Homilia en la misa funeral de Antonio López Baeza

"Hay en mi tierra un milagro, que hace enmudecer al cielo, ¡el almendro florecido en el corazón de enero!"                                   
 
Homilia del obispo 
de la diócesis de Cartagena Murcia

 
Misa funeral por el alma de
D. Antonio López Baeza
Parroquia Corpus Christi y la Purísima
Archena
 
 
Hermanos sacerdotes
Sra. Alcaldesa y Corporación Municipal
Familiares
Amigos
Queridos hermanos,
  
Ayer mañana, con la noticia de la muerte de Antonio, me enviaban un texto que había escrito él: Hay en mi tierra un milagro, que hace enmudecer al cielo, ¡el almendro florecido en el corazón de enero! Nunca me imaginé que me tocara a mí presidir la Misa funeral de tantos hermanos sacerdotes, cada uno con sus ilusiones y esperanzas, pero todos cargados de méritos y de servicios al Pueblo de Dios y hoy, con esperanza también lo digo, despido a un almendro que florecía en enero… y en febrero y en marzo… durante todos los meses del año. Despido, junto a todos vosotros, a una persona de corazón grande y noble, a quien Dios le dotó de una especial sensibilidad para mirar la realidad con ojos nuevos y con la capacidad de contarlo con la finura de los místicos. A mucha gente ha ayudado este almendro de piel recia y agrietada, gastada en el servicio a los pobres y olvidados, por el roce y la cercanía de los cansados de palabrerías y de los derrotados por las injusticias. Nunca se quedó en la acera de la vida viendo pasar el tiempo, sino que se arrimó a Jesús y sintió que necesitaba poner el oído en su pecho para oír el latido de su corazón y aprender, en el silencio de la solidaridad, del ejemplo de Jesús para rezar, para encontrarse con el Padre y para poder lavar los pies a la gente. Lo ha intentado, si, ha intentado parecerse a Cristo: caminar, predicar el amor y el perdón de Dios, estar cerca de la gente que busca, oír las voces de los ciegos del camino y los gestos de los sordos pidiendo ayuda, los gritos desgarrados de los que tenían hambre y sed… Para todos ellos ha sido un heraldo de las Bienaventuranzas de Dios.
  
Los que le habéis tratado, sabéis que siempre se le encontraba como una persona que te esperaba a la puerta de su ser con las puertas abiertas, sus grandes ojos de par en par reconociéndote como amigo y con una sonrisa sin disimulos como anfitriona. Antonio quería ser un hombre de Dios, tenía razones, lo aprendió de Él en tantas horas de oración, encuentros y celebraciones de la liturgia. Sabía que si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles y se dejó construir, porque sabía que Dios da el pan a sus amigos mientras duermen, que el Señor nos da la seguridad y el descanso y que hay que confiar en Él siempre, porque siempre está cercano, siempre. Lo hemos visto en esta Navidad, el Señor está tan próximo que pueden llegar los pobres, los marginados, los pecadores y los últimos, todos aquellos a los que se les había negado el acceso, porque, insisto, Dios tiene sus puertas abiertas y nadie está excluido de su amistad, para Él no hay marginados, más aún, para Dios, los últimos serán los primeros, porque para Dios nadie es un extraño. Esto movía el corazón de nuestro hermano a la fe y a la confianza.
  
Antonio, antes de su muerte, en sus últimas voluntades, ha dejado escrito que quería un entierro sencillo, muy sencillo y que respetáramos esta voluntad suya, así queremos hacerlo y sin adornos. Pero dejó escritas las únicas palabras que debían resonar esta mañana, unas citas de la Palabra de Dios para ser leídas en esta Eucaristía. Les aseguro que ha sido impresionante el exquisito cuidado que ha puesto en ello. Cuando yo leía el texto del libro de la Sabiduría me emocionaba, porque me estaba imaginando la escena al presentarse ante Nuestro Señor y me decía, ¿le habrá querido recordar él a Dios lo que dice el texto?: Te compadeces de todos, porque todo lo puedes y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si odiaras algo, no lo habrías creado. Pero inmediatamente me he respondido, no, seguro que no pensado en recordarle nada, si él sabía la bondad y la misericordia de Dios… Bueno, quizás nos vega bien a nosotros, los que aún quedamos en este mundo, para que volvamos el rostro al Señor de corazón. Me ha consolado pensar que Antonio nos está acercando a todos a Dios, ¿no les parece? En su última predicación nos dice que merece la pena ser el grano de trigo que cae a tierra y muere, para dar fruto; que sigamos a Jesucristo para dar fruto, que no perdamos el tiempo buscándonos a nosotros mismos, sino al Señor, para descansar en Él.
  
Aprovecho este momento para agradeceros todo lo que habéis hecho por él, a sus familiares, a sus amigos, a los voluntarios que habéis estado junto a él en estos últimos días de su vida. Me consta que no ha querido seros gravoso, porque el testimonio que os ha dado a todos los vecinos de Archena y a todo el mundo ha sido querer servir, estar disponible y deciros que os lleva grabados en el corazón.
  
Que descanse en paz el que trabajó por construirla con el arma más frágil que imaginarse pueda, con un bolígrafo y un papel.