anotaciones de un Retiro hecho en Nazaret del 5 al 15 de noviembre de 1897)

2) El segundo signo ha de ser la fe. El acontecimiento de la resurrección y el encuentro con el Resucitado nos llevan a creer en Dios. Es Él quien ha resucitado a Jesús y lo ha sacado del sepulcro. La fe nos sitúa ante la realidad con ojos nuevos, con mirada profunda. La fe ilumina toda la realidad. Toda la creación, cada una de las personas, nos remiten al Creador. Podemos encontrar semillas del amor de Dios allí donde miremos. Dios está detrás de cada persona y de cada cosa.

Para el hermano Carlos, la fe hace que nuestra vida se simplifique:

¡Qué felices somos nosotros que creemos! ¡Qué bella, alta y pura es la verdad! Y ¡cómo la vida humana se aclara a la luz de la fe, se hace simple!

¿Cómo podéis creer, vosotros que recibís vuestra gloria unos de otros, y que no buscáis la gloria que no viene sino de Dios? (Jn 5,44). Para creer hay que humillarse, hay que hacerse pequeño, hay que confesar que se tiene poco espíritu, admitir una cantidad de cosas que no se comprenden, obedecer la enseñanza de la Iglesia, recibir de ella la verdad, a veces de forma un tanto ruda, de una boca a veces poco hábil, someter el juicio, obedecer de espíritu… y creer humillado, pues creer es creer que uno es pecador, que nada puede por sí mismo, que abusa cada día de mil gracias, creer es tener delante de sí un ideal divino y comprobar lo lejos que uno está, es ver la bondad de Dios y nuestra ingratitud…

(Meditaciones sobre los pasajes relativos a los santos evangelios. Fe. Nazaret 1897)

3) El tercer signo es una vida transformada. Pablo nos invita a aspirar a los bienes de arriba, no a los de la tierra. “Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba (…); aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3,1). No podemos conformarnos ni quedarnos solo con las cosas materiales, ni pensar que solo ellas nos darán la felicidad que ansiamos. Necesitamos lo material, sin duda, pero hemos sido creados también para lo espiritual. El encuentro con Jesús Resucitado cambia nuestra vida, le da hondura, profundidad. Pide que nuestros actos sean significativos y expresen la centralidad de ese encuentro y esa presencia en nosotros. También es Pablo el que dice “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20). No podemos quedarnos en lo superficial, hemos de profundizar en nuestro interior porque allí se produce el encuentro con Dios.

Carlos de Foucauld se refiere a su Señor Jesús como Modelo único y nos dice:

Sigamos este Modelo único; entonces estaremos seguros de estar haciendo lo justo, porque no seremos ya nosotros los que vivamos, sino él que vive en nosotros, y nuestros actos ya no son nuestros pobres y miserables actos humanos, sino los suyos, divinamente eficaces.

4) Y un último signo que quiero destacar es la comunión, la fraternidad. Cristo ha resucitado y nos ha hecho miembros de su cuerpo. Eso nos une de un modo permanente, irrevocable. No seguimos al Señor en soledad, como individuos, sino en comunidad. Celebramos la fe con los hermanos y esa fe nos lleva a amar a todos, también a los que no creen. La resurrección de Jesús va a volver a cohesionar a los discípulos que se habían dispersado. “ A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos” (Jn 20,26). Es también fuente de comunión y de unidad para nosotros, en nuestras fraternidades, para nuestra Iglesia y para nuestro mundo.

El hermano Carlos también es maestro de fraternidad, tuvo un estilo de vida acogedor, especialmente con los más pobres y con los más alejados del Señor.

La Fraternidad es la casa de Dios en la cual todo pobre, todo huésped, todo enfermo, está siempre invitado, llamado, deseado, acogido con alegría y gratitud por los hermanos que lo aman, que tienen por él un tierno afecto y que consideran su ingreso bajo su techo como el ingreso de un tesoro: ellos son, de hecho, el tesoro de los tesoros, Jesús mismo.

La Fraternidad es un puerto, una recuperación en la cual todo ser humano, sobre todo si es pobre o infeliz, es, a cualquier hora, fraternamente invitado, deseado y acogido.

La Fraternidad es el techo del Buen Pastor.

CUESTIONARIO PARA LA REVISIÓN DE VIDA

1. ¿Cómo puedo considerar el estado de la alegría en mi vida? ¿En qué momentos experimento una alegría creciente, mayor? ¿Qué realidades, acontecimientos, personas me arrancan la alegría?

2. ¿Qué elementos sostienen mi fe y le dan solidez? ¿Qué realidades ponen en crisis mi fe y me dificultan creer?

3. ¿Considero mi vida significativa? ¿Creo que transparento la presencia del Señor Resucitado en mí? ¿Qué elementos de mi vida deben cambiar para expresar mejor mi condición de discípulo de Jesús?

4. La fraternidad es uno de los elementos fundamentales de nuestra espiritualidad:
¿Qué puedo hacer en esta Pascua para mejorar mi relación con los miembros de mi fraternidad? ¿Cómo extender la experiencia de la fraternidad en nuestros presbiterios, en nuestras comunidades parroquiales, en nuestra Iglesia y en nuestro mundo?

Fernando E. RAMÓN CASAS

PDF: Las señales del Resucitado. Fernando RAMÓN, Retiro Pascua 2021

 

 

Enlace a la primera charla:  La vivencia del resucitado en Carlos de Foucauld


La vivencia del Resucitado en Carlos de Foucauld

Retiro de Pascua 2021 de la fraternidad Sacerdotal de España.                                     

Aquilino MARTÍNEZ                                                                      

“Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe” (1 Co 15, 14)

 

Al tomar la decisión de ser yo uno de los que ofreciera unas palabras en este retiro de Pascua, de esta Pascua tan singular en medio de una pandemia, lo primero que me brotó interiormente fue una pregunta: ¿y qué dijo Carlos de Foucauld de Jesús resucitado? ¿hay alguna afirmación suya, o algún comentario suyo, en torno a la resurrección de Jesús? Realmente, en un primer momento no tenía respuesta, estaba en blanco.

Pero, con toda seguridad, el mismo Carlos de Foucauld debía tener muy presente esa afirmación contundente de Pablo, con la que he querido iniciar esta reflexión: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe”.

Hay que recordar, en primer lugar, que Carlos de Foucauld no es un teólogo. Y, por tanto, su objetivo al compartir sus escritos, cartas, comentarios al evangelio…no es proponer una exposición ordenada y estructurada de la fe. Lo suyo no es un catecismo de la fe católica, o un libro de teología. Carlos de Foucauld va plasmando por escrito lo que va descubriendo y profundizando en su oración, en su abandono, y, también, en su vida encarnada, cercana a los que no conocen a Jesús, y a los más pobres y sufrientes.

Por otra parte, en algún momento puede dar la sensación de que Carlos de Foucauld se ha quedado, solamente, en Nazaret, prescindiendo de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Pero no es exactamente eso. No recorta a Jesús, quedándose solamente con la primera parte de su vida, y descartando la vida pública y su broche final. Carlos de Foucauld conoce muy bien toda la vida pública de Jesús, especialmente su muerte y resurrección. Con toda seguridad, la cruz redentora de Jesús y la victoria de la resurrección tuvieron que formar parte, en muchas ocasiones, de su oración y contemplación. Sin lugar a dudas tuvo que incluir la muerte de Jesús en esa dinámica de descendimiento por parte de Dios. Y la meditación de la resurrección de Jesús pudo confirmar en Carlos de Foucauld que, efectivamente, “si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto”. Aunque no lo exprese de una forma explícita y, mucho menos, académica o teológica, para Carlos de Foucauld hay una unidad y coherencia entre la vida oculta de Jesús, y su vida pública, que culmina con su muerte y resurrección, y de la cual participamos a través del Espíritu Santo (Pentecostés).

“Enseguida que comprendí que existía un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que de vivir sólo para Él”. Esta frase, en el inicio de su conversión y misión, nos da a entender que ha descubierto al Dios de vivos y de la vida. Enseguida va a orientar su espiritualidad hacia Jesús, y éste en Nazaret. Aunque sin descuidar su confianza total en Dios, tal como queda plasmado en su oración del abandono. Pero su mirada principal va a ir encaminada hacia Jesús, en Nazaret. Ese Jesús está vivo, no es una idea o una ideología, o una teología, o un mero “relato” (como tanto se dice ahora). Es una persona viva y muy presente.

Para el hermano Carlos, una de las presencias fuertes de ese Jesús vivo es la Eucaristía: “¡La Eucaristía es Jesús, es todo Jesús! En la sagrada Eucaristía, vos estáis todo entero, todo viviente mi Bien-Amado Jesús. Tan plenamente como estabais en la casa de la Santa Familia de Nazaret… como estabais en medio de vuestros Apóstoles. (174 Meditación sobre el Evangelio). La expresión “todo viviente” nos da a entender que, para el hermano Carlos, la Eucaristía prolonga la presencia de Jesús resucitado. En otro momento afirma, recordando y comentando las palabras de Jesús en la Última Cena: “<<Esto es mi cuerpo… esta es mi sangre…>> Mt. 26, 26-28. Esta gracia infinita de la Santa Eucaristía, cuánto nos debe hacer amar a un Dios tan bueno, un Dios tan cerca de nosotros… Cuánto la Santa Eucaristía nos debe volver tiernos, buenos, para todos los hombres.” (Meditación en 1897). También pone palabras en los labios de Jesús, sobre la Eucaristía: “Contemplarme amorosamente: es la única cosa necesaria y es lo que yo amo más… Si tu comprendieras la felicidad que hay en estar a mis pies y en mirarme…” (Retiro de Nazaret. Noviembre 1897). En esta otra reflexión es aún más explícito sobre la permanente presencia de Jesús entre nosotros: “Dios, para salvarnos, ha venido a nosotros, se ha mezclado con nosotros en el contacto más familiar y estrecho… Para la salvación de nuestras almas, continúa viniendo a nosotros, mezclándose con nosotros, viviendo con nosotros en el contacto más estrecho, cada día y a toda hora en la Santa Eucaristía…” (Reglamento y Directorio, 1909).Todas estas citas sobre la Eucaristía y la adoración eucarística nos hablan de la fe de un Carlos de Foucauld convencido de la presencia viva de Jesús en el Santísimo Sacramento. No sólo eso, sino que entiende su tarea, su misión, su presencia entre los musulmanes y los necesitados, desde esa presencia viva de Jesús en la eucaristía y en la adoración eucarística. Sin la vivencia profunda de esa presencia eucarística, la vida ya no es una imitación de Nazaret, tal como lo entiende Carlos de Foucauld. Y en positivo: contemplar y empaparse bien de esa presencia real de Jesús en la Eucaristía le empuja, le lanza a una presencia personal en el mundo y entre la gente como en Nazaret, al estilo de Jesús.

La otra presencia fuerte de Jesús resucitado, para el hermano Carlos, son los pobres. Son muchas las referencias a los pobres, en los escritos del hermano Carlos. Entresaco algunas, de las que podemos intuir su fe en Jesús resucitado y presente: “No hay, creo yo, palabra del Evangelio, que haya tenido sobre mi más profunda impresión, y transformado más mi vida, que aquella: `Todo lo que hacéis a uno de estos pequeños, a mí me lo hacéis´. Si pensamos que estas palabras son aquellas de la verdad increada… Con qué fuerza se nos lleva a buscar y a amar a Jesús en estos ‘pequeños, estos pecadores, estos pobres, poniendo todos nuestros medios espirituales al servicio de la conversión, y todos nuestros medios materiales para el alivio de las miserias temporales”. (Carta a Luis Massignon, 1 Abril 1916). Carlos de Foucauld no hace una reflexión teológica sobre la “presencialidad” de Jesús resucitado en los pobres y pequeños, pero es evidente que no tiene ninguna duda de la permanencia de Jesús vivo en ellos, y de que esto le conmueve. Por una parte, percibe, ve a Jesús resucitado en los últimos. Por otra parte, recibe la llamada a acercar a ese Jesús vivo a todos, como se intuye de esta otra afirmación suya: “Poder llevar una vida muy contemplativa, haciéndome todo a todos, para dar Jesús a todos” (Junio 1902, conclusión del retiro). Es decir, quiere ver a Jesús vivo en los pobres, y quiere que otros vean a ese Jesús vivo, a través de él, de su testimonio.

No me resisto a traer a la memoria uno de los textos evangélicos más conocidos sobre la presencia de Jesús resucitado: los discípulos de Emaús (Lc. 24, 13-34). Conocemos muy bien toda la escena. Me voy a ceñir solamente al momento final, cuando los dos peregrinos invitan a Jesús a quedarse con ellos, y Jesús acepta:

“Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan”. (Lc. 24, 29-34)

Curiosamente es al final, cuando Jesús ya no está presente físicamente, cuando parece estar más presente. Y esa otra presencia, más interior, más profunda, es la que les da un nuevo impulso a los discípulos. Primero, a recordar todo su camino en clave de Jesús (“¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las escrituras?”). Después, a unirse a los demás discípulos para contarles lo sucedido. Dice Pablo d´Ors, en un acercamiento a esta escena y, concretamente, a este momento, que a los de Emaús les queda la libertad para interpretar lo que les ha pasado. Y pensar y confirmar lo que les ha pasado. Esto es la fe: no una imposición sino una proposición, porque respeta nuestra libertad.

En una lectura libre de la vida de Carlos de Foucauld, a la luz de este evangelio de los discípulos de Emaús, podríamos decir que, cuando Carlos de Foucauld estaba, aparentemente, de “vuelta” de todo, el Dios vivo le sale al encuentro para decirle que sigue estando ahí, en medio de las decepciones y caídas. Ese Dios vivo ya se había hecho presente, de algún modo, en la fuerte experiencia religiosa de los musulmanes. El Dios de vivos y de la vida se sirve de distintos momentos y personas para salir a nuestro encuentro y hacerse compañero de camino. Pero es en aquella iglesia, en aquella conversación y confesión con el padre Huvelín, a la que siguió la recepción del Cuerpo de Cristo, cuando “se le abren los ojos” al hermano Carlos y puede hacer una relectura de su vida desde la fe. No podemos dejar de escuchar, de nuevo, su recuerdo de aquel momento al convertirse, es decir, al descubrir unos ojos nuevos: “Tan pronto como creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para él. Mi vocación religiosa data de la misma hora de mi fe. ¡Dios es tan grande! Hay tanta diferencia entre Dios y todo aquello que no lo es”. Su camino, a partir de ese momento, lo conocemos. El Dios vivo que ve e intuye en ese momento inicial, en breve va a orientarlo y encarnarlo en Jesús de Nazaret, y Jesús en Nazaret. Podríamos decir que su Emaús le lanza a Nazaret. Su Experiencia del viviente la traslada a la cotidianeidad, a la vida oculta, a la vida sencilla y normal. Y tal como hemos recordado en la primera parte de esta presentación, va a tener muy presente a este Jesús vivo en la Eucaristía y en los pobres.

También para nosotros, como para Carlos de Foucauld, esta Pascua puede ser una ocasión para redescubrir nuestro “Emaús en Nazaret”. Es decir, Jesús resucitado sigue haciéndose presente en nuestra vida cotidiana y en la vida sencilla de la gente con la que nos encontramos habitualmente. En lo sencillo del día a día, y en los sencillos y pobres de cada día, podemos intuir la presencia suave del resucitado. O podemos ser nosotros, en nuestro Nazaret, instrumento sencillo de Jesús resucitado para hacerse presente y acercar su vida nueva a los demás.

Posibles preguntas para la reflexión personal:

1. ¿En qué momentos de mi vida sacerdotal, quizá de decepción o desilusión pastoral, he notado la presencia suave de Jesús resucitado?

2. ¿Cómo percibo a Jesús resucitado en lo cotidiano, en mi Nazaret habitual? ¿cómo lo pueden percibir otros a través de mi?

3. De todo lo que conozco de la vida y espiritualidad de Carlos de Foucauld, ¿qué es lo que más me llama la atención en relación con el resucitado?

Aquilino MARTÍNEZ, responsable regional

PDF: La vivencia del Resucitado en Carlos de FOUCAULD, retiro Pascua 2021, Aquilino MARTÍNEZ

 

 Enlace a la segunda charla: Las señales del Resucitado 

Carta de Pascua a todos los hermanos alrededor del mundo


Carta de Eric, responsable internacional de la Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas.                                                                         

FRATERNIDAD SACERDOTAL
IESUS CARITAS

CARTA DE PASCUA
A TODOS LOS HERMANOS ALREDEDOR DEL MUNDO


Filipinas, 12 de abril de 2020

“Estoy resucitado, y todavía estoy con ustedes, aleluya” (cf. Ps 139:18)



Amados hermanos,

les escribo desde mi ermita, tal como muchos de ustedes, en cuarentena. Este enclaustramiento impuesto es una excelente invitación para la adoración diaria, la meditación del Evangelio, el día de desierto, la revisión de vida, orando por el mundo, especialmente por los pobres, con fidelidad, intensidad y concentración. Una vida de soledad y de oración de calidad es nuestro humilde acto de caridad para nuestro mundo en pandemia.

Mirando a través de mi ventana estoy observando signos de vida nueva en la naturaleza. Aquí está seco y húmedo pero los pájaros están tocando y cantando su único repertorio de canciones, las mariposas están volando suavemente de flor en flor buscando néctar, los árboles se ven verdes y dan sombra a pesar del golpeante calor. Es asombroso como la naturaleza tiene su propia forma de anunciar la Resurrección. Sin preocupaciones y en completo abandono en Dios que los cuida.

Se supone que nosotros los humanos, somos de una especie superior por nuestra razón, pero ésta ha expulsado sistemáticamente nuestra confianza en Dios en el día a día y confiamos más en nuestro pensar egoísta. Este mismo pensar ha sido la causa de la violencia, el odio y la desconfianza. La Resurrección está ofreciéndonos perdón, amor y confianza. El mundo tiene que elegir.


Estamos en cuarentena hasta el 3 de mayo, pero a los sacerdotes se les ha dado salvoconductos para las labores litúrgicas y caritativas. Los he estado usando cada día para visitar las personas que me han invitado a acompañar a los moribundos y a las familias en sus pérdidas, para facilitar los diálogos en familia, dar alimento y dinero a los que han perdido sus trabajos. Alguien me ha movido para estar con la gente en su desamparo, especialmente porque no podían ir a la Iglesia y orar. La Presencia llevada con mi presencia es un bálsamo que los conforta.

Al mismo tiempo, he sido extremadamente cuidadoso en seguir los protocolos de higiene y distanciamiento para no hacer más daño a la comunidad. Esta mañana, mi amigo Lemuel vino a mi ermita con mucha hambre, ojeroso, pidiendo alimento para sus 4 famélicos hijos. Lemuel quedó sin trabajo. Al pasarle algunas cosas, me sentí bendecido por su alegría, pero también sentí la incertidumbre en sus ojos.

Después de la oración, esta mañana di una larga y amorosa mirada al mapa colocado en mi pared. Mis ojos se fijaron en los 4 continentes: África, Europa, Asia y las Américas. El virus es ciertamente un gran igualador para los países ricos y pobres ya que todos están sufriendo la misma suerte. Veo rostros de doctores, enfermeras, pacientes y sus familias, preocupados, temerosos y, sin embargo, luchando por la vida.

(Mientras escribo esto, me han informado que mi hermana que trabaja como enfermera en los Estados Unidos ha sido diagnosticada como COVID positivo. Su familia está ahora en riesgo).

El mundo está sufriendo su pasión. Veo rostros de desamparo, preocupación, miedo, tristeza, odio y violencia por todas partes, con múltiples disfraces. Me pregunto: ¿Cuál es el mensaje de Cristo Resucitado para nuestro mundo hoy? ¿A qué nos está invitando Dios a ver? ¿Hacia dónde nos está guiando? ¿Significa la Resurrección que El nos va a rescatar de todo esto? ¿Cuál es la respuesta de Dios a su pueblo en pandemia? ¿Cómo debe ser oído el apacible mensaje de la Resurrección en medio de las abrumadoras noticias de muerte, sufrimiento y conflicto? ¿Dónde está la senda de la esperanza y de vida nueva en nuestros difíciles tiempos?

Hermanos, por favor, sufran conmigo estas preguntas. Yo los necesito, nos necesitamos unos a otros, la gente nos necesita. La Resurrección no es una alegría barata ni dulces palabras sonoras para rescatarnos de nuestro sufrimiento. Tenemos que forzar nuestros oídos y estirar nuestros corazones para oír el Mensaje. Luchamos con Dios por respuestas, aún si su respuesta está escondida en su silencio.

Encuentro que la lectura del relato de la Resurrección en la versión de Juan este año, es un Kairós. Algunos detalles de la versión de Juan podrían ayudarnos a ver y oír el Mensaje. Como no soy especialista en hermenéutica bíblica, confío en una reflexión orante del texto. Por favor, sean generosos si suena ingenuo.

Permítanme puntualizar tres cosas.

Primero: Juan habla de que la Resurrección ocurrió “el primer día de la semana cuando todavía estaba oscuro” (Jn 20, 1a). La Resurrección irrumpe de los cimientos de nuestra humanidad y del mundo, en la oscuridad de lo desconocido. Esto nos recuerda el Génesis cuando el mundo estaba oscuro y sin forma y el Espíritu se cernía sobre las aguas oscuras. Entonces dijo Dios: “Que haya luz y hubo luz” (Gen 1,2-3).

Hoy el mundo está en la oscuridad de la pandemia. El futuro parece aún más oscuro para muchos. ¿Cómo se recuperarán los negocios, el gobierno, el pueblo? ¿Es nuestra planificación estratégica, nuestros pronósticos optimistas de encontrar curación, una luz suficiente para darnos un futuro brillante? En medio de la oscuridad total, donde los cimientos del mundo parecen ser sacudidos, estalla la luz de Cristo. ¿Podemos ver? Ver no proviene de nuestra lógica humana porque ésta es fácilmente derrotada por la oscuridad. La luz viene del Cristo Resucitado. ¿Viene Dios a rescatarnos de este mal? En absoluto, porque el mal hace lo que hace. Dios redime. El, en última instancia, reivindica la virtud, la bondad y la fidelidad mientras pasamos por el mal y por el sufrimiento, tal como lo hizo con Jesús. Dios y Cristo Resucitado no controlan, en definitiva, el mal y la muerte. Este es nuestro credo. Simplemente tenemos que confiar en su verdad y vivirla en el día a día.

Segundo: Juan enfatiza que lo primero que vio María Magdalena fue la tumba abierta (Jn 20, 1b). Ella estaba triste porque todavía no podía vincular la tumba abierta con la Resurrección. Fue solamente después que lloró que vio al Resucitado (Jn 20, 11 y ss). Esta es una invitación a nosotros para ver nuestra realidad a través del suave lente de lo femenino: en la tristeza y en las lágrimas. Ambas preparan el corazón para ver de verdad. Hay muchas cosas por las cuales estamos tristes en nuestra realidad de hoy. Estamos llorando porque de una forma o de otra, somos parte de este mundo herido, roto y violento y, en muchos sentidos, hemos contribuido a su violencia y heridas.

Finalmente, María informa a Pedro y Juan de lo que vio. Pedro y Juan lo vieron por sí mismos. Pedro vio. Juan vio y creyó. Ellos dos todavía no entendían el significado de la Resurrección (cf Jn 20, 2-9). Este detalle nos invita a que, en orden a experimentar una vida nueva, necesitamos acercarnos unos a otros y caminar juntos como una comunidad de buscadores de la verdad.

Nuestra realidad es una visión compartida y nadie monopoliza el todo ni absolutiza su parte del todo. Cada uno contribuye. Cada uno cree que el otro tiene algo que aportar. La verdad nos humilla porque en lugar de poseerla, ella nos posee a nosotros. Siempre está más allá de nosotros. Por lo tanto, necesitamos el aporte del otro. La verdad es un don gratuito revelado a una vibrante comunidad de peregrinos que busca con esperanza. Es triste decirlo, en nuestro mundo posmoderno, el poder se confunde con la verdad. Así, uno se vuelve arrogante con su parte y absolutiza su parte como si fuera la verdad total. Esta es la misma mentalidad que crea guerra y violencia. La Resurrección ofrece paz y perdón. Necesitamos elegir.

Hermanos, continuamos compartiendo nuestra búsqueda de la verdad en el Señor Resucitado hoy, tanto en la soledad de nuestra oración como en nuestros compromisos fraternos y misioneros. El Hno. Carlos está mostrándonos el sendero y también caminando con nosotros en nuestro anhelo de seguir a Jesús de Nazaret, de ser hermano de todos, vivir Nazaret, estar presente con los pobres, revisar nuestras vidas, gritar el Evangelio con nuestras vidas, oler a oveja en nuestra misión en las periferias, vivir el Evangelio antes de predicar.

Esta es nuestra espiritualidad como sacerdotes diocesanos en las huellas del Hno. Carlos. Este es nuestro regalo a nuestro mundo y a nuestra Iglesia hoy. Como regalo es inmerecido, pero necesitamos constantemente reajustar el regalo a través de la práctica. En esto, todos somos principiantes y compañeros de lucha, pero juntos, nos animamos unos a otros para estar este tiempo volviendo a nuestra práctica.

Mi humilde oración por cada uno de ustedes. Por favor, recen también por mí.






Eric LOZADA

(Traducción de Fernando TAPIA)







Una Pascua distinta, con sabor a Nazaret



Saludo y felicitación en el tiempo de Pascua del responsable de la Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas en España.                            


UNA PASCUA DISTINTA, CON SABOR A NAZARET

Aquilino MARTÍNEZ, responsable regional de España,
fraternidad sacerdotal Iesus Caritas

Éste va a ser mi primer saludo y felicitación en el tiempo de Pascua, como responsable de la Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas, en España.
El primero debería haber sido en la última Navidad. Pero, como muchos sabéis, un ictus repentino, sin avisar, pocos días antes de la Navidad, decidió que empezara mi tiempo de “confinamiento”, casi tres meses antes del confinamiento oficial. No puedo sino dar gracias, a tantos sanitarios buenos y competentes, a mi familia y a los amigos, que han estado ahí, acompañando, apoyando y rezando. Por supuesto, he contado también con la amistad y la oración de tantos hermanos sacerdotes de la Fraternidad.
 
De repente, el mundo se ha “paralizado”. O quizá no. En pleno siglo XXI, cuando pensábamos que muchas cosas ya estaban superadas, cuando creíamos que las epidemias y pandemias eran cosa del pasado, en el que existían menos medios, más pobreza, menos recursos… entonces nos vemos sorprendidos, en todo el mundo, con esta pandemia del coronavirus.
Hemos caído en la cuenta de nuestra vulnerabilidad, de que no somos tan fuertes, ni estamos tan preparados como pensábamos. Un “bichito” está poniendo “en jaque” a todo el mundo. Y aún no somos capaces de intuir las consecuencias de todo esto. Consecuencias a nivel económico, social, laboral, educativo… E, incluso, a nivel religioso. Los medios nos van poniendo al día de las cifras: contagiados, muertos, curados… Cifras de nuestro país, y de los países del Primer Mundo. Como siempre, el Tercer Mundo no cuenta. No salen cifras, ni imágenes, prácticamente. Las consecuencias de una pandemia en Africa, por ejemplo, pueden ser terribles. Pero, también, en esos Cuartos Mundos invisibles, pero muy presentes en el Primer Mundo.

Mi intención, con este mensaje de Pascua, dirigido a sacerdotes de la fraternidad, no es plasmar esta situación insólita causada por el coronavirus, sino intentar compartir algo de mi reflexión durante este tiempo de confinamiento. Ciertamente, para mucha gente está siendo una vivencia muy negativa y dolorosa. Un dolor que compartimos, pues también nosotros hemos perdido últimamente a hermanos sacerdotes de la fraternidad, unos por coronavirus, otros por otras enfermedades y circunstancias. Nuestro homenaje a todos los difuntos de esta etapa y, también, a todos los que acompañan, en primera línea, a los afectados. Cuánto santo anónimo tenemos por ahí, cuya santidad estos días está brillando, mientras otros estamos recogidos y “tranquilos” en nuestras casas. Pero, más allá de nuestra oración por los que se han ido o están muy enfermos, y nuestro reconocimiento a los que los acompañan de cerca, se nos ofrece una ocasión magnífica para adentrarnos, un poco más si cabe, en nuestro carisma: Nazaret. Por eso, me he atrevido a ponerle título a estas reflexiones, más o menos entrelazadas: “Una Pascua distinta, con sabor a Nazaret”.

Nunca podemos dar por zanjado nuestro camino de profundización en Nazaret. Siempre estamos en camino de redescubrir y actualizar ese Nazaret en nuestra vida sacerdotal, como presbíteros diocesanos. Y, quizá, esta etapa en casa es una gran ocasión para ello. Cuando seguramente teníamos todo preparado o en marcha para vivir una nueva Semana Santa y una nueva Pascua, el bichito ha decidido que todos esos planes se vengan abajo y que nos encerremos en casa. Pero, en cristiano, cualquier circunstancia, incluso las negativas, las no previstas, las que aparentemente nos superan, pueden ser una gran ocasión para crecer, para dar un paso en nuestra vida de fe, y como sacerdotes.

Sin duda, el coronavirus nos ha introducido en el Nazaret más básico: nuestra casa. Desde hace más de un mes no podemos salir de casa, si no es para lo imprescindible. Y lo que, en un primer momento, nos ha podido dejar un tanto desconcertados, nos puede estar proporcionando una lectura más profunda de nuestra vida, humana, cristiana y sacerdotalmente hablando. Se nos regala la oportunidad de recrear, en cierto sentido, ese Nazaret doméstico de Jesús, que fue como un “entrenamiento” para su vida pública. Aunque, como nos decía nuestro hermano Francisco Clemente, esa primera etapa en Nazaret ya formaba parte de la misión apostólica: “A veces hemos mirado Nazaret como contraposición de la vida apostólica. ¡Como si Nazaret no fuera en sí misma apostólica, y como si los años en que Jesús caminó por Palestina no llevaran en sus entrañas la experiencia nuclear de Nazaret! Jesús es apóstol en sus treinta y tres años, aunque en cada etapa exprese su acción pastoral con acentos diferentes” (Nazaret, espiritualidad del exilio. Francisco Clemente). El tiempo que Jesús vivió en Nazaret con su familia, “en casa”, ya era misión. Y un poco más adelante Francisco Clemente hace más explícita esa misión en Nazaret: “En Nazaret, Jesús salva testimoniando, gritando con su propia vida la gran experiencia que más tarde explicará con su palabra…” (ídem). 
Quizá, superados los primeros días de cierto desconcierto, hemos podido entrar, dentro de este confinamiento, en una etapa más “nazarena”, en el sentido de vivir en silencio, sin ruido, más “hacia dentro” que “hacia fuera”, realidades que forman parte de nuestra vida sacerdotal y que, quizá, muchas veces están descuidadas. Está siendo un tiempo para orar más y mejor. Ese tiempo que muchas veces echamos en falta, por el cúmulo de tareas pastorales o, simplemente, porque nos hemos “acostumbrado” a ir tirando, haciendo muchas cosas, pero cuidando poco nuestra amistad con Jesús. ¡Cuántas horas dedicaba el hermano Carlos a su amistad con Jesús y con el Padre!. Y no por eso dejaba de ser misionero, todo lo contrario. Ese tiempo de intimidad con Jesús formaba parte, para el hermano Carlos, de la misión. Esta Pascua distinta puede ser una ocasión para saborear mucho más esa intimidad con Jesús.   
Unido a lo anterior, y en ese contexto de intimidad con Jesús, cuánto podemos crecer en esta etapa de confinamiento en algo que era parte importante en el Nazaret diario de Carlos de Foucauld: la meditación pausada del evangelio. Cuántas “vueltas” le daría el hermano Carlos al evangelio, y así lo expresa en sus escritos:
“Es necesario empaparnos del espíritu de Jesús, meditando sin cesar sus palabras y sus ejemplos. Que sean en nosotros como la gota que cae y recae sobre una piedra siempre en el mismo lugar”. Es muy probable que supiera de memoria todos los pasajes. Tenemos muchos comentarios suyos de los evangelios. Cuántas veces contemplaría las escenas de Nazaret. Cómo se iría forjando una imagen de Jesús en la lectura y meditación continua de esos evangelios, cómo se iría acercándose a Él a través de los evangelios. Tenemos una ocasión magnífica para profundizar en el evangelio y la Palabra de Dios. Una lectura pausada, serena, contemplativa…que nos ayude a conocer más y mejor a Jesús, y nos impulse a hacer una lectura encarnada y actualizada del evangelio.

Pero, además, podemos crecer en el amor, en el afecto, hacia tantas personas que forman parte de nuestra vida sacerdotal y pastoral. A veces, metidos y comprometidos en tantas faenas pastorales, olvidamos que lo más importante es querer de verdad, con un amor como el de Jesús, a aquellas personas con las que caminamos y trabajamos en nuestras parroquias y en nuestros ámbitos de referencia.
Este tiempo en casa, curiosamente, puede ser un tiempo para estrechar nuestros lazos y nuestro afecto con toda esa gente a la que, no solo tenemos que servir y orientar, sino también querer. Como hacía Jesús. Y como hacía también el hermano Carlos: tenía muy presentes, en su contacto habitual con Jesús, a todos aquellos que formaban parte de su misión. Podemos así romper ese sacerdocio funcionarial en el que muchas veces caemos. Estamos llamados a querer a la gente y, desde ese afecto, mostrarle a Jesús. Desde ahí, podemos darle más realce a una expresión que suele formar parte de nuestro lenguaje, pero muchas veces sin contenido: comunión. Tiempo del coronavirus: tiempo para crecer en el afecto y la comunión con nuestra gente.

Y, por supuesto, podemos tener mucho más presentes a los últimos, a los que más sufren, a los descartados. No nos faltan ejemplos estos días. Sin olvidar que, antes y después del coronavirus, desgraciadamente, van a seguir estando ahí. Fue una de las tareas prioritarias del hermano Carlos. Solía estar cerca de los que no contaban. Acogerlos, atenderlos, quererlos…también formaba parte de la misión, era la misión. Si queremos seguir a Jesús de Nazaret, teniendo en cuenta el estilo de Carlos de Foucauld, una parte importante de nuestro tiempo y de nuestro corazón tiene que ir dedicado a ellos. Ahora, en este tiempo de confinamiento, en el que aparentemente estamos “lejos” de los que sufren, en realidad puede ser un tiempo para estrechar nuestros lazos con ellos. El hermano Carlos nos enseña, no sólo a atender a los pobres, a los que sufren, sino a quererlos, a ponerlos en el centro. Y esa actitud no se improvisa. Se madura en la adoración, en la liturgia de las horas, en la Eucaristía, y se concreta en el encuentro acogedor con ellos. Ahora podemos hacerles presentes con nuestro afecto. Quizá podemos hacer algo concreto, a través de nuestras Cáritas u otras formas de acercarnos e interesarnos por ellos.

Este pequeño “listado” de acciones, a modo de propuesta para este tiempo de confinamiento, podría alargarse. Seguro que cada uno podemos completarlo, desde nuestra propia historia como hermanos de la fraternidad, y desde lo que estamos viviendo en este momento. Se nos regala una nueva Pascua que, efectivamente, puede ser “una Pascua distinta, con sabor a Nazaret”. Ojalá podamos compartir todo esto el próximo verano, en nuestros ejercicios espirituales, momento de encuentro y de profundización en nuestra espiritualidad.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!



Aquilino MARTÍNEZ,

Responsable de la Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas (España)

Xirivella (Valencia), 19 de abril de 2020