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Las señales del Resucitado

Retiro de Pascua 2021 de la Fraternidad Sacerdotal de España.                                    

Fernando E. RAMÓN                                                                 


«Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.
Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos» (Mc 9,9-10).

La resurrección no es tan fácil de entender. Los mismos discípulos de Jesús, los apóstoles, no habían entendido qué quería decir Jesús cuando les hablaba de “resurrección”. Cuando bajan del monte Tabor, después de la experiencia de la transfiguración, que es anticipo de la resurrección.

Tal vez, nosotros ya estamos familiarizados con el lenguaje y hablamos de “resurrección” como un concepto teórico o teológico que vinculamos a la persona de Jesús. Pero no estoy absolutamente convencido de que sepamos traducirlo en nuestra experiencia de vida cotidiana. Puede que nos pase como a los apóstoles de Jesús, que el mensaje muchas veces nos parece en cierto modo incomprensible.

— Cuando hablo de “resurrección” ¿a qué me refiero? ¿Qué imágenes me ayudan a entender e interpretar este término?

«No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron.» (Mc 16,6).

Jesús durante su vida fue identificado como el Nazareno, por razones obvias. No debía ser un lugar reconocido por nada en particular. Es una ciudad anónima, que no aparece en el Antiguo Testamento. El mismo Natanael se pregunta «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46).

— ¿Por qué soy reconocible yo? La gente que me conoce ¿con qué me identifica?

“Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él (Tomás) les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo»” (Jn 20,25).

Después de su muerte, Jesús cambia su identidad, es reconocido como “el crucificado”. Las llagas de los clavos y la marca de la lanza en el costado sirven para identificar al resucitado con el crucificado. Es el mismo Jesús que recorrió los caminos de Galilea y de Judea, el que tocó con sus manos a leprosos, el que curó enfermos y partió el pan con sus propias manos para repartirlo a las gentes hambrientas. Esas manos y esos pies, atravesados por los clavos en la crucifixión, son los que en las apariciones se presentan ante sus discípulos como signo de reconocimiento e identificación. El discípulo Tomás es el que pide ver los signos que identifican al Resucitado con el Jesús que él había conocido en su vida pública.

La experiencia de la resurrección es personal, podemos decir que subjetiva, ante unos mismos signos un discípulo cree inmediatamente y otro queda perplejo y sorprendido, parece que aún no ha dado el paso de la fe. Es lo que sucede con Pedro y Juan en la mañana de Pascua, cuando son advertidos por María Magdalena que el sepulcro está abierto. Pedro entra primero y ve los lienzos por el suelo y el sudario enrollado en un lugar aparte. Se queda admirado de la ausencia del cuerpo de Jesús. Sin embargo, Juan entra detrás y, viendo lo mismo que Pedro, cree inmediatamente que Jesús ha resucitado. El sepulcro vacío y las vendas que habían cubierto el cuerpo de Jesús son elocuentes para él.

Cada uno tenemos signos propios, experiencias muy personales, que nos han ayudado a creer en la resurrección de Jesús. Es verdad que después compartimos la fe, con el resto de los creyentes, pero todo parte de un encuentro personal con el Resucitado, en signos que nos hablan.

— ¿Qué signos he descubierto en mi vida, en mi experiencia personal, que me han ayudado a creer que Jesús está vivo, que ha resucitado venciendo a la muerte?

Al igual que sucede con el Resucitado, todo creyente —también nosotros— tenemos nuestra vida marcada por señales de resurrección.

La resurrección es una experiencia en el presente, en el hoy de nuestra vida. No hemos de pensar que la resurrección es una garantía de futuro, algo que sucederá solo cuando termine nuestra peregrinación por este mundo. Pablo, en la carta a los Colosenses, nos habla de ello como un acontecimiento que ya se ha verificado en nosotros por la fe. Si habéis resucitado con Cristo… entonces nuestra vida tiene que mostrar los signos de la resurrección. No podemos vivir como hombres sin esperanza.

1) El primer signo de la resurrección, que debe marcar nuestra vida, es la alegría. Es lo que caracteriza el encuentro del Resucitado con sus discípulos. “Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor” (Jn 20,20). No se trata de un gozo puntual, que se limita a ese momento del encuentro. Este gozo debe estar presente y manifestarse en todos los momentos de nuestra vida. Toda circunstancia, incluso la más dolorosa, puede ser vivida con la alegría que nace en este encuentro con el Señor.

También el hermano Carlos vivió esta alegría y nos habla de ella:

¡Vos resucitáis y subís a los cielos! ¡Estáis, pues, en vuestra gloria! No sufrís más, no sufriréis ya nunca más, sois dichoso y lo seréis eternamente… ¡Dios mío, qué dichoso soy, pues os amo! Es por vuestro bien por lo que yo debo cuidarme antes que nada. ¡Cómo no alegrarme, cuán satisfecho debo estar! … ¡Dios mío, sois bienaventurado por la eternidad, nada os falta, sois infinitamente y eternamente feliz! También yo soy feliz, Dios mío, pues es a Vos a quien yo amo ante todo. Puedo deciros que no me falta nada… Que estoy en el cielo, que, pase lo que pase y lo que me suceda a mí, yo soy dichoso, a causa de vuestra bienaventuranza.

Resolución.—Cuando estamos tristes, desanimados de nosotros mismos, de los demás, de las cosas, pensemos que Jesús está glorioso, sentado a la diestra del Padre, bienaventurado para siempre, y que si le amamos como debemos, el gozo del Ser infinito debe estar infinitamente por encima de nuestras almas, las tristezas provenientes de estar agotados y, por consiguiente, delante de la visión de alegría de Dios, nuestra alma debe estar jubilosa y las penas que la ahogan desaparecer como las nubes delante del sol; nuestro Dios es bienaventurado. ¡Alegrémonos sin fin, pues todos los males de las criaturas son un átomo al lado del gozo del Creador! Habrá siempre tristezas en nuestra vida, debe haberlas, a causa del amor que llevamos y debemos llevar en nosotros mismos a todos los hombres; a causa también del recuerdo de los dolores de Jesús y del amor que sentimos por El; a causa del deseo que tenemos que tener de la justicia, es decir, de la gloria de Dios y de la pena que debemos experimentar viendo la injusticia y a Dios insultado… Pero estos dolores, por justos que ellos sean, no deben durar en nuestra alma, no deben ser más que pasajeros; lo que debe durar es nuestro estado ordinario; es a lo que debemos retornar sin cesar; ésta es la alegría de la gloria de Dios, la alegría de ver que ahora Jesús no sufre más y no sufrirá más, sino que El es dichoso para siempre a la diestra de Dios.

(Anotaciones de un Retiro hecho en Nazaret del 5 al 15 de noviembre de 1897)

2) El segundo signo ha de ser la fe. El acontecimiento de la resurrección y el encuentro con el Resucitado nos llevan a creer en Dios. Es Él quien ha resucitado a Jesús y lo ha sacado del sepulcro. La fe nos sitúa ante la realidad con ojos nuevos, con mirada profunda. La fe ilumina toda la realidad. Toda la creación, cada una de las personas, nos remiten al Creador. Podemos encontrar semillas del amor de Dios allí donde miremos. Dios está detrás de cada persona y de cada cosa.

Para el hermano Carlos, la fe hace que nuestra vida se simplifique:

¡Qué felices somos nosotros que creemos! ¡Qué bella, alta y pura es la verdad! Y ¡cómo la vida humana se aclara a la luz de la fe, se hace simple!

¿Cómo podéis creer, vosotros que recibís vuestra gloria unos de otros, y que no buscáis la gloria que no viene sino de Dios? (Jn 5,44). Para creer hay que humillarse, hay que hacerse pequeño, hay que confesar que se tiene poco espíritu, admitir una cantidad de cosas que no se comprenden, obedecer la enseñanza de la Iglesia, recibir de ella la verdad, a veces de forma un tanto ruda, de una boca a veces poco hábil, someter el juicio, obedecer de espíritu… y creer humillado, pues creer es creer que uno es pecador, que nada puede por sí mismo, que abusa cada día de mil gracias, creer es tener delante de sí un ideal divino y comprobar lo lejos que uno está, es ver la bondad de Dios y nuestra ingratitud…

(Meditaciones sobre los pasajes relativos a los santos evangelios. Fe. Nazaret 1897)

3) El tercer signo es una vida transformada. Pablo nos invita a aspirar a los bienes de arriba, no a los de la tierra. “Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba (…); aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3,1). No podemos conformarnos ni quedarnos solo con las cosas materiales, ni pensar que solo ellas nos darán la felicidad que ansiamos. Necesitamos lo material, sin duda, pero hemos sido creados también para lo espiritual. El encuentro con Jesús Resucitado cambia nuestra vida, le da hondura, profundidad. Pide que nuestros actos sean significativos y expresen la centralidad de ese encuentro y esa presencia en nosotros. También es Pablo el que dice “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20). No podemos quedarnos en lo superficial, hemos de profundizar en nuestro interior porque allí se produce el encuentro con Dios.

Carlos de Foucauld se refiere a su Señor Jesús como Modelo único y nos dice:

Sigamos este Modelo único; entonces estaremos seguros de estar haciendo lo justo, porque no seremos ya nosotros los que vivamos, sino él que vive en nosotros, y nuestros actos ya no son nuestros pobres y miserables actos humanos, sino los suyos, divinamente eficaces.

4) Y un último signo que quiero destacar es la comunión, la fraternidad. Cristo ha resucitado y nos ha hecho miembros de su cuerpo. Eso nos une de un modo permanente, irrevocable. No seguimos al Señor en soledad, como individuos, sino en comunidad. Celebramos la fe con los hermanos y esa fe nos lleva a amar a todos, también a los que no creen. La resurrección de Jesús va a volver a cohesionar a los discípulos que se habían dispersado. “ A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos” (Jn 20,26). Es también fuente de comunión y de unidad para nosotros, en nuestras fraternidades, para nuestra Iglesia y para nuestro mundo.

El hermano Carlos también es maestro de fraternidad, tuvo un estilo de vida acogedor, especialmente con los más pobres y con los más alejados del Señor.

La Fraternidad es la casa de Dios en la cual todo pobre, todo huésped, todo enfermo, está siempre invitado, llamado, deseado, acogido con alegría y gratitud por los hermanos que lo aman, que tienen por él un tierno afecto y que consideran su ingreso bajo su techo como el ingreso de un tesoro: ellos son, de hecho, el tesoro de los tesoros, Jesús mismo.

La Fraternidad es un puerto, una recuperación en la cual todo ser humano, sobre todo si es pobre o infeliz, es, a cualquier hora, fraternamente invitado, deseado y acogido.

La Fraternidad es el techo del Buen Pastor.

CUESTIONARIO PARA LA REVISIÓN DE VIDA

1. ¿Cómo puedo considerar el estado de la alegría en mi vida? ¿En qué momentos experimento una alegría creciente, mayor? ¿Qué realidades, acontecimientos, personas me arrancan la alegría?

2. ¿Qué elementos sostienen mi fe y le dan solidez? ¿Qué realidades ponen en crisis mi fe y me dificultan creer?

3. ¿Considero mi vida significativa? ¿Creo que transparento la presencia del Señor Resucitado en mí? ¿Qué elementos de mi vida deben cambiar para expresar mejor mi condición de discípulo de Jesús?

4. La fraternidad es uno de los elementos fundamentales de nuestra espiritualidad:
¿Qué puedo hacer en esta Pascua para mejorar mi relación con los miembros de mi fraternidad? ¿Cómo extender la experiencia de la fraternidad en nuestros presbiterios, en nuestras comunidades parroquiales, en nuestra Iglesia y en nuestro mundo?

Fernando E. RAMÓN CASAS

PDF: Las señales del Resucitado. Fernando RAMÓN, Retiro Pascua 2021

 

 

Enlace a la primera charla:  La vivencia del resucitado en Carlos de Foucauld


La vivencia del Resucitado en Carlos de Foucauld

Retiro de Pascua 2021 de la fraternidad Sacerdotal de España.                                     

Aquilino MARTÍNEZ                                                                      

“Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe” (1 Co 15, 14)

 

Al tomar la decisión de ser yo uno de los que ofreciera unas palabras en este retiro de Pascua, de esta Pascua tan singular en medio de una pandemia, lo primero que me brotó interiormente fue una pregunta: ¿y qué dijo Carlos de Foucauld de Jesús resucitado? ¿hay alguna afirmación suya, o algún comentario suyo, en torno a la resurrección de Jesús? Realmente, en un primer momento no tenía respuesta, estaba en blanco.

Pero, con toda seguridad, el mismo Carlos de Foucauld debía tener muy presente esa afirmación contundente de Pablo, con la que he querido iniciar esta reflexión: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe”.

Hay que recordar, en primer lugar, que Carlos de Foucauld no es un teólogo. Y, por tanto, su objetivo al compartir sus escritos, cartas, comentarios al evangelio…no es proponer una exposición ordenada y estructurada de la fe. Lo suyo no es un catecismo de la fe católica, o un libro de teología. Carlos de Foucauld va plasmando por escrito lo que va descubriendo y profundizando en su oración, en su abandono, y, también, en su vida encarnada, cercana a los que no conocen a Jesús, y a los más pobres y sufrientes.

Por otra parte, en algún momento puede dar la sensación de que Carlos de Foucauld se ha quedado, solamente, en Nazaret, prescindiendo de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Pero no es exactamente eso. No recorta a Jesús, quedándose solamente con la primera parte de su vida, y descartando la vida pública y su broche final. Carlos de Foucauld conoce muy bien toda la vida pública de Jesús, especialmente su muerte y resurrección. Con toda seguridad, la cruz redentora de Jesús y la victoria de la resurrección tuvieron que formar parte, en muchas ocasiones, de su oración y contemplación. Sin lugar a dudas tuvo que incluir la muerte de Jesús en esa dinámica de descendimiento por parte de Dios. Y la meditación de la resurrección de Jesús pudo confirmar en Carlos de Foucauld que, efectivamente, “si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto”. Aunque no lo exprese de una forma explícita y, mucho menos, académica o teológica, para Carlos de Foucauld hay una unidad y coherencia entre la vida oculta de Jesús, y su vida pública, que culmina con su muerte y resurrección, y de la cual participamos a través del Espíritu Santo (Pentecostés).

“Enseguida que comprendí que existía un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que de vivir sólo para Él”. Esta frase, en el inicio de su conversión y misión, nos da a entender que ha descubierto al Dios de vivos y de la vida. Enseguida va a orientar su espiritualidad hacia Jesús, y éste en Nazaret. Aunque sin descuidar su confianza total en Dios, tal como queda plasmado en su oración del abandono. Pero su mirada principal va a ir encaminada hacia Jesús, en Nazaret. Ese Jesús está vivo, no es una idea o una ideología, o una teología, o un mero “relato” (como tanto se dice ahora). Es una persona viva y muy presente.

Para el hermano Carlos, una de las presencias fuertes de ese Jesús vivo es la Eucaristía: “¡La Eucaristía es Jesús, es todo Jesús! En la sagrada Eucaristía, vos estáis todo entero, todo viviente mi Bien-Amado Jesús. Tan plenamente como estabais en la casa de la Santa Familia de Nazaret… como estabais en medio de vuestros Apóstoles. (174 Meditación sobre el Evangelio). La expresión “todo viviente” nos da a entender que, para el hermano Carlos, la Eucaristía prolonga la presencia de Jesús resucitado. En otro momento afirma, recordando y comentando las palabras de Jesús en la Última Cena: “<<Esto es mi cuerpo… esta es mi sangre…>> Mt. 26, 26-28. Esta gracia infinita de la Santa Eucaristía, cuánto nos debe hacer amar a un Dios tan bueno, un Dios tan cerca de nosotros… Cuánto la Santa Eucaristía nos debe volver tiernos, buenos, para todos los hombres.” (Meditación en 1897). También pone palabras en los labios de Jesús, sobre la Eucaristía: “Contemplarme amorosamente: es la única cosa necesaria y es lo que yo amo más… Si tu comprendieras la felicidad que hay en estar a mis pies y en mirarme…” (Retiro de Nazaret. Noviembre 1897). En esta otra reflexión es aún más explícito sobre la permanente presencia de Jesús entre nosotros: “Dios, para salvarnos, ha venido a nosotros, se ha mezclado con nosotros en el contacto más familiar y estrecho… Para la salvación de nuestras almas, continúa viniendo a nosotros, mezclándose con nosotros, viviendo con nosotros en el contacto más estrecho, cada día y a toda hora en la Santa Eucaristía…” (Reglamento y Directorio, 1909).Todas estas citas sobre la Eucaristía y la adoración eucarística nos hablan de la fe de un Carlos de Foucauld convencido de la presencia viva de Jesús en el Santísimo Sacramento. No sólo eso, sino que entiende su tarea, su misión, su presencia entre los musulmanes y los necesitados, desde esa presencia viva de Jesús en la eucaristía y en la adoración eucarística. Sin la vivencia profunda de esa presencia eucarística, la vida ya no es una imitación de Nazaret, tal como lo entiende Carlos de Foucauld. Y en positivo: contemplar y empaparse bien de esa presencia real de Jesús en la Eucaristía le empuja, le lanza a una presencia personal en el mundo y entre la gente como en Nazaret, al estilo de Jesús.

La otra presencia fuerte de Jesús resucitado, para el hermano Carlos, son los pobres. Son muchas las referencias a los pobres, en los escritos del hermano Carlos. Entresaco algunas, de las que podemos intuir su fe en Jesús resucitado y presente: “No hay, creo yo, palabra del Evangelio, que haya tenido sobre mi más profunda impresión, y transformado más mi vida, que aquella: `Todo lo que hacéis a uno de estos pequeños, a mí me lo hacéis´. Si pensamos que estas palabras son aquellas de la verdad increada… Con qué fuerza se nos lleva a buscar y a amar a Jesús en estos ‘pequeños, estos pecadores, estos pobres, poniendo todos nuestros medios espirituales al servicio de la conversión, y todos nuestros medios materiales para el alivio de las miserias temporales”. (Carta a Luis Massignon, 1 Abril 1916). Carlos de Foucauld no hace una reflexión teológica sobre la “presencialidad” de Jesús resucitado en los pobres y pequeños, pero es evidente que no tiene ninguna duda de la permanencia de Jesús vivo en ellos, y de que esto le conmueve. Por una parte, percibe, ve a Jesús resucitado en los últimos. Por otra parte, recibe la llamada a acercar a ese Jesús vivo a todos, como se intuye de esta otra afirmación suya: “Poder llevar una vida muy contemplativa, haciéndome todo a todos, para dar Jesús a todos” (Junio 1902, conclusión del retiro). Es decir, quiere ver a Jesús vivo en los pobres, y quiere que otros vean a ese Jesús vivo, a través de él, de su testimonio.

No me resisto a traer a la memoria uno de los textos evangélicos más conocidos sobre la presencia de Jesús resucitado: los discípulos de Emaús (Lc. 24, 13-34). Conocemos muy bien toda la escena. Me voy a ceñir solamente al momento final, cuando los dos peregrinos invitan a Jesús a quedarse con ellos, y Jesús acepta:

“Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan”. (Lc. 24, 29-34)

Curiosamente es al final, cuando Jesús ya no está presente físicamente, cuando parece estar más presente. Y esa otra presencia, más interior, más profunda, es la que les da un nuevo impulso a los discípulos. Primero, a recordar todo su camino en clave de Jesús (“¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las escrituras?”). Después, a unirse a los demás discípulos para contarles lo sucedido. Dice Pablo d´Ors, en un acercamiento a esta escena y, concretamente, a este momento, que a los de Emaús les queda la libertad para interpretar lo que les ha pasado. Y pensar y confirmar lo que les ha pasado. Esto es la fe: no una imposición sino una proposición, porque respeta nuestra libertad.

En una lectura libre de la vida de Carlos de Foucauld, a la luz de este evangelio de los discípulos de Emaús, podríamos decir que, cuando Carlos de Foucauld estaba, aparentemente, de “vuelta” de todo, el Dios vivo le sale al encuentro para decirle que sigue estando ahí, en medio de las decepciones y caídas. Ese Dios vivo ya se había hecho presente, de algún modo, en la fuerte experiencia religiosa de los musulmanes. El Dios de vivos y de la vida se sirve de distintos momentos y personas para salir a nuestro encuentro y hacerse compañero de camino. Pero es en aquella iglesia, en aquella conversación y confesión con el padre Huvelín, a la que siguió la recepción del Cuerpo de Cristo, cuando “se le abren los ojos” al hermano Carlos y puede hacer una relectura de su vida desde la fe. No podemos dejar de escuchar, de nuevo, su recuerdo de aquel momento al convertirse, es decir, al descubrir unos ojos nuevos: “Tan pronto como creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para él. Mi vocación religiosa data de la misma hora de mi fe. ¡Dios es tan grande! Hay tanta diferencia entre Dios y todo aquello que no lo es”. Su camino, a partir de ese momento, lo conocemos. El Dios vivo que ve e intuye en ese momento inicial, en breve va a orientarlo y encarnarlo en Jesús de Nazaret, y Jesús en Nazaret. Podríamos decir que su Emaús le lanza a Nazaret. Su Experiencia del viviente la traslada a la cotidianeidad, a la vida oculta, a la vida sencilla y normal. Y tal como hemos recordado en la primera parte de esta presentación, va a tener muy presente a este Jesús vivo en la Eucaristía y en los pobres.

También para nosotros, como para Carlos de Foucauld, esta Pascua puede ser una ocasión para redescubrir nuestro “Emaús en Nazaret”. Es decir, Jesús resucitado sigue haciéndose presente en nuestra vida cotidiana y en la vida sencilla de la gente con la que nos encontramos habitualmente. En lo sencillo del día a día, y en los sencillos y pobres de cada día, podemos intuir la presencia suave del resucitado. O podemos ser nosotros, en nuestro Nazaret, instrumento sencillo de Jesús resucitado para hacerse presente y acercar su vida nueva a los demás.

Posibles preguntas para la reflexión personal:

1. ¿En qué momentos de mi vida sacerdotal, quizá de decepción o desilusión pastoral, he notado la presencia suave de Jesús resucitado?

2. ¿Cómo percibo a Jesús resucitado en lo cotidiano, en mi Nazaret habitual? ¿cómo lo pueden percibir otros a través de mi?

3. De todo lo que conozco de la vida y espiritualidad de Carlos de Foucauld, ¿qué es lo que más me llama la atención en relación con el resucitado?

Aquilino MARTÍNEZ, responsable regional

PDF: La vivencia del Resucitado en Carlos de FOUCAULD, retiro Pascua 2021, Aquilino MARTÍNEZ

 

 Enlace a la segunda charla: Las señales del Resucitado 

El modelo sacerdotal del hermano Carlos, baluarte contra el clericalismo


Quinta charla  del retiro de verano 

de la Fraternidad Sacerdotal 

Iesus Caritas 

de

España

                                                                                       

Viernes, 28 de agosto 2020

1. El duro combate del papa Francisco contra el clericalismo

El Papa Francisco es un feroz luchador por el clericalismo. En su carta al pueblo de Dios del 20 de agosto de 2018, nos invitó a una transformación eclesial y social que requiere, en primer lugar, una conversión personal y comunitaria. Para el Papa, el clericalismo es uno de los principales obstáculos en este proceso de conversión comunitaria y eclesial. Por eso lo critica muy severamente. En su texto, define el clericalismo como "una forma desviada de concebir la autoridad en la Iglesia", una "actitud que no sólo anula la personalidad de los cristianos, sino que también tiende a disminuir y menospreciar la gracia bautismal que el Espíritu Santo ha puesto en el corazón de nuestro pueblo ”. 

Para el papa Francisco, el clericalismo es un factor de división en el cuerpo eclesial, anima y ayuda a perpetuar muchos males en la Iglesia y en la sociedad. Para decir no al abuso sexual de poder y conciencia, debemos decir no a cualquier forma de clericalismo. El papa Francisco también ha enseñado en otras ocasiones que el clericalismo es una "perversión real" en la Iglesia donde el pastor "siempre se pone antes que los fieles” y "castiga con la excomunión" a los que se extravían. Ha demostrado una y otra vez que el clericalismo "condena, separa, frustra, desprecia al pueblo de Dios".

Muchos laicos y sacerdotes quisieran luchar decididamente contra este clericalismo, pero no es un término claro y fácil de definir y concretar. Además, las causas y expresiones de este mal no son fácilmente identificables. Al no poder documentarme bien con los libros apropiados, me conformé con algunos sitios web (por favor, disculpadme). Aquí hay algunas definiciones con las que me he encontrado, oss ahorraré los nombres de los autores.

2. Algunas definiciones de clericalismo

La protección de la jerarquía y sus "líderes" incluso si se prueban los errores que han cometido.

Una patología, una ampolla del poder de una o de una corporación. Es una máquina para hacer potentados y esclavos, alimentándose unos de otros.

Encontré una carta de Pablo VI enviada a uno de sus familiares a finales de los años veinte, cuando acababa de llegar a la Curia romana. Dijo que estaba aterrorizado por lo que llamó los “cuervos negros”, estos clérigos que vinieron a hacer carrera en el Vaticano, a favor de un sistema de cártel de clanes que continúa

Una forma de apología del ejercicio del poder tal y como se vive en el mundo pagano: de forma desproporcionada. Además, este ejercicio excesivo del poder clerical a veces puede manifestarse en compensación por los sacrificios realizados, como el celibato: luego nos justificamos creyendo, a menudo inconscientemente, que nos vamos a desplegar de otra manera, abusando de nuestra autoridad, por ejemplo. 

Si el clericalismo es ciertamente una desviación de la autoridad sacerdotal, no creo que el papa esté llamando a deshacerse de toda autoridad sacerdotal. Escucho desde el proceder del papa, y esto desde el inicio de su pontificado, no que no haya demasiada autoridad sino falta de ella. Cuanto más reconozcamos al padre en el sacerdote, más respetaremos el lugar que le corresponde, que no es el de un ser todopoderoso, sino el de un hermano que se preocupa únicamente por una relación emocional. La distancia justa del sacerdote, que no significa alejamiento, puede permitir encontrar una paternidad justa.

El clericalismo es el síntoma del retraimiento de un ser humano o de un cuerpo social, negándose a pensar y a actuar en conciencia, prefiriendo apoyarse completamente en una autoridad. Necesitamos recuperar nuestra libertad espiritual, que es esencial para todos.

Los sacerdotes que se sienten superiores, están muy distantes del pueblo. (Papa Francisco)

 3. Las fuentes del clericalismo

Un diccionario de etimología dice que la palabra clérigo proviene del latín eclesiástico clerus y del griego Klêros que significa parte, herencia y también parte elegida de la comunidad. La palabra clero, por tanto, nos remite al Antiguo Testamento. El libro de los Números habla de la parte de los sacerdotes en las cosas santas y materiales al margen del resto del pueblo de Israel en estos términos: "Yo, yo te di el cargo, de lo que viene de mí. Todo lo que los israelitas consagran, te lo he dado como parte que te ha sido asignada a ti ya tus hijos en virtud de un decreto perpetuo "(Núm. 18: 8); "No tendrás heredad en su tierra, no habrá porción para ti en medio de ellos. Yo seré tu porción y tu heredad entre los israelitas ”(Núm. 18:20). En Deuteronomio 14: 28-29, el levita o sacerdote está asociado con el extranjero, el huérfano y la viuda como destinatario del diezmo porque no tiene parte o herencia con otros israelitas. El eclesiástico lo toma todo en estos términos: "Así se alimentan de los sacrificios del Señor que les ha atribuido a ellos y a su posteridad". Pero en la tierra no tiene heredad, no tiene parte entre el pueblo, “porque yo mismo soy tu heredad” ”(Ecl. 45, 21-22). No podemos olvidar las palabras llenas de confianza en el Salmo 16 (15), 5: "Yahvé, mi parte de la herencia y mi copa, eres tú quien me garantiza; la línea que marca mi , y la herencia es magnífica para mí ”. Debido a esta pertenencia a Yahvé, la tribu de Leví no tuvo una participación territorial en la distribución de la tierra prometida entre las tribus de Israel (cf. Jos 13:33).

Todas estas referencias son ciertamente del Antiguo Testamento, pero el sacerdocio de la Nueva Alianza, por el cual somos sacerdotes, tiene sus raíces en la elección sacerdotal de los hijos de Leví. Incluso se nos ha dado nuestro nombre, clérigo, a partir de este elemento del sacerdocio levítico que, además, no agota su inmensidad. Toda la complejidad del clericalismo proviene principalmente de un malentendido de este estado de separación, de tener al Señor como parte de una herencia.

Los hijos de Leví no tienen parte de la herencia porque pertenecen a Yahveh, deben estar entre el pueblo, dondequiera que esté el pueblo de Dios. Si se quedaran en un territorio, muchas tribus de Israel se quedarían sin sacerdotes o aún se verían obligadas a hacer viajes muy largos para ver a un sacerdote. La suerte, la parte de la herencia del sacerdote, debe ser cercana, pertenecer a Yahvé que pertenece a todo su pueblo. Debemos hacer presente y visible el amor y la ternura del Señor en medio de su pueblo. Ser sacerdote, ser clérigo, es ser elegido para estar con el pueblo de Dios, dondequiera que se encuentre. ¡Somos elegidos para el servicio, para el último lugar!

Desafortunadamente, también podemos interpretar su elección como un apartado para ser muy diferente, superior al resto de la gente, ser el primero. Es esta concepción del sacerdocio ministerial la que, en mi opinión, causa el mal del clericalismo. El hecho de que Yahvé sea nuestra parte de nuestra herencia no es una superioridad espiritual ni una oportunidad material, es la expresión de nuestra pobreza, de nuestra total dependencia de él. Todo lo que hacemos y somos es obra suya. No tenemos nada, sólo tenemos a Yahveh para darlo a su pueblo, sólo tenemos su amor y misericordia para dar a su pueblo, ¡somos siervos profundamente inútiles! Tener a Yahveh como su parte de la herencia no es inmunidad espiritual. Al contrario, significa que no debemos buscar nada fuera de él, su búsqueda es nuestra identidad, nuestro destino, nuestra felicidad.

4. El modelo sacerdotal del hermano Carlos

El clericalismo es una realidad compleja. Tiene varias manifestaciones y expresiones. Es oportuno que cada sacerdote desenmascare el tipo de clericalismo que pueda dañar su ministerio sacerdotal y encuentre los medios para combatirlo de manera resuelta y eficaz.

Carlos de FOUCAULD ejerció su ministerio sacerdotal en circunstancias muy concretas, pero sus convicciones cristianas y sacerdotales pueden ayudarnos a permanecer en nuestro papel de servidores inútiles.

4.1. La búsqueda infatigable de este querido último lugar

Inspirado por las palabras y el ejemplo de su director espiritual, pero sobre todo profundamente tocado por el misterio de la Encarnación, Carlos de FOUCAULD buscó con todas sus fuerzas el último lugar. Su forma de entender y vivir este último lugar ha evolucionado mucho, pero su deseo se mantuvo ardiente y vivo a lo largo de su vida. El deseo de ocupar el último lugar es un poderoso antídoto para la carrera por los primeros puestos. El que quiere el último lugar no es necesariamente el que rechaza los primeros lugares, sino el que es capaz de ocupar el primer lugar como si estuviera en el último. El deseo del último lugar nos llena de una humildad inagotable que nos hace mantener el delantal de siervo en todas las circunstancias en las que ejercemos nuestro ministerio sacerdotal. Para Carlos, los sinónimos de este querido último lugar eran la soledad, la pobreza, el trabajo humilde, la penitencia, la vida oculta de Nazaret, la misión del banquete eucarístico ...

4.2. Vivir conscientemente nuestra indignidad ante la grandeza del misterio sacerdotal

Muy apegado a su vocación monástica y a la ocupación del querido último lugar, Carlos opuso gran resistencia a todos aquellos que querían que fuera sacerdote. El sacerdocio es para él una elevación a una dignidad muy elevada. Es la mayor vocación de este mundo. Es celestial, sobrepasa y trasciende todo. La vocación sacerdotal lo hace extremadamente poderoso, ya que Jesús obedece a la voz del sacerdote colocándose en el altar y en sus manos. El sacerdote también obra maravillas a través de los sacramentos (C. De Foucauld, "Este querido último lugar", 152-153). Como los Padres del Desierto, Carlos de FOUCAULD se consideraba, por tanto, indigno de tal dignidad sacerdotal.

Rechazar el sacerdocio en Carlos de FOUCAULD no es un desprecio sino una huida de profundo respeto y humildad, es la manifestación de su indignidad y una confesión de la grandeza del sacerdocio ministerial. Una conciencia siempre viva de la grandeza del sacerdocio y el reconocimiento de nuestra indignidad contribuyen a hacernos instrumentos sacerdotales humildes, pequeños, eficientes, disponibles, inútiles. La huida foucauldiana de nuestro sacerdocio nos libera del clericalismo. La huida “santa” de nuestro sacerdocio nos cura de la rutina, de la banalización de los actos de nuestro ministerio sacerdotal.

4.3. El sacramento de la reconciliación y el acompañamiento espiritual

Desde el día de su conversión, cuando se confesó con el padre HUVELIN, el sacramento de la reconciliación y el acompañamiento espiritual fueron dos baluartes del crecimiento espiritual de Carlos de FOUCAULD. Incluso ordenado sacerdote, Carlos siguió buscando consejos y confiando plenamente en el padre HUVELIN hasta su muerte.

En cuanto al sacramento de la reconciliación, lo frecuentaba con gran regularidad aunque las largas distancias del Sáhara le llevaban a recibirlo con menos frecuencia, cuando era necesario recorrer cientos de kilómetros para hacerlo. El sacramento de la reconciliación y el acompañamiento espiritual son dos baluartes inexpugnables contra todas las formas de clericalismo. Sin embargo, siguen siendo un desafío para muchos sacerdotes que los practican cada vez con menos frecuencia.

Meditación y oración:

Mt 23, 1-12
1P 5, 1-14

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El poder transformador de la celebración y de la adoración eucarística


Cuarta charla  del retiro de verano 

de la Fraternidad Sacerdotal 

Iesus Caritas 

de

España

                                                                                       

Miércoles, 26 de agosto 2020 (tarde)

Invocación al Espíritu Santo

Palabra de Dios: Mt 26, 26-30

4. Reconocimiento y acción de gracias 

Queridos hermanos en Cristo, la Eucaristía es el prototipo de todas las transformaciones más maravillosas de nuestra salvación. La transformación eucarística comienza con la transformación del trigo en pan y de la uva en vino. Es un gran milagro de la naturaleza. En el misterio de la Eucaristía instituido en la Cena del Señor, las transformaciones son aún más maravillosas y sorprendentes.
La primera de todas estas transformaciones es el cambio de pan y vino en acción de gracias. “Mientras comía, Jesús tomó pan; y después de dar gracias, lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo: tomad, comed ...”

La Eucaristía es la oración de acción de gracias cristiana. Encuentra su fuente en la Última Cena de Jesús de Nazaret y tiene vínculos muy fuertes con las oraciones litúrgicas judías como el Birkat ha-mazon, el Qiddush, el Berakah, el Haggadah, el Josser, el Kippur, etc. Las oraciones eucarísticas o anáforas de los primeros cristianos estaban compuestas por una oración de acción de gracias, una petición de perdón, una intercesión y una súplica por la asamblea que celebra a los vivos y a los muertos, narraciones del misterio de la salvación, alabanzas, bendiciones, narración de la institución de la Eucaristía en la Última Cena de Jesús, invocaciones del Espíritu Santo y doxologías. Esto nos permite decir que lo que hace la Eucaristía no son sólo las palabras de consagración pronunciadas por el sacerdote, sino el conjunto de la oración eucarística. La oración eucarística es "la imagen de la acción de gracias de Jesús en la Última Cena". Su finalidad es santificar las ofrendas santas, es decir, el pan y el vino que luego se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo.

En la celebración de la Eucaristía, el pan y el vino se convierten en nuestra acción de gracias: “Bendito eres Dios del universo, tú que nos das este pan, fruto de la tierra y del trabajo humano, te lo presentamos, se convertirá en el pan de vida ... ¡Bendito sea Dios ahora y siempre! Bendito eres Dios del universo, tú que nos das este vino, fruto de la vid y del trabajo de los hombres, te lo presentamos; se convertirá en el vino del reino eterno, bendito sea Dios ahora y siempre ”.

Con la acción de gracias eucarística, el sacerdote y toda la asamblea toman conciencia y proclaman que todo es gratis, ¡todo fruto de la tierra y del trabajo humano es gratis! Lo que producimos, lo que compramos, lo que adquirimos, todo lo que tenemos, todo lo que somos, todo es gratis, ¡absolutamente gratis! Es gratis porque es sólo un regalo gratuito de Dios.

Las mayores riquezas son gratis: sol, aire, oro, diamantes, pan, vino, agua. Pagar o trabajar para conseguir todas estas cosas no les quita su naturaleza libre. Todo es gratis y todo exige nuestro reconocimiento. ¡Nuestros esfuerzos, nuestro trabajo, nuestros méritos, el uso del dinero y el dinero no deben hacernos nunca perder de vista la inmensa gratuidad de la divina providencia que nos da todo, absolutamente todo! Sólo somos siervos inútiles (Cf. Lc 17, 7-10).

Repito para insistir mejor con todas mis fuerzas: la acción de gracias es la primera sustancia de la Eucaristía, el fundamento de la relación con uno mismo y con Dios. La acción de gracias es el reconocimiento de que todo viene de Dios, absolutamente todo, todo lo que somos, todo lo que hacemos y todo lo que tenemos: bienes materiales, espirituales, visibles e invisibles ...

La celebración de la Eucaristía, por tanto, nos recuerda que todo se lo debemos a Dios y al prójimo. Todo debe entregarse a Dios en forma de reconocimiento y gratitud; todo debe darse a los próximos, especialmente a los más necesitados, en forma de donación, compartir, caridad, limosna. Cuando reconocemos que lo que somos y lo que tenemos viene del Señor, estamos abiertos a compartir, a la ayuda mutua. Todo lo que tenemos se considera gratis, independientemente de mis méritos y del esfuerzo que dedique a conseguirlo.

¿Qué lugar ocupa la gratitud, la acción de gracias, en mi oración diaria, en mis relaciones con los demás? ¿Puedo agradecer desde el fondo de mi corazón a Dios y al prójimo?

5. La transformación en Cuerpo Eucarístico de Cristo y Cuerpo Místico de Cristo

En la evolución de su comprensión de la Eucaristía, Carlos de FOUCAULD llegó a un punto en el que había comenzado a ver a todos los hombres de la Eucaristía: cristianos, musulmanes, creyentes, incrédulos, etc. Sus lecturas de Santo Tomás de Aquino y San Juan Crisóstomo fueron decisivas en esta evolución eucarística de su experiencia espiritual.

Algunas de las declaraciones de Carlos de FOUCAULD están directamente inspiradas en la enseñanza de Santo Tomás de Aquino sobre el Cuerpo Místico de Cristo. Esto es lo que dice: “Debemos amar a todos los hombres por igual, ricos y pobres, felices e infelices, sanos y enfermos, buenos y malos, porque todos son miembros del Cuerpo Místico de Jesús (materia cercana o lejana), y por lo tanto miembros de Jesús, porción de él, es decir infinitamente venerables, amables y sagrados ”. Llevará esta identificación de los pequeños con Cristo al límite más extremo y dirá: "Si salvamos el alma de un infiel, es, si es lícito hablar así, Jesús nos salva del infierno, y le damos el cielo con la ayuda de Dios”.

De San Juan Crisóstomo, el doctor de la Eucaristía y la limosna, Carlos conserva una enseñanza sobre la Eucaristía que incluye un gran énfasis en el amor ardiente de Cristo y la estrecha unión que quiere vivir allí, con los hombres. Al identificar el cuerpo eucarístico de Cristo con su cuerpo presente entre los pobres y los pequeños, Juan Crisóstomo será muy insistente en cualquier práctica eucarística que trate del cuerpo eucarístico de Cristo en el altar confiando el ejercicio de la caridad en favor de los pobres y los más pequeños. He aquí, por ejemplo, lo que dice en su 50ª homilía sobre el Evangelio de San Mateo: "¿Qué beneficio puede recibir Jesucristo al ver su mesa aquí cubierta con vasos de oro, mientras se muere de hambre en la persona de los pobres? Empieza por aliviarlo de su hambre y, si le queda algo de dinero, adorna tu altar. ¿Le regalas una copa de oro y le niegas un vaso de agua fría? ¿De qué sirve tener hermosos velos aquí y no tener la ropa más necesaria en sus miembros? ¿Crees que cuando descuidas a un pobre que se está muriendo de hambre y vas a cubrir de oro y plata el altar de Jesucristo, y crees que necesitas ese oro, él no se irrite? ".

Fue cuando el hermano Carlos comenzó a ver a todos los hombres en la Eucaristía el momento en que se produjo un cambio muy grande en su experiencia espiritual: la partida para la misión es su transformación en un misionero del banquete eucarístico. Ver en la Eucaristía a Cristo y a todos los pequeños y pobres que constituyen su Cuerpo tiene implicaciones concretas que pueden transformarnos enormemente. Cuando estamos convencidos de esta realidad, ya no podemos celebrar la Eucaristía sin “celebrar” a los pobres y los más pequeños, ya no podemos adorar la Eucaristía sin “adorar” a los más pequeños y a los pobres. Con esta convicción, Carlos de FOUCAULD también piensa que el amor al prójimo no debe consistir en simplemente realizar actos de amor y caridad, también debe expresarse mediante la unión con los hombres para llegar a ser uno. Una misma cosa con ellos, ya que Jesús y el Padre son uno por su amor mutuo. Nos invita a estar en íntima comunión con todos los hombres a través de nuestra unión con Cristo a través de su cuerpo eucarístico. ¡La Eucaristía es fuente inagotable de una verdadera fraternidad universal!

Meditación y oración: 

Jn 13, 1-17
Lc 22, 14-20
Mt 25, 1-46
1 Corintios 11, 18-29

Reflexión y oración:

Toma una de las oraciones eucarísticas: comenzando con un prefacio hasta “éste es el Cordero de Dios”. Enumera las personas o instituciones por las que oramos. ¿Están estas personas en mi adoración? Por ejemplo, ¿cómo me interpela la celebración de la Misa y la adoración de la Eucaristía concretamente en relación con mi obispo, mis compañeros sacerdotes, los agentes de pastoral de mi parroquia?

Enlace a la última charla: http://fraternidad-sacerdotal.blogspot.com/2020/08/el-modelo-sacerdotal-del-hermano-carlos.html

Volver al Sumario: https://fraternidad-sacerdotal.blogspot.com/2020/08/un-retiro-con-el-hermano-carlos.html

Las transformaciones del hermano Carlos y sus factores


Tercera charla  del retiro de verano 

de la Fraternidad Sacerdotal 

Iesus Caritas 

de

España

                                                                                       Miércoles, 26 de Agosto 2020 (mañana)

Invocación al Espíritu Santo 
 
Palabra de Dios: 1 Cor 11, 18-29
 
Introducción
 
Todo lo que vive está muy a menudo sujeto a un conjunto de cambios que podemos
llamar transformaciones. Algunas transformaciones son parte integral de la propia naturaleza de un ser vivo, mientras que otros cambios se sufren o se imponen. Nacer, ser niño, crecer y envejecer son cambios intrínsecos en la vida humana. ¡El trigo transformado en pan, luego en el cuerpo y la sangre de Cristo sufre transformaciones extraordinarias! En esta charla, me gustaría que consideráramos algunos cambios importantes en la vida de Carlos de FOUCAULD. Prestaremos especial atención a los mecanismos o factores de sus transformaciones para poder orientar las transformaciones a las que quisiéramos someter nuestra vida o comprender ciertas transformaciones que vamos experimentando.
 
He aquí algunas transformaciones espirituales importantes en la vida de Carlos: la pérdida de la fe durante su adolescencia y juventud, su conversión como explorador en Marruecos, su conversión a la fe, su entrada en Notre-Dame des Neiges en Francia y Notre-Dame-des-Neiges. Señora del Sagrado Corazón, en Siria, su estancia de tres años con las Clarisas en Nazaret, su ordenación sacerdotal, su vida misionera y pastoral en el Sáhara.
 
1. Pérdida de la fe

 
Hay, sobre todo, dos factores principales. La primera fue la lectura de autores hostiles a la fe. Con su amigo del instituto, Gabriel TOURDES, Carlos de FOUCAULD devoró las obras de autores como RABELAIS, MONTESQUIEU y VOLTAIRE. A lo largo de los años y las lecturas, estos escritores arruinaron su fe y los sumergieron en el positivismo, el racionalismo, el relativismo, el agnosticismo y, en última instancia, la incredulidad. Un segundo factor que es al mismo tiempo consecuencia de esta situación fue la vida de los pecados. El pecado es hostil a la fe, la expulsa y se multiplica tan pronto como desaparece. El pecado es la raíz de todo tipo de transformaciones negativas. Con la pérdida de la fe, el pecado se instaló en la vida del hermano Carlos: pereza, egoísmo, libertinaje, indolencia, goce excesivo, prodigalidad, desorden sexual, etc. (cf. Retiro en Nazaret, 103-106). Un último factor cuestionable es la cadena de duelo que le agobiaba: la muerte de su madre, padre, abuela y abuelo en el espacio de unos pocos años. Es una situación importante y atenuante, pero que no podría justificar tantos pecados.
 
Carlos de FOUCAULD se arruinó con sus lecturas, pero también fueron éstas las que le dieron una luz que transformó su vida (Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, Sto. Tomás de Aquino, San Juan Crisóstomo, clásicos de la teología y de la Palabra de Dios de manera eminente).
 
Nuestras lecturas contribuyen enormemente a nuestra transformación. La lectura es necesaria, debemos darle un buen lugar en nuestra vida diaria y saber nutrirnos de libros que construyan y animen la unión con Dios, por el amor de Dios y de los hombres. ¿Qué libros he leído durante este año? ¿Cuánto tiempo ocupa la lectura en mi vida con la llegada de todas estas redes sociales? ¿Mi tiempo de lectura está consumido por actividades pastorales? A cierta edad, uno está mejor capacitado para hacer transformaciones importantes, pero una mente cultivada es siempre un mejor santuario para el Señor. La lectura es el aire que respira nuestra vida espiritual: si es puro respiramos buena salud, si está contaminado estamos infectados de enfermedades que son difíciles de curar.
 
2. Conversión como explorador, conversión a la fe
 
2.1. Conversión como explorador
 
El factor principal detrás de esta transformación es doble: pasión y autoestima. Carlos de FOUCAULD siempre ha sido un apasionado de la geografía. Explorar Marruecos no ha sido un percance ni un simple accidente, es la realización de una pasión. Esta exploración también fue para él una forma de recuperar su autoestima, su índice de popularidad que estaba en el punto más bajo para su familia y para él mismo. Para lograr esta pasión desplegó una energía increíble que estaba adormecida en él: tiene 23 años y estudia desde las 7 de la mañana hasta la medianoche con 30 minutos de descanso para la comida. Estudió árabe, oficio de explorador, etnografía, geografía, astronomía, matemáticas y un poco de hebreo (por razón de su disfraz de judío) (Cf. J.-F. SIX, Charles de Foucauld en caso contrario, DDB, París 2008, 25).
 
Nuestras pasiones, grandes o pequeñas, buenas o malas, pueden salvarnos o perdernos,
pueden contribuir a la brillantez de nuestro ministerio sacerdotal o a su oscurecimiento. ¿Cuáles son mis pasiones (películas, fútbol, juegos de todo tipo, actividades, teléfonos y redes sociales, comida, etc.)? ¿Qué tiempo y qué energías (financieras, físicas) me quitan? ¿Cuáles son sus consecuencias en mi vida diaria?
¿Qué transformaciones han hecho en mí?
 
2.2. Conversión a la fe
 
Es obvio que el primer factor aquí es la gracia de Dios dada gratuitamente. Pero hay otros factores que podemos tener en cuenta, entre ellos el testimonio de vida de su prima Marie de BONDY. Marie de BONDY interpretó el papel de madre humana y espiritual de Carlos de FOUCAULD: “Me escribiste una carta que me hizo bien, que me conmovió en una edad en la que era difícil removerme. y que contribuyó más que nada a que volviera con mi tía ”(Carta a la señora de Bondy, 12); "Ya que el buen Dios te hizo el primer instrumento de sus misericordias hacia mí, y de ti me vienen todas: si no me hubieras convertido, traído de vuelta a Jesús, aprendiendo poco a poco, con una palabra tras otra, piadosa y buena, ¡cómo iba a estar aquí hoy! (28 de abril de 1901, 83).
 
Lo más atractivo de nuestra vida, el lenguaje más seguro y eficaz en el anuncio de la Buena Nueva en nuestros entornos de vida en proceso de descristianización, es el amor que no juzga, la ternura, el cariño. , amistad, amabilidad, presencia amorosa. ¿Cuál es el lugar del cariño y la ternura en mis relaciones humanas: con los miembros de mi familia, mis hermanos en el ministerio, mis feligreses, o aquéllos de quienes tengo cuidado pastoral?
 
3. Su entrada en la Trapa, su estancia con las Clarisas
 
Carlos de FOUCAULD entró en la Trapa para amar a Dios con el amor más perfecto

posible. Este amor perfecto pasó por la búsqueda y el cumplimiento de la voluntad de Dios, la imitación del amado, la cruz y los sacrificios, la adoración, la contemplación de Jesús presente en el Santísimo Sacramento y el amor al prójimo. Solo, a la vista de Dios. El amor de Dios fue, por tanto, el factor principal de su accidentada vocación religiosa. Según su forma de amar a Jesús, ocupar el último lugar, llegar a imitar materialmente la vida abyecta de Jesús, era motivo de tormento e incertidumbre. Tuvo que purificar su visión de la Eucaristía y de la imitación de Jesús de Nazaret para poder liberarse de ciertas ilusiones. Sin embargo, todo lo que vivió en la Trapa y con las Clarisas fueron verdaderos momentos de crecimiento espiritual y humano que lo llevarán al Sáhara.
 
Pensemos en la historia de nuestra vocación. ¿Qué me atrajo del sacerdocio? ¿Ha
cambiado o evolucionado esta realidad? ¿Qué me mantiene hoy en mi vocación sacerdotal?
 
4. Ordenación sacerdotal y vida misionera en el Sáhara
 
Un factor obvio en esta gran transformación de Carlos fue la comprensión de la Eucaristía como un banquete para los más lejanos. Mientras estaba con las Clarisas y tenía mucho tiempo para orar, meditar los Evangelios, adorar la Eucaristía y leer obras teológicas, Carlos percibió que en términos de la glorificación de Dios y la santificación de los hombres, nada podría valer más que la Eucaristía.
 
El Concilio de Trento se ocupó de la excelencia del
sacramento de la Eucaristía y esta verdad de fe ha sido retomada por los catecismos y por numerosos autores. Carlos de FOUCAULD se adhirió a esta enseñanza conciliar con una fe inquebrantable y radical. Si bien hasta entonces había rechazado el sacerdocio por humildad, comenzó a querer ser sacerdote y justificó su cambio de perspectiva con el padre HUVELIN en estos términos: “Sobre todo, porque nada glorifica tanto a Dios aquí abajo. que la presencia y la ofrenda de la Sagrada Eucaristía, por el solo hecho de que celebraré la Santa Misa y que pondré un sagrario, rendiré la mayor gloria a Dios y haré el mayor bien a los hombres”, 2. Por tanto, está convencido de que “la mera presencia del Santísimo Sacramento santifica silenciosamente el entorno. […] Y que nunca un hombre imita más perfectamente a Nuestro Señor que cuando ofrece el sacrificio o administra los sacramentos […]
 
¿Cuál es mi convicción dominante sobre la Sagrada Eucaristía que celebro y adoro? ¿Estoy convencido, como los Concilios de Trento y Vaticano II, como el hermano Carlos, de que nada glorifica tanto a Dios aquí en la tierra como la presencia y la ofrenda de la Sagrada Eucaristía, sólo por el mero hecho de que celebre la Santa Misa y adoro la Eucaristía?. ¿Le doy a Dios la mayor gloria y hago a los hombres el mayor bien? ¿Tengo una o más convicciones eucarísticas específicas que dan una nota particular a mi vida, a mi ministerio sacerdotal?
 
Meditación y oración:
Jn 13, 1-17
Lc 22, 14-20
1 Corintios 11, 18-29

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