
Primera ponencia de Antonio López Baeza en el retiro de la Fraternidad Sacerdotal española.
Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas
Retiro de Navidad 2.017
Galapagar (Madrid), 27-30 de diciembre
1.- Aproximación al contenid: “REVOLUCIÓN DE LA TERNURA”
Hay fórmulas verbales cuyo magnetismo psicológico y espiritual sobrepasa las lindes de sus contenidos netamente conceptuales. Tal me ha ocurrido a mí con la fórmula, muchas veces repetida por el papa Francisco, cuando habla de la Revolución de la Ternura. Se unen en esta fórmula dos conceptos que, de entrada, se repelen, como si nada pudiera haber de común entre ellos. Y, al escucharlos en un determinado contexto, cual es el del testimonio y enseñanzas del papa actual, se percibe haber alcanzado una nueva cima espiritual, un punto de partida inexcusable para poder vivir en el seguimiento de Jesús.
En tal expresión, el término revolución, permaneciendo fiel a sí mismo, alcanza su mayor grandeza nunca imaginable desde el conocimiento de todas las revoluciones políticas y culturales antes conocidas. Ya no es el derrocamiento de un poder temporal para imponer otro del mismo talante, aunque (presuntamente) más evolucionado en valores de bien común.
Ni la Copernicana, ni la Francesa, ni la Técnico/Industrial/Digital de última hora, pueden considerase en rigor revoluciones totales, que no hayan consistido, más o menos, en un “dar la vuelta a la tortilla”, con los mismos o alguno más ingredientes añadidos, pero al fin y al cabo, la misma tortilla. Girar trescientos sesenta grados significa volver al punto de partida con el fin de dar una nueva orientación al movimiento que se ha de seguir como fruto de tal revolución. Porque, si el giro producto de la revolución no es nuevo, si no ha supuesto una mejora real sobre las antiguas condiciones… ¿para qué ha servido regresar al punto cero? ¿Y podemos emprender una nueva marcha en la humanidad si, al querer hacer una revolución, añadimos elementos negativos (afán de poder, violencia destructiva, privilegios para los vencedores, etc.) que no hemos podido eliminar en el empeño revolucionario?
A la luz del Evangelio del Reino el concepto revolución adquiere el doble contenido de conversión y de levadura en la masa. En cuanto que conversión, significa renuncia a todo poder; pues en el Reino sólo vale el servicio humilde, desinteresado, y éste jamás será fuerza que impone, sino amor que respeta y espera pacientemente, sabiendo morir antes que matar, En cuanto que levadura en la masa, lo más revolucionario consiste en la autenticidad del testimonio personal de vida, en el Nazaret de nuestra vida ordinaria.
Se trata, pues, no de la revolución que se lleva a cabo con métodos violentos, que se hace desde afuera con las imposiciones del poder, sino de la que se lleva a cabo como un servicio humilde, escondido, como la levadura en la masa. Única revolución que merece el nombre de cristiana.
2.- Principio y fundamento de esta revolución: el valor absoluto de la vida humana
Entendemos aquí por valor absoluto de la vida humana que, ningún medio ni objetivo de la acción revolucionaria, puede negar ni olvidar en la práctica que está al servicio de dicha dignidad. Que ningún otro fin ni instrumento de acción puede utilizarse que los de poner de relieve la grandeza inalienable del ser humano. Y ello porque, esta revolución de la ternura ha sido puesta en marcha por el mismo Dios al hacer suya la carne humana con todas sus consecuencias; diciéndonos con ello que, en adelante, defender la gloria de Dios en este mundo coincide plenamente con la defensa de la dignidad absoluta de la persona humana.
Una auténtica revolución no es el cambio de paradigma político, social, cultural ni religioso… sino la conciencia clarividente de que el paradigma, la ejemplaridad y el sunmum de todos nuestros deseos es la misma persona humana, su significado en el universo, su profundidad que desemboca en el misterio, su ser cada una de ellas única e irrepetible en la marcha de cuanto existe.
Porque si el principio rector de toda revolución no es la grandeza y la debilidad (ambas inseparables) del ser humano, seguiremos engañándonos al llamar revolución a lo que sólo es un cambio más o menos accidental, pero nunca substancial, en la defensa de la vida.
Hoy sabemos muy bien que progreso científico no es equivalente a progreso humano. Sabemos que, al contrario, los avances de la ciencia no siempre han sido (ni son) instrumentos al servicio del bien común, empezando, como es imprescindible, por las necesidades más apremiantes y mayoritarias de cada hora histórica. Revolución fallida, ya sea política, técnica, ideológica, cultural…, si no es vehiculada por las necesidades de los más desfavorecidos.
Cuanto no sirve para que los humanos seamos más libres, más felices y más unidos con lazos de amistad, no puede pretender el título de “revolución”. Los avances en el saber humano y en el dominio sobre los bienes de naturaleza y las leyes física, en tanto no pasen de las manos de los “poderosos” a las de los “necesitados”, no habrá revolución digna de tal nombre. Y ello porque la necesidad común de supervivencia global, la justa distribución de los bienes de la este mundo, nos obliga a sabernos todos hermanos, al servicio unos de otros, compartiendo las mismas necesidades, sin poderes que sitúen a unos por encima de otros. El poder (de cualquier tipo) en pocas manos, es ya en sí una negación de la revolución con sentido humano. Todo poder temporal tiende a defenderse a sí mismo, bien en su ideología, bien en sus estructuras. Y por ese substrato de orgullo que acompaña siempre al poder del tipo que fuere, no duda en acudir a las condenas y a la violencia, si fuere necesario, para salvarse a sí mismo. La única fuerza que salva, según el Reino, es el despojamiento de todo poder bajo la eficacia única de la ternura.
3.- Ternura como síntesis de todas las cualidades del amor humano
Cuando hablamos de las cualidades del amor, no podemos menos que referirnos al himno de la Caridad de 1ª Cor 13. Y en él nos percatamos de que la esencia de la caridad (amor teologal) es el misterio del Dios vivo entregado gratuitamente a los hombres. E indagando con fe contemplativa en dicho amor, no tardará en aparecernos que la ternura, como fuerza de la debilidad, es el estilo divino de amar que el Espíritu pone en nuestros corazones.
Pero, escuchando también el pensamiento de nuestro tiempo, obtenemos poderosa ayuda para comprender mejor esas cualidades del amor que lo hacen invencible en su debilidad. Así, Erich Fromm (1), encierra la verdad y la eficacia del amor en estas cuatro cualidades:
- Cuidado: Poner el máximo empeño en no hacer daño con mi vida a la vida del otro
- Responsabilidad: Hacer crecer con todos mis medios la vida de los otros
- Respeto: Valoración integral del otro en cuanto “otro”
- Conocimiento: Sólo es verdadero y fecundo aquel amor en que los amantes se conocen. se aceptan, se valoran mutuamente.
- Universalidad: Amor que no es universal, no es humano
- Gratuidad: Amor que no es gratuito, no es cristiano
- Espontaneidad: Amor que no necesita para darse de imperativos categóricos, no es sincero, del corazón
- Libertad: Amor que no hace más libre a quien lo da y a quien lo recibe, es sólo instinto posesivo y dependiente.
…Y, lo que sabe es que, tierno, es lo vivo que se quiebra fácilmente, si no es tratado con el debido respeto y cuidado (cariño). Ternura, es la actitud del corazón humano entregado a defender la vida en sus mínimas manifestaciones, que pone sumo cuidado para no hacer daño a lo débil, antes bien, se empeña con todo su ser en hacer crecer la vida en sí y en todo su entorno. Y sabe que, la Revolución de la Ternura, tan necesaria, tan urgente, ha de consistir en ese cambio radical en las relaciones humanas y en el uso y disfrute de los bienes creados, consistente en la confianza en el poder de la verdad contra todas las formas de mentira; y en la utilización de las armas del bien (mansedumbre, paciencia, perseverancia, comprensión, perdón…) para vencer toda clase de mal en este mundo.
4.- La ternura como núcleo de la revelación cristiana
Quien lea con detenimiento contemplativo el Prólogo de san Juan, no tardará en advertir que, en este texto de incomparable vuelo espiritual, se esconde el misterio de la Ternura humana hecha Divina. Comprender, asimilar vitalmente esta expresión la ternura humana hecha divina, es el núcleo de la revolución de Reino de Dios. Dios, en su Verbo Encarnado, hace suya la debilidad de su criatura humana, para así encenderla desde adentro con su propia energía divina. De este modo, la Ternura de Dios se manifiesta en hacerse débil con el débil para salvar al débil al estilo divino. Ternura como debilidad (en el caso humano) que pide amor para encontrar sentido a sus carencias y límites. Ternura como debilidad (en el caso divino) que hace suyas las necesidades del hombre para elevarlas con su propio don. Un Dios débil (tierno) ante las precarias condiciones de la carne. Y la Palabra se hizo Carne, introduciendo en el misterio de Dios la debilidad y la ternura.
La locura de amor en el acto creador, sólo podía ser superada por la locura de amor de la Encarnación. Dios, al crear, se retira para dar lugar al universo.
Y, al hacer suya, por Encarnación, la misma carne del universo, introduce en el seno de su misterio trinitario la debilidad (ternura) de la carne, nuestra carne humana, que ya es la misma Carne del Dios Eterno. La revelación cristiana, es, pues, la Revolución de la Ternura de Dios. Por eso, la Palabra, es la luz verdadera que alumbra a todo humano que viene a este mundo. Lo ilumina haciéndole saber que su necesidad de amar y ser amado, que el instinto de su ternura, es compartido por el mismo Dios, Quien, no deja de mostrarse tierno ante sus criatura, necesitado de su amor, a fin de que la criatura, aceptando el amor de su Creador, viva una ternura plena, su debilidad natural convertida en su mayor fuerza, fuerza sobrenatural.
Parafraseando el donde hay amor, allí está Dios, podemos decir: donde triunfa la Ternura se realiza el Reino de Dios. Y también, haciendo nuestro el Dios es Amor, debemos decir: nunca está Dios más presente que cuando el humano se realiza en su propia ternura, su debilidad aceptada, su necesidad ineludible de amar y ser amado.
El amor, en todas las tradiciones místicas, entre Dios y Hombre, es el explícito reconocimiento de que en la Ternura se unifican Dios y Hombre. Unificación que los místicos llaman desposorios, como símbolo de esa cima incomparable de plenitud lograda por ambos (amante y amado) a la vez, sin posibilidad de seguir siendo cada uno por separado.
_______________________________________________________________Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado (3).
1 Erich Fromm – EL ARTE DE AMAR. Paidóa, Buenos Aires 1966
2 Anthony de Mello – UNA LLAMADA AL AMOR, 74-77. Sal Terrae, Santander 1991
3 San Juan de la Cruz, poema NOCHE OSCURA, canción 8
