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La revolución de la ternura según el papa Francisco



Tercera ponencia de Antonio López Baeza en el retiro de la Fraternidad Sacerdotal española.                                                       

Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas

Retiro de Navidad 2.017

Galapagar (Madrid), 27-30 de diciembre



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TEXTO

1.- Ternura en la búsqueda de soluciones reales al sufrimiento humano

La Exhortación Apostólica EVANGELII GAUDIUM del papa Francisco, puede ser muy bien leída íntegramente como una invitación a la Ternura, pese a que en ella podamos encontrar denuncias pronunciadas con el tono elevado del profeta indignado, que no puede callar ante los abusos de los poderosos esclavizadores de sus hermanos más débiles.

La economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos (204).

Es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos (205).

Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan librarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra (208).
Lo que parece preocupar aquí al papa Francisco es, evidentemente, la dignidad humanan y los derechos de toda persona, pero partiendo de los más débiles. En tal sentido, advierte de que no se puede seguir aplicando el veneno del inveterado capitalismo, siempre incapaz de solucionar los problemas de los que más sufren, ya que su interés primordial (¿único?) parece radicar en el incremento del poder económico en pocas manos.

Y es aquí donde el papa llega a tocar la fibra de la ternura, ese material único con el que se puede tejer una sociedad más humana. Porque la ternura se muestra en el cuidado de lo frágil, en la predilección por mejorar las condiciones de vida (en todos sus aspectos y en todos los casos) en que los valores de libertad y felicidad no son suficientemente compartidos, o, tal vez, ni siquiera tenidos en cuenta, como base de una Nueva Humanidad.
Siempre me angustió la situación de los que son objeto de las diversas formas de trata de personas. Quisiera que se escuchara el grito de Dios preguntándonos a todos: “¿Dónde está tu hermano?ª (Gn 4,9). ¿Dónde está tu hermano esclavo? ¿Dónde está ese que estás matando cada día en el taller clandestino, en la red de prostitución, en los niños que utilizas para (o, condenas a) la mendicidad […]No nos hagamos los distraídos. Hay mucho de complicidad (211).

Pequeños pero fuertes en el amor de Dios, como Francisco de Asís, todos los cristianos estamos llamados a cuidar la fragilidad del pueblo y del mundo en que vivimos (216).
Ser cristiano y no poner la entera existencia al servicio de la Dignidad Humana y de un mundo de relaciones regidas por el bien de los más desfavorecidos, significaría no haber conocido el amor de Dios, pues nadie puede conocerlo (vivir de él) sin hacerse un humilde servidor de la vida. Y aquí es donde la Revolución de la Ternura nos va a plantear sus más desnudas exigencias.

2.- Tres rasgos de la ternura revolucionaria

2.1.- El riesgo del encuentro con el rostro del otro


El otro es “otro” porque tiene un rostro distinto al mío. Es decir, porque representa una manera de ser en la vida diferente en parte a la mía y con necesidades y situaciones que no son idénticas a las mías. Tales diferencias lo hacen mi semejante (igual a mí en dignidad) pero distinto (portador de valores de los que carezco). Como sentenciara Antonio Machado: Enseña el Cristo: a tu prójimo amarás como a ti mismo; ¡mas nunca olvides que es otro!. Al ser distintos en algo, somos complementarios, necesitando cada uno lo que a él le falta y sí tiene el otro. Y así, todos nos necesitamos. Descubrir con humildad que necesito al otro, que necesito a todos porque todos son un otro para mí, representa la gran fuerza y debilidad de la persona humana. También el gran riesgo. Imposible salir al encuentro del otro en cuanto otro, sin arriesgar seguridades, comodidades y certezas arraigadas en el yo mismo. Imposible encontrarse con el rostro (la verdad) del otro, sin reconocer en la práctica que la verdad de ser persona humana es la de saberse incompleta, en camino hacia sí misma, y necesitada de todos. Sin esta conciencia de la necesidad de todos, sus formas y experiencias de amor en la vida siempre serán egoístas y frustrantes.

Veamos algunos ejemplos: no sólo es el pobre el que necesita al rico. Sin duda el rico necesita aún más al pobre, a fin de que sus riquezas no sean causa de injusticia y daño a muchos semejantes. No sólo el desdichado necesita el consuelo de la persona feliz. Nunca será humana la felicidad de uno que no hace felices a otros. Y más: ¿podrá ser la experiencia de Dios un camino de salvación individual, si el que la vive no entrega su vida por la salvación de otros?
El ideal cristiano siempre invitará a superar la sospecha, la desconfianza permanente, el temor a ser invadidos, las actitudes defensivas que nos impone el mundo actual. Muchos tratan de escapar de los demás hacia la privacidad cómoda o hacia el reducido círculo de los más íntimos, y renuncian al realismo de la dimensión social del Evangelio. Porque, así como algunos quisieran un Cristo puramente espiritual, sin carne y sin cruz, también se pretenden relaciones interpersonales sólo mediadas por aparatos sofisticados, por pantallas y sistemas que se puedan encender y apagar a voluntad. Mientras tanto, el Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura (EG 88).
En este primer acercamiento al papa en sus referencias a la Revolución de la ternura, es notable que, para hacernos caer en su importancia ineludible en la tarea de la presencia cristiana en el mundo, comience por decirnos que no es suficiente con un trabajo “bien hecho” de funcionario eclesial, ni con poner todo el empeño en la defensa de la institución eclesial, ni con mantener una “grey” bien recogida bajo las alas del pastor, ni con ser paladines de la ortodoxia; todo eso no basta si no hacemos nuestra la Revolución de la Ternura que es la lectura más correcta de “Y el Verbo se hizo Carne”. Buscar al Verbo de Dios en la Carne Humana, nos hará testigos de esa Ternura que viene de Dios como fuerza de salvación para todos, y, como estilo personal de moverme entre mis hermanas y hermanos.

Habla el papa de la presencia física del otro, de ese dejarnos impactar por la realidad total de quien tenemos delante, de no volver el rostro ante las fealdades, miserias, pecados…, que encontremos en el “rostro” del hermano. Saber mirarme en él, para reconocer mis propias miserias y para saber lo que el Padre común me está dando y pidiendo a través de ese hermano o hermana en concreto. Ningún aire de superioridad sobre el otro me permitirá entrar en el movimiento de la Revolución de la Ternura iniciada por el Verbo Encarnado. Y siempre que no aprenda algo que me ayude a ser más humano, más sensible, atento, preocupado y respetuoso ante el otro, deberé reconocer que no estoy en colaboración con el Dios de la Ternura inmarchitable.

Habla el papa de un constante cuerpo a cuerpo (¡magnífica expresión!) que no puede aludir sino a ese encuentro de comunión, que es quintaesencia de la solidaridad, porque en ese cuerpo a cuerpo, ambos sujetos viven la reciprocidad: experiencia de ser iguales, ninguno por encima, cada uno necesitado del otro (como en todo ejercicio de amor vivido en carne humana). En todo cuerpo a cuerpo donde la ternura es el motor, no cabe duda que se desarrolla de forma indefinida la naturaleza relacional del ser humano. Aprende, gracias a ese encuentro materializado entre dos seres de carne y hueso, que la mayor miseria del humano es no saber comunicarse, no saber decirse, no haber entrado en ese diálogo de las existencias, en el que todo hermano es para mí (y espera de mí) una gracia de realización personal. Y, “constante”; no es el cuerpo a cuerpo ocasional de quien busca su único placer en un momento de contacto (dar una limosna para tranquilizar mi conciencia o ver al otro/a como instrumento de mi satisfacción sexual), sino en un estilo personal consistente en estar íntegramente (cuerpo y alma) abierto a la vida del otro, para dar y recibir, para hacer crecer la vida de ambos.

2.2.- Entrar en contacto con la existencia real de los otros

Habla aquí el papa de la existencia real. Lo que acontece en el día a día de la vida ordinaria de los hermanos. Cosa imposible de conocer sin un contacto que se lleva a cabo compartiendo las necesidades, esperanzas y luchas que conforman el conjunto de la vida de todos los seres y grupos humanos. Conozco a mis ovejas, y las mías me conocen a mí, dice el Señor. Conocimiento por encarnación en la existencia real de los otros. Exigencia fundamental para toda conciencia cristiana, pero más aún para los que quieren hacer de su bautismo un servicio al Reino de la fraternidad universal. Realidad. Realismo. Todo lo contrario de idealismos desencarnados (salvación/liberación para un más allá) y misiones que llevan preparado su mensaje antes de conocer las necesidades reales del pueblo a evangelizar.
A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo (EG 270).
Se nos habla aquí de “la Fuerza de la Ternura”. No deja de ser una fórmula paradójica. Lo tierno que contiene en sí su específica manera de ser fuerte. No es, por supuesto, la fuerza de lo rígido, inflexible, seguro de sí mismo. No es la fuerza del que dispone de gran poder entre sus manos. Ni la del orgullo que piensa alcanzar cualquier tipo de metas con sus ínsitos recursos. Tales tipos de fortaleza se emparientan con la estatua de Daniel, la que por mucha riqueza y poder que acumule en su estructura, sus pies son de barro, incapaces de sostener tanto aparato impresionante.

Al escuchar el reclamo a hacer nuestra la fuerza de la ternura, es inevitable para cuantos conocen el Nuevo Testamento, pensar en la energía espiritual que tiene la debilidad, cuando ésta nos conduce a ser humildes en la conciencia y el deseo de la necesidad de los otros. ¡Gran fortaleza, en cualquier campo del hacer humano, la de reconocer en la practica diaria que busca el bien común, que “solos” nada podemos! Se trata de la revolución del triunfo del “nosotros” sobre el “yo”. Y que no hay empresa humana de feliz resultado para la Paz y la Justicia que no sea llevada a cabo con la participación de todos los valores dispersos entre muchos. Reconocer que toda la verdad y todo el amor, no son posibles en facciones encontradas, que disputan entre sí (aún movidos por nobles anhelos) por tomar el poder en sus manos. Ninguna lucha por el poder será fecunda en beneficio del pueblo, de la inmensa mayoría, de los que deben ser la voz autorizada en todo programa político y social, porque son los que representan los sufrimientos y las necesidades de los más desfavorecidos. Escuchar a los pobres es escuchar a Dios a fin de poner todos nuestros medios para que se cumpla su voluntad en la Tierra como en el Cielo.

Vivir la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo, es la expresión del sano orgullo para cuantos han puesto su ser en la revolución desde abajo. No puedo imaginar mi vida si no es desde los últimos. No quiero llevar a cabo nada en este mundo que no sea a favor de los últimos. No busco en nada ser de los primeros, sino en todo de los últimos. Intensa experiencia, porque abarca la totalidad de la vida de la persona. Y en su propia intensidad sitúa al que la vive en el punto más directo de contacto con el Dios que salva por encarnación. Es la mística de dar la vida por los que se aman. Es el conocimiento de Dios que, lejos de aislar o separar, nos introduce en lo más hondo (sensible) de los procesos de ascensión humana. Porque la Humanidad Histórica sólo asciende, sólo se realiza en sus valores inalienables de dignidad, participación, comunión…, desde sus raíces bien alimentadas por cuantos se supieron pueblo, y no desearon ser otra cosa que pueblo en marcha hacia una Humanidad total en abrazo.

A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Caer en tal tentación significaría haber renunciado a participar en la Revolución de la Ternura. Porque la más sabrosa y consoladora Ternura de Dios para conmigo, la encontraré cuando penetre con todo mi ser en las llagas del Señor, que permanecen siempre abiertas para mí en las quejas, lamentos, llantos y soledades de los débiles de cualquier sociedad.

2.3.- Ayudar a una sola persona justifica mi vida entera

Una sola persona, dice el papa. ¿Acaso la conciencia cristiana no nos dice que todos formamos uno solo en el Amor del Padre? Por eso, en mi modo de amar a una sola persona puedo encontrarme con la voluntad salvífica universal de Dios. Salvar a una sola persona es amarla como única e irrepetible, y no pretender que sea distinta en nada de cuanto constituye su ser particular. Salvar a una sola persona es ayudarle a ser fiel a sí misma y a encontrar un verdadero sentido para su vida basado en el amor de solidaridad y servicio. Cuando se está convencido de que sólo el amor salva, salvar a una sola persona será manifestarle con la gratuidad de tu amor que así la ama Dios.
Para compartir la vida con la gente y entregarnos generosamente, necesitamos reconocer también que cada persona es digna de nuestra entrega. No por su aspecto físico, por sus capacidades, por su lenguaje, por su mentalidad o por las satisfacciones que nos brinde, sino porque es obra de Dios, criatura suya. Él la creó a su imagen, y refleja algo de su gloria. Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida. Jesucristo dio su preciosa sangre en la cruz por esa persona. Más allá de toda apariencia, cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Por ello, si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. Es lindo ser pueblo fiel de Dios. ¡Y alcanzamos plenitud cuando rompemos las paredes y el corazón se nos llena de rostros y de nombres! (EG 274).
Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida. La clave de la Revolución de la ternura -aunque ya esté dicho no hay que cansarse en repetirlo-, es la valoración de cada persona como “predilecta” del amor de Dios. Existe una predilección del Padre por cada uno de sus hijos. Jesús de Nazaret es el primero de los predilectos, porque en Él nos quiso manifestar el Padre que cada uno de sus hijos es para Él un tesoro incomparable. Pre-dilecto, no en el sentido de más-amado, con un amor que ya no se repite en la misma forma y medida con nadie más; sino pre-dilecto con un amor que ejemplifica la manera propia del Amor divino: darse entero a cada ser amado.

Núcleo, pues, de toda revolución que no quiera quedarse a medio camino: no caer en la vieja fórmula del bosque que no nos deja ver los árboles. Y así como para la madre Naturaleza cada árbol del bosque es una entidad que precisa de todos sus cuidados, así para los proyectos políticos, sociales y económicos, resultará imposible mantener en pie la hermosura del bosque cuando tantos árboles perecen en la miseria de falta de lo necesario imprescindible.

Cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Hagamos diversas lecturas de esta afirmación del papa: por ejemplo:
  • cada niño que muere de hambre (de abandono, de falta de educación) merece nuestro cariño y nuestro no descansar hasta erradicar las causas de tales muertes;
  • cada anciana o anciano que se sienten desamparados, marginados por el mundo de la eficacia y las comodidades de un bienestar familiar, debe gritar en las demás conciencias que sin los mayores se empobrece la marcha de toda sociedad;
  • cada persona que muere cruzando el mar en una patera, merece nuestro llanto más inconsolable y una indignación que no cese hasta solucionar este problema en sus raíces;
  • o, mientras la prostitución siga siendo un modo de subsistencia (cuando no de explotación), porque se cierran las puertas a otras formas de ganarse el sustento, nadie puede tirar la primera piedra ni cerrar puerta alguna de este mundo a quienes nos precederán en el Reino de los Cielos;
  • o, en tanto las cárceles sean una privación de libertad que lleva consigo vejación de la persona y marginación del mundo de los “buenos”, será imposible para quien se sienta humano dejar de luchar para encontrar otros sistemas de ayuda al hermano (considerado “delincuente”) que sea de auténtica rehabilitación en toda su dignidad, merecedora de todo nuestro cariño y respeto:
  • o, por concluir, si no ponemos toda la carne en el asador (toda nuestra voluntad de cambiar esta situación) en el empeño de que dejen de producirse armas bélicas, en especial las de destrucción masiva, no podremos llamarnos hijos de Dios, porque no seremos realmente constructores de la Paz.
Cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Cada uno es Dios para mí. y en sus necesidades, me está pidiendo mi cariño, mi entrega, mi ternura. Dios, amado en las necesidades del otro, me hace gozar mejor de su divino amor en mi propio corazón.

Ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. El que quiere vivir al servicio de los demás, pronto advierte que él no es salvador de nada ni de nadie. Pero tal constatación no le desanima; al contrario, lo estimula. No sólo que me reconozco tan pobre y tan débil como aquel a quien deseo ayudar, descubrimiento que introduce el ingrediente de la humildad, imprescindible para la ternura revolucionaria; amén de esa humildad se despierta en mí que yo también estoy necesitado del otro, incluido el hermano a quien dirijo mis cuidados; que yo también necesito ser salvado, liberado de miedos, orgullos, ansiedades, desesperanzas…, ¡y tantas cosas que me hacen ser modesto en mis objetivos y constante en mis decisiones de servicio al bien común! Es otra vez aquello de que cuando soy débil, entonces soy fuerte. Cuando quiero sinceramente ayudar a una persona a vivir mejor, me estoy ayudando a mí mismo a no caer en las redes del desaliento pesimista, por un lado, ni del autoengaño de todo triunfalismo optimista. por otro. La Revolución de la Ternura jamás caerá en las garras del triunfalismo ni del desaliento, porque no busca el poder, sino el servir, y éste, en pura gratuidad. Una vida “justificada”, como dice el papa, es una vida “ajustada” a su verdad de criatura que se abre a la comunión universal en la comunión de servicio a otras criaturas hermanas, concretas y reales, presentes y bien definidas..

3.- Descansar en la Ternura de los brazos del Padre

Tal descanso consistirá en saber que, el que trabaja por el Reino de Dios en este mundo, jamás será un francotirador que se expone a morir por una causa noble. Un luchador por el Reino pelea siempre en la comunión de los santos, que no se enfrenta con sus solos medios a la lucha contra el mal, sino con la fuerza de Cristo resucitado, esperanza y certidumbre de que el amor es más fuerte que la muerte. Desde el amor de Dios gozado en su propio corazón, sabe que la eficacia de su lucha está asegurada, porque él mismo ya se siente salvado en el tiempo y para la eternidad por el amor gratuito de Dios.
Como no siempre vemos esos brotes, nos hace falta una certeza interior y es la convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos, porque «llevamos este tesoro en recipientes de barro» (2 Cor 4,7). Esta certeza es lo que se llama «sentido del misterio». Es saber con certeza que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo (cf. Jn 15,5). Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida. A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos. El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca (EG 279).
Nos lleva el papa ahora a las fuentes de la Revolución de la Ternura: éstas son las mismas entrañas de Dios en las que nuestra experiencia de fe nos ha introducido, como en el campo de todas nuestras operaciones por el bien común y la dignidad de la persona humana. Porque la Revolución de la Ternura es misteriosa como Dios mismo y tan eficaz como su Amor. Tan misteriosa como un valor supremo que nos sobrepasa y nos necesita. Tan eficaz como una buena semilla (la Voluntad Salvífica Universal de Dios) que ha encontrado la buena tierra (la conciencia humilde, insatisfecha y buscadora del humano) en que dar el mejor fruto. Desde las entrañas de Dios es segura la victoria sobre el mal, sea cual fuere la cara que nos da: miserias, injusticias, violencias, atropellos a la dignidad humana…

Nosotros, los que hemos seguido a Jesús de Nazaret, sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Porque es en ella donde nos acreditamos como creyentes en el Dios de Jesús, y donde mejor llegamos a experimentar que no estamos solos en tan singular batalla. Nadie se siente más amado de Dios que quien se va encontrando cara a cara con Él, mano a mano con Él, en las luchas diarias por el bien común y los Derechos Humanos.

Sí: aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca. En el fondo/fondo del testimonio cristiano en el mundo, nuestra virtud esencial será la de ser humanos, verdaderamente humanos, plenamente humanos, simplemente humanos…, a fin de que muchos puedan ver a Dios a través de nuestras vidas pequeñas pero entregadas, pobres pero generosas, cansadas pero nunca derrotadas.

El sustrato de ternura en la misericordia divina



Segunda ponencia de Antonio López Baeza en el retiro de la Fraternidad Sacerdotal española.                                                       

Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas

Retiro de Navidad 2.017

Galapagar (Madrid), 27-30 de diciembre



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TEXTO


1.- La Ternura, ¿atributo de Dios?

Pero, creo vale la pena detenerse un poco en el análisis del término “ternura”, en su relación con la revelación judeo/cristiana. ¿Aparece la palabra “ternura”, con mayor o menor utilización, en las traducciones de la Biblia a las lenguas vulgares, y muy en concreto a la castellana? La respuesta inmediata es que no; se utilizan, sí, términos muy semejantes que, incluso podemos considerar sinónimos, tales como misericordia, compasión, bondad, clemencia, perdón, lealtad, amor incondicional y eterno. Pero de ternura, propiamente, sólo en algún pasaje, como el salmo 103, donde leemos:
Bendeciré al Señor con toda mi alma;
no olvidaré ninguno de sus beneficios.
Él es quien perdona todas mis maldades,
quien libra mi vida del sepulcro,
quien me colma de amor y de ternura,
quien me satisface con todo lo mejor
y me rejuvenece como un águila.
El Señor es tierno y compasivo, es paciente y todo amor.
No nos reprende sin término, ni su ira es eterna;
no nos ha dado el pago que merecen
nuestras maldades y pecados;
tan inmenso es su amor por los que le honran
como inmenso es el cielo sobre la tierra,
El Señor es con los que le honran
tan tierno como un Padre con sus hijos:
pues Él sabe de qué estamos hechos:
sabe bien que somos polvo (1).
La ternura aquí aparece como atributo de Dios, incapaz de quedar indiferente ante las necesidades de sus hijos. Nos conoce muy bien nuestro Creador, como para olvidarse de que somos débiles (barro quebradizo), Y en su recuerdo (en su corazón) permanecemos siempre arropados por su ternura de Padre siempre solícito, en que consiste su respuesta comprometida, solidaria, con nuestros sufrimientos eN cada situación de nuestras vidas. Bien , pues, utilizando la imagen, podríamos decir que la Ternura es el substrato, la primera sustancia divina, de la que Dios hará uso para manifestarse como Creador y Padre, como Esposo, Hermano y Compañero fiel en los avatares de nuestra existencia peregrinante.

Pero el término más repetido para hablar de la actitud de Dios con su pueblo y con sus fieles, es el de la misericordia, hasta el punto que, en la revelación de Yahvé a Moisés en el Sinaí, la expresión Dios compasivo y misericordioso, queda fijada como manifestación central del misterio divino. Yahvé, el Dios cuyo nombre queda oculto bajo su presencia activa de acompañamiento a su pueblo y a sus fieles, queda a la vez revelado como el que actúa siempre dentro de la Misericordia. Misericordia nunca indiferente ante el pecado que hace sufrir a su pueblo, a aquellos mismos que lo cometen; y por ello, aportando las armas de la compasión, la misericordia y la clemencia, como las únicas que pueden vencer el mal con sus secuelas de sufrimiento humano.
El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí; Moisés pronunció el nombre del Señor. El Señor pasó ante él proclamando: “Yahvé, Yahvé: Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad, que mantiene la clemencia hasta la milésima generación, que perdona la culpa, el delito y el pecado, pero no los deja impone (Ex 34,5-7).
La interpretación más común de este texto es que Dios mismo es quien pronuncia dos veces su nombre (Yahvé=El que Es), para, a continuación, poner de relieve que su Ser Eterno es de Misericordia (o que, es la Misericordia lo que mejor define su misterio (manera eterna) de Ser. Cualquier otra concepción de Dios que no ponga la Misericordia como centro de su revelación, como espacio de conocimiento y comunicación del hombre con Dios, será considerada idolátrica. Dios, el Dios de Abraham, de Moisés, de los Profetas y de Jesús de Nazaret, sólo es Todopoderoso, Omnisciente, Justo y Santo, en la manifestación de su Misericordia. Será, pues, la Misericordia de Dios, en todas las vivencias de fe, el manantial inagotable de gozo y de renovación para cuantos a Él se acogen.

2.- Valorar la Ternura para comprender mejor la Misericordia Divina

La Misericordia de Dios, que ya en el Éxodo, a lo largo del caminar por el desierto del pueblo escapado de Egipto, había sido manifestada repetidas veces como el modo propio e inconfundible de ser de Yahvé, pasara a los profetas de Israel como el leit motiv de todas sus llamadas a conversión. Convertirse no será otra cosa sino reconocer que Dios es Misericordioso; y acogerse a su Misericordia para llegar a ser fieles a nuestra propia vocación, nos hace agradables a sus ojos y nos da su Gracia, es decir, su favor en beneficio de nuestras vidas en sus más legítimos e irrenunciables intereses.

2.1- Ternura de Padre ante las debilidades del hijo

Los profetas se encargarán, como ya hemos indicado, de que Israel no olvide que su mayor pecado consiste, una y otra vez, en olvidarse o desconfiar de la Misericordia de Dios. Se la ha mostrado de muchas maneras como para que puedan vivir a espaldas de la misma. Y sólo creyendo en un Dios cuyo nombre se puede traducir como Compasivo y Misericordioso, es posible reconocer las propias faltas, la propia debilidad y miseria (así como las fuerzas adversas del mal que hacen sufrir a los humanos), sin caer en amarga desesperanza o en una frustración sin fondo. Por el contrario, la Misericordia es el vínculo por el que siempre podemos empezar de nuevo y avanzar en cuanto nos hace más libres, felices y creativos en el mundo. Entregados a la Misericordia de Dios aprenderemos a ser más misericordiosos con nosotros mismos, cada uno con sus flaquezas reconocidas, igual que con las de mis hermanos, en quienes contemplo a semejantes, débiles, como yo mismo, y amados de Dios, como me ama a mí mismo.
En un arranque de enojo, por un momento, me oculté de ti,
pero con amor eterno te tuve compasión.
Lo dice el Señor, tu redentor (Is 54,8).
…pero aunque en su ira el Señor te castigó,
ahora en su bondad te ha tenido compasión (Is 60,10b).


Yo te he amado con amor eterno: por eso te sigo tratando
(tirando de ti hacia mí) con bondad (Jr. 31,3).


¿Cómo podré dejarte, Efraín? ¿Cómo podré abandonarte, Israel?
¡Mi corazón está conmovido, lleno de compasión por ti!
No actuaré según el ardor de mi ira,
no volveré a destruir a Efraín,
porque Yo soy Dios, no hombre. Yo soy el Santo
que estoy en medio de ti, y no he venido a destruirte (Os 11, 8-9).


¡Volveos al Señor, vuestro Dios,
y desgarrad vuestro corazón en vez de desgarraros la ropa!
Porque el Señor es tierno y compasivo, paciente y todo amor,
dispuesto siempre a levantar el castigo (Jl 2, 13).


No hay otro Dios como Tú,
porque Tú perdonas la maldad y olvidas las rebeliones…
Tú nos muestras tu amor y no mantienes por siempre tu enojo.
¡Ten otra vez compasión de nosotros…!
¡Mantén, Señor, la fidelidad y el amor
que en tiempos antiguos prometiste
a nuestros antepasados, Abraham y Jacob (Miq 7, 18-20).


El Señor es paciente pero poderoso,
y no dejará de castigar al culpable.
El Señor camina sobre la tormenta,
y las nubes son el polvo de sus pies (Nah 1, 3).
En estas citas que representan un sentir común, expresado de diversas maneras, resplandece, como voz unánime de los profetas, que existe un Dios Justo, un Señor de la vida que quiere el bien de sus criaturas, y nunca el mal; que, aunque se vea obligado a “castigar” a su pueblo, jamás lo hará como venganza por sus maldades, sino como ternura que, reconociendo nuestra debilidad de seres limitados, incapaces de mantenerse siempre en el camino de la fidelidad, sabiendo Él mejor que nadie el daño que nos hacemos a nosotros mismos, se vuelca con toda su Misericordia (pone su corazón en nuestras miserias) a fin de que podamos encauzar de nuevo nuestras vidas por el sendero del bien y la verdad.

Su Justicia aceptada como Misericordia, nos hace justos, es decir, nos ajusta a la verdad de nuestro propio ser; pues justo es todo aquel que no traiciona, que se ajusta, que es fiel a su propia humanidad.

2.2.- Oseas, o la Ternura del Esposo ante la esposa infiel

Dos momentos singulares de los profetas bíblicos, merecen ser retenidos para contemplar el misterio de la Ternura de Dios. Se trata de Oseas, 2, 14-17, y Jonás 4, 1-11. Los vemos por separado.

Oseas nos presenta el drama de un Dios que ha sido abandonado (traicionado) por su esposa, a cuyo amor Él no ha renunciado, antes bien, sigue decidido a hacer cuanto esté de su parte para convencer a la infiel de que sin el amor de su legítimo esposo nunca tendrá paz ni felicidad en su vida. Y se dice a sí mismo:
Yo la voy a enamorar. la llevaré al desierto y le hablaré al corazón.
Luego le devolveré sus viñas y convertiré el valle de Acor en puerta de esperanza para ella.
Allí me responderá como en su juventud, como en el día en que salió de Egipto.
Entonces me llamará “Marido mío”, en vez de llamarme “Baal mío” (Os. 2, 14-16).
Es el soliloquio de un marido amante cuya ternura hacia la esposa infiel, no ha desaparecido, sino que ha aumentado con la infidelidad de ella. Él sabe que los baales (ídolos que prometen lo que no tienen) jamás harán feliz a la desdichada. Y es precisamente, la desdicha de la esposa que lo ha abandonado, lo que más conmueve sus entrañas. Él no puede ser feliz sin la felicidad de ella. Este antropomorfismo “Él no puede ser feliz sin la felicidad de ella”, nos revela algo muy importante del misterio de Dios. Misterio es exceso de luz que ciega la mente humana en su capacidad receptiva; y nada puede cegar más la mente del hombre que percibir que la felicidad de Dios está esencialmente vinculada a la felicidad del hombre. Ternura inmensa en que el amor es pasión a la vez que misericordia y perdón. Sólo Dios puede amar así. Lo demostró ya al sacar a su pueblo de la esclavitud de Egipto, y quiere seguir demostrándolo con sus requiebros de ternura dirigidos al corazón humano. Importa, pues, que el pueblo creyente y el alma fiel, acepten los desiertos de la vida como lugares privilegiados para escuchar las reiteradas declaraciones de amor del Esposo tiernamente enamorado.

2.3.- Jonás, o el lenguaje de la Ternura, imprescindible para hablan en nombre de Dios

El segundo episodio revelador de la inquebrantable ternura de Dios, lo hallamos en Jonás, el profeta que huye de sí mismo y de la misión de misericordia que le ha sido encomendada. Para este profeta Dios es justo, y, por tanto, no puede dejar de castigar la culpa y el pecado, ya que si no los castiga, los humanos no se darán cuenta del gravísimo alcance de sus malas obras. Pero los planes de Dios se mueven en otras coordenadas. En tanto Jonás piensa que el castigo servirá para enmendar la mala conducta, Yahvé piensa que sólo la Misericordia ampliamente manifestada podrá ayudar a su pueblo a comprender que el único camino de salvación para este mundo es el amor, el amor que denuncia la injusticia, el amor que se solidariza con las víctimas, el amor que valora y defiende la vida en sus más mínimas manifestaciones. Por eso dice el Señor a su profeta:
¿Te parece bien enojarte así porque se haya secado la mata de ricino?
¡Claro que me parece bien -respondió Jonás-; estoy que me muero de rabia.
Entonces el Señor le dijo: tú no plantaste la mata de ricino ni la hiciste crecer;
en una noche nació y a la noche siguiente murió.
Sin embargo tienes compasión de ella.
Pues con mayor razón debo Yo tener compasión de Nínive,
esa gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil niños inocentes y muchos animales (Jon 4, 9-11).
El discurso de Dios, frente al de Jonás, está centrado en el amor a la vida, especialmente la de los más débiles e indefensos. Jonás, en cambio, malhumorado hasta lo incomprensible por haber perdido el arbusto que le daba sombra, hace de ello motivo de protesta ante Dios. Este arbusto era lo único que me quedaba en esta vida. A su amparo pasaba las horas esperando la destrucción de la gran ciudad colmada de crímenes. Y ahora, no sólo que la ciudad no es destruida, sino que se me quita mi poco arrimo en la tierra. ¿Es esto justo?

El Señor le responde que su Justicia, la que por ser de Dios supera infinitamente a la de los hombres, prefiere amonestar antes que castigar; confiar en el cambio de los corazones, antes que darlo todo por perdido. Dios cree que el humano puede cambiar, convertirse a Él, reconocer sus maldades y abjurar de ellas; por eso prefiere aplicar la paciencia, porque Él como nadie sabe que el mal, todo tipo de mal, sólo se vence con el bien. La Ternura de Dios es aquí lección de esperanza en el triunfo definitivo del amor sobre el odio, de la vida sobre la muerte.

2.4.- Elías en el desierto: ternura como la intimidad con Dios

Con el testimonio de Elías profeta, terrible en su ira en defensa del único Dios verdadero, pero vencido ante la manifestación de Dios en la suave brisa de un atardecer de primavera, alcanza la revelación bíblica esa cumbre que, en adelante, servirá de atalaya para poder distinguir desde lejos cuales de nuestros actos humanos sirven a la voluntad amorosa del Dios de la Ternura.

El Señor dijo a Elías: sal fuera y quédate de pie, ante mí, sobre la montaña.
En aquel momento pasó el Señor, y un viento fuerte y poderoso desgajó la montaña, partió las rocas ante el Señor; pero el Señor no estaba en el viento.
Después del viento hubo un terremoto; pero el Señor tampoco estaba en el terremoto.
Y tras el terremoto hubo un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego.
Pero después del fuego se oyó un sonido suave y delicado.
Al escucharlo, Elías se cubrió la cara con su capa, y salió y se quedó a la entrada de la cueva.
En esto llegó a él una voz que le decía: ¿Qué haces ahí, Elías? (IRey. 19, 11-13).
Parece imposible conocer a Dios y estar a su servicio si no es desde la ternura. La ira con su espíritu de castigo y venganza no tiene nada que ver con el Dios que no está en el huracán, ni en el terremoto devastador, ni en la erupción volcánica. Dos cosas necesitaba Elías para llegar a ser el profeta que Dios esperaba de él: una, estar convencido de que las tormentas de la vida no son eternas, tienen un comienzo que lleva consigo un final cierto: hay, pues, que tener paciencia ante las situaciones difíciles que parecen amenazar el triunfo de la verdad y del bien; otra, que para ser testigos de Dios en el mundo, hay que haber conocido (como Abraham, como Moisés,,,) en el desierto (en la conciencia humana de fracaso), que el auténtico triunfo del amor que da la vida, jamás se identifica con ninguna forma de violencia destructiva ni de orgullo prometéico. Antes bien, hay una ternura que representa en toda lucha contra el mal la fuerza invencible de la propia debilidad aceptada y entregada.

Es el eco que nos viene de san Pablo: pues cuando soy débil, ¡entonces soy fuerte!; tengo conciencia de que Dios ha depositado en la ternura una fuerza revolucionaria, pues en ella se manifiesta el amor como servicio a todas las manifestaciones de la vida, comenzando por las más indefensas. Mi propia debilidad de criatura unida a la debilidad de Dios, que es su “incapacidad” de hacer daño a la vida, representa la puesta en marcha en este mundo de la Revolución de la Ternura. Donde se niega en la práctica la Ternura, siempre se hace algún daño a la vida.

2.5.- La Ternura, distintivo del Siervo de Yahvé

Pero aún hay otro momento en los profetas que revela la Ternura de Dios como incapacidad divina para hacer daño a nada de cuanto conserva en sí un aliento de vida. La vida nunca es poca (despreciable) en sí misma, pues que todo viviente, al margen de la cantidad, calidad o intensidad de su vivir, es vida; y todo cuanto es vida es voluntad positiva del Creador, que se está dando en todo momento al ser de sus criaturas, y está compartiendo así con ellas su Ser divino.

Tan reconfortante verdad de fe, nos la acerca el pasaje del Siervo de Yahvé, según Isaías 42, donde se nos dice:
Aquí está mi Siervo, a quien sostengo;
mi Elegido, en quien me deleito.
He puesto en él mi Espíritu para que traiga la Justicia a todas las naciones.
No gritará, no levantará la voz, no hará oír su voz en las calles,
no acabará de romper la caña cascada ni apagará la mecha que arde débilmente.
Verdaderamente traerá la Justicia.
No descansará ni su ánimo se quebrantará hasta que establezca la Justicia en la Tierra (Is 42,1-4a).
La fuerza de Dios se manifiesta en la ternura del Siervo; y tal ternura representa en la historia humana la voluntad de Dios para superar los problemas de los hombres. Es su Elegido, en quien se deleita, porque el Dios Justo, incapaz de sentirse a gusto con las injusticias cometidas por los hombres, sabe y nos quiere hacer saber que ningún mal se vence con otro mal (aunque este segundo lo consideremos menor que el primero). La violencia ejercida sobre la vida en general, y sobre situaciones humanas en concreto, no ha sido ni será nunca vehículo de Justicia y Paz.

Por eso nos propone a su Siervo, es decir, a aquel que verdaderamente sirve a los intereses de Dios. Éste es el que respeta la vida en sus mínimas manifestaciones, el que sabe distinguir la parte buena que puede darse (y siempre se da) en todo mal real. No es un idealista desencarnado. Es un amante de la carne humana con toda su grandeza y debilidad. Y aceptando que la debilidad no tiene poder para sofocar la grandeza, y que la grandeza del espíritu humano desaparece cuando no está al servicio de la debilidad, intenta sacar fuerzas de la misma debilidad. Es el dechado de la ternura. Si algo vivo ha de morir, que no sea por mi acción ni por mi querer. He venido para ser testigo de que sólo el amor salva, y de que la Justicia que hace justos a los humanos nunca será producto de la ley del más fuerte.

Y Dios está convencido -tal como nos cerciora el profeta-, de que sólo este tipo de servicio (el de la Ternura) podrá restablecer la Justicia en la Tierra. Ser tierno ante las debilidades humanas, será siempre un signo de comunión con Dios.

3.- Una Ternura que impregna toda la vida del Reino: acción y contemplación

Y nos avisa. Nos manda los profetas de la ternura que nunca faltan en la historia humana. Y en la voz de los profetas podemos discernir lo que es grato a Dios que coincide con lo que es bueno y mejor para nosotros. E iluminados por el testimonio y la palabra de los profetas de ayer y de hoy, sabemos que lo que agrada a Dios no es el sacrificio, sino la Misericordia; es decir, no los ritos sagrados separados de la vida, sino una vida entregada a la misericordia con todos, especialmente con nuestros hermanos que más sufren. No los intereses de una religión establecida, sino el triunfo del respeto a la dignidad y a los derechos humanos, es lo que interesa a nuestro Dios.

¿Cómo poder seguir hablando de compasión, donde no se comparte la pasión, el sufrimiento del otro, del indigente? Ni basta con impetrar a Dios Justicia entre y para los hombres, sino que es indispensable hacer la justicia, poner en juego lo mejor de nuestro ser para que este mundo sea justo, e incluso aceptar el padecer por causa de la Justicia, para ser dignos del Reino prometido.

Vosotros, los que honráis al Señor -dice el Eclesiástico-, confiad en su Misericordia, no os desviéis del camino recto para no caer (Eclo 2,7). Y también: Pongámonos en las manos del Señor, y no en las manos de los hombres, porque el Amor de Dios es igual a su grandeza (2,18). Honrar al Señor es sinónimo de practicar la Misericordia. Ponerse en las manos de Dios. y no en las de los hombres, es no hacer nuestra justicia para ser recompensados, pues sería como negar que la práctica de la misericordia es en sí ya la mejor recompensa, pues los misericordiosos sólo son aquellos que viven de la Misericordia divina que rebosa de sus corazones hacia los demás.

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1 Salmo 103, 2-5. 8-11. 13-14, según la Edición Interconfesional DIOS HABLA HOY. Sociedades Bíblicas Reunidas-Edt Claret, Madrid 2003. Todas las citas bíblicas en adelante están tomadas (si otra cosa no se i indica) de este misma traducción.

La encarnación del Verbo y la revolución de la ternura



Primera ponencia de Antonio López Baeza en el retiro de la Fraternidad Sacerdotal española.                                                       

Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas

Retiro de Navidad 2.017

Galapagar (Madrid), 27-30 de diciembre

AUDIO





TEXTO


1.- Aproximación al contenid: “REVOLUCIÓN DE LA TERNURA”

Hay fórmulas verbales cuyo magnetismo psicológico y espiritual sobrepasa las lindes de sus contenidos netamente conceptuales. Tal me ha ocurrido a mí con la fórmula, muchas veces repetida por el papa Francisco, cuando habla de la Revolución de la Ternura. Se unen en esta fórmula dos conceptos que, de entrada, se repelen, como si nada pudiera haber de común entre ellos. Y, al escucharlos en un determinado contexto, cual es el del testimonio y enseñanzas del papa actual, se percibe haber alcanzado una nueva cima espiritual, un punto de partida inexcusable para poder vivir en el seguimiento de Jesús.

En tal expresión, el término revolución, permaneciendo fiel a sí mismo, alcanza su mayor grandeza nunca imaginable desde el conocimiento de todas las revoluciones políticas y culturales antes conocidas. Ya no es el derrocamiento de un poder temporal para imponer otro del mismo talante, aunque (presuntamente) más evolucionado en valores de bien común.

Ni la Copernicana, ni la Francesa, ni la Técnico/Industrial/Digital de última hora, pueden considerase en rigor revoluciones totales, que no hayan consistido, más o menos, en un “dar la vuelta a la tortilla”, con los mismos o alguno más ingredientes añadidos, pero al fin y al cabo, la misma tortilla. Girar trescientos sesenta grados significa volver al punto de partida con el fin de dar una nueva orientación al movimiento que se ha de seguir como fruto de tal revolución. Porque, si el giro producto de la revolución no es nuevo, si no ha supuesto una mejora real sobre las antiguas condiciones… ¿para qué ha servido regresar al punto cero? ¿Y podemos emprender una nueva marcha en la humanidad si, al querer hacer una revolución, añadimos elementos negativos (afán de poder, violencia destructiva, privilegios para los vencedores, etc.) que no hemos podido eliminar en el empeño revolucionario?

A la luz del Evangelio del Reino el concepto revolución adquiere el doble contenido de conversión y de levadura en la masa. En cuanto que conversión, significa renuncia a todo poder; pues en el Reino sólo vale el servicio humilde, desinteresado, y éste jamás será fuerza que impone, sino amor que respeta y espera pacientemente, sabiendo morir antes que matar, En cuanto que levadura en la masa, lo más revolucionario consiste en la autenticidad del testimonio personal de vida, en el Nazaret de nuestra vida ordinaria.

Se trata, pues, no de la revolución que se lleva a cabo con métodos violentos, que se hace desde afuera con las imposiciones del poder, sino de la que se lleva a cabo como un servicio humilde, escondido, como la levadura en la masa. Única revolución que merece el nombre de cristiana.

2.- Principio y fundamento de esta revolución: el valor absoluto de la vida humana

Entendemos aquí por valor absoluto de la vida humana que, ningún medio ni objetivo de la acción revolucionaria, puede negar ni olvidar en la práctica que está al servicio de dicha dignidad. Que ningún otro fin ni instrumento de acción puede utilizarse que los de poner de relieve la grandeza inalienable del ser humano. Y ello porque, esta revolución de la ternura ha sido puesta en marcha por el mismo Dios al hacer suya la carne humana con todas sus consecuencias; diciéndonos con ello que, en adelante, defender la gloria de Dios en este mundo coincide plenamente con la defensa de la dignidad absoluta de la persona humana.

Una auténtica revolución no es el cambio de paradigma político, social, cultural ni religioso… sino la conciencia clarividente de que el paradigma, la ejemplaridad y el sunmum de todos nuestros deseos es la misma persona humana, su significado en el universo, su profundidad que desemboca en el misterio, su ser cada una de ellas única e irrepetible en la marcha de cuanto existe.

Porque si el principio rector de toda revolución no es la grandeza y la debilidad (ambas inseparables) del ser humano, seguiremos engañándonos al llamar revolución a lo que sólo es un cambio más o menos accidental, pero nunca substancial, en la defensa de la vida.

Hoy sabemos muy bien que progreso científico no es equivalente a progreso humano. Sabemos que, al contrario, los avances de la ciencia no siempre han sido (ni son) instrumentos al servicio del bien común, empezando, como es imprescindible, por las necesidades más apremiantes y mayoritarias de cada hora histórica. Revolución fallida, ya sea política, técnica, ideológica, cultural…, si no es vehiculada por las necesidades de los más desfavorecidos.

Cuanto no sirve para que los humanos seamos más libres, más felices y más unidos con lazos de amistad, no puede pretender el título de “revolución”. Los avances en el saber humano y en el dominio sobre los bienes de naturaleza y las leyes física, en tanto no pasen de las manos de los “poderosos” a las de los “necesitados”, no habrá revolución digna de tal nombre. Y ello porque la necesidad común de supervivencia global, la justa distribución de los bienes de la este mundo, nos obliga a sabernos todos hermanos, al servicio unos de otros, compartiendo las mismas necesidades, sin poderes que sitúen a unos por encima de otros. El poder (de cualquier tipo) en pocas manos, es ya en sí una negación de la revolución con sentido humano. Todo poder temporal tiende a defenderse a sí mismo, bien en su ideología, bien en sus estructuras. Y por ese substrato de orgullo que acompaña siempre al poder del tipo que fuere, no duda en acudir a las condenas y a la violencia, si fuere necesario, para salvarse a sí mismo. La única fuerza que salva, según el Reino, es el despojamiento de todo poder bajo la eficacia única de la ternura.

3.- Ternura como síntesis de todas las cualidades del amor humano

Cuando hablamos de las cualidades del amor, no podemos menos que referirnos al himno de la Caridad de 1ª Cor 13. Y en él nos percatamos de que la esencia de la caridad (amor teologal) es el misterio del Dios vivo entregado gratuitamente a los hombres. E indagando con fe contemplativa en dicho amor, no tardará en aparecernos que la ternura, como fuerza de la debilidad, es el estilo divino de amar que el Espíritu pone en nuestros corazones.

Pero, escuchando también el pensamiento de nuestro tiempo, obtenemos poderosa ayuda para comprender mejor esas cualidades del amor que lo hacen invencible en su debilidad. Así, Erich Fromm (1), encierra la verdad y la eficacia del amor en estas cuatro cualidades:
  • Cuidado: Poner el máximo empeño en no hacer daño con mi vida a la vida del otro
  • Responsabilidad: Hacer crecer con todos mis medios la vida de los otros
  • Respeto: Valoración integral del otro en cuanto “otro”
  • Conocimiento: Sólo es verdadero y fecundo aquel amor en que los amantes se conocen. se aceptan, se valoran mutuamente.
Otro autor muy representativo de nuestro tiempo, Anthony de Mello (2), propone por su parte estas, también cuatro cualidades que hacen vivo y vivificador el amor humano cuyo objetivo primordial es hacer crecer la vida:
  • Universalidad: Amor que no es universal, no es humano
  • Gratuidad: Amor que no es gratuito, no es cristiano
  • Espontaneidad: Amor que no necesita para darse de imperativos categóricos, no es sincero, del corazón
  • Libertad: Amor que no hace más libre a quien lo da y a quien lo recibe, es sólo instinto posesivo y dependiente.
Entonces, sí; entonces podemos hablar de Revolución de la Ternura. Ternura que es mucho más que “terneza”, porque es la síntesis de todas las cualidades del amor maduro, hasta el punto que creo posible afirmar que no hay amor donde el factor “ternura” no sea la sal de todas sus manifestaciones, incluida la pasión erótica. Porque “pasión de amor” es equivalente a sentirse débil ante el amado; no poder ocultar el fuego de amor que le desborda; no poder negar nada de cuanto uno es y tiene a favor de la felicidad del amado; y, en suma, no concebirse uno a sí mismo si no es en función del objeto de su amor, donde se dan cita la máxima valoración del otro en cuanto otro, el respeto adorativo a su singularidad y la sincera actitud de servicio gratuito. Todo esto es la Ternura. Todo esto y mucho más. Como dijera el clásico: quien lo probó, lo sabe.

…Y, lo que sabe es que, tierno, es lo vivo que se quiebra fácilmente, si no es tratado con el debido respeto y cuidado (cariño). Ternura, es la actitud del corazón humano entregado a defender la vida en sus mínimas manifestaciones, que pone sumo cuidado para no hacer daño a lo débil, antes bien, se empeña con todo su ser en hacer crecer la vida en sí y en todo su entorno. Y sabe que, la Revolución de la Ternura, tan necesaria, tan urgente, ha de consistir en ese cambio radical en las relaciones humanas y en el uso y disfrute de los bienes creados, consistente en la confianza en el poder de la verdad contra todas las formas de mentira; y en la utilización de las armas del bien (mansedumbre, paciencia, perseverancia, comprensión, perdón…) para vencer toda clase de mal en este mundo.

4.- La ternura como núcleo de la revelación cristiana

Quien lea con detenimiento contemplativo el Prólogo de san Juan, no tardará en advertir que, en este texto de incomparable vuelo espiritual, se esconde el misterio de la Ternura humana hecha Divina. Comprender, asimilar vitalmente esta expresión la ternura humana hecha divina, es el núcleo de la revolución de Reino de Dios. Dios, en su Verbo Encarnado, hace suya la debilidad de su criatura humana, para así encenderla desde adentro con su propia energía divina. De este modo, la Ternura de Dios se manifiesta en hacerse débil con el débil para salvar al débil al estilo divino. Ternura como debilidad (en el caso humano) que pide amor para encontrar sentido a sus carencias y límites. Ternura como debilidad (en el caso divino) que hace suyas las necesidades del hombre para elevarlas con su propio don. Un Dios débil (tierno) ante las precarias condiciones de la carne. Y la Palabra se hizo Carne, introduciendo en el misterio de Dios la debilidad y la ternura.

La locura de amor en el acto creador, sólo podía ser superada por la locura de amor de la Encarnación. Dios, al crear, se retira para dar lugar al universo.


Y, al hacer suya, por Encarnación, la misma carne del universo, introduce en el seno de su misterio trinitario la debilidad (ternura) de la carne, nuestra carne humana, que ya es la misma Carne del Dios Eterno. La revelación cristiana, es, pues, la Revolución de la Ternura de Dios. Por eso, la Palabra, es la luz verdadera que alumbra a todo humano que viene a este mundo. Lo ilumina haciéndole saber que su necesidad de amar y ser amado, que el instinto de su ternura, es compartido por el mismo Dios, Quien, no deja de mostrarse tierno ante sus criatura, necesitado de su amor, a fin de que la criatura, aceptando el amor de su Creador, viva una ternura plena, su debilidad natural convertida en su mayor fuerza, fuerza sobrenatural.

Parafraseando el donde hay amor, allí está Dios, podemos decir: donde triunfa la Ternura se realiza el Reino de Dios. Y también, haciendo nuestro el Dios es Amor, debemos decir: nunca está Dios más presente que cuando el humano se realiza en su propia ternura, su debilidad aceptada, su necesidad ineludible de amar y ser amado.

El amor, en todas las tradiciones místicas, entre Dios y Hombre, es el explícito reconocimiento de que en la Ternura se unifican Dios y Hombre. Unificación que los místicos llaman desposorios, como símbolo de esa cima incomparable de plenitud lograda por ambos (amante y amado) a la vez, sin posibilidad de seguir siendo cada uno por separado.

Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado (3).
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1 Erich Fromm – EL ARTE DE AMAR. Paidóa, Buenos Aires 1966

2 Anthony de Mello – UNA LLAMADA AL AMOR, 74-77. Sal Terrae, Santander 1991

3 San Juan de la Cruz, poema NOCHE OSCURA, canción 8