
Tercera ponencia de Antonio López Baeza en el retiro de la Fraternidad Sacerdotal española.
Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas
Retiro de Navidad 2.017
Galapagar (Madrid), 27-30 de diciembre
1.- Ternura en la búsqueda de soluciones reales al sufrimiento humano
La Exhortación Apostólica EVANGELII GAUDIUM del papa Francisco, puede ser muy bien leída íntegramente como una invitación a la Ternura, pese a que en ella podamos encontrar denuncias pronunciadas con el tono elevado del profeta indignado, que no puede callar ante los abusos de los poderosos esclavizadores de sus hermanos más débiles.
Y es aquí donde el papa llega a tocar la fibra de la ternura, ese material único con el que se puede tejer una sociedad más humana. Porque la ternura se muestra en el cuidado de lo frágil, en la predilección por mejorar las condiciones de vida (en todos sus aspectos y en todos los casos) en que los valores de libertad y felicidad no son suficientemente compartidos, o, tal vez, ni siquiera tenidos en cuenta, como base de una Nueva Humanidad.
2.- Tres rasgos de la ternura revolucionaria
2.1.- El riesgo del encuentro con el rostro del otro
El otro es “otro” porque tiene un rostro distinto al mío. Es decir, porque representa una manera de ser en la vida diferente en parte a la mía y con necesidades y situaciones que no son idénticas a las mías. Tales diferencias lo hacen mi semejante (igual a mí en dignidad) pero distinto (portador de valores de los que carezco). Como sentenciara Antonio Machado: Enseña el Cristo: a tu prójimo amarás como a ti mismo; ¡mas nunca olvides que es otro!. Al ser distintos en algo, somos complementarios, necesitando cada uno lo que a él le falta y sí tiene el otro. Y así, todos nos necesitamos. Descubrir con humildad que necesito al otro, que necesito a todos porque todos son un otro para mí, representa la gran fuerza y debilidad de la persona humana. También el gran riesgo. Imposible salir al encuentro del otro en cuanto otro, sin arriesgar seguridades, comodidades y certezas arraigadas en el yo mismo. Imposible encontrarse con el rostro (la verdad) del otro, sin reconocer en la práctica que la verdad de ser persona humana es la de saberse incompleta, en camino hacia sí misma, y necesitada de todos. Sin esta conciencia de la necesidad de todos, sus formas y experiencias de amor en la vida siempre serán egoístas y frustrantes.
Veamos algunos ejemplos: no sólo es el pobre el que necesita al rico. Sin duda el rico necesita aún más al pobre, a fin de que sus riquezas no sean causa de injusticia y daño a muchos semejantes. No sólo el desdichado necesita el consuelo de la persona feliz. Nunca será humana la felicidad de uno que no hace felices a otros. Y más: ¿podrá ser la experiencia de Dios un camino de salvación individual, si el que la vive no entrega su vida por la salvación de otros?
Habla el papa de la presencia física del otro, de ese dejarnos impactar por la realidad total de quien tenemos delante, de no volver el rostro ante las fealdades, miserias, pecados…, que encontremos en el “rostro” del hermano. Saber mirarme en él, para reconocer mis propias miserias y para saber lo que el Padre común me está dando y pidiendo a través de ese hermano o hermana en concreto. Ningún aire de superioridad sobre el otro me permitirá entrar en el movimiento de la Revolución de la Ternura iniciada por el Verbo Encarnado. Y siempre que no aprenda algo que me ayude a ser más humano, más sensible, atento, preocupado y respetuoso ante el otro, deberé reconocer que no estoy en colaboración con el Dios de la Ternura inmarchitable.
Habla el papa de un constante cuerpo a cuerpo (¡magnífica expresión!) que no puede aludir sino a ese encuentro de comunión, que es quintaesencia de la solidaridad, porque en ese cuerpo a cuerpo, ambos sujetos viven la reciprocidad: experiencia de ser iguales, ninguno por encima, cada uno necesitado del otro (como en todo ejercicio de amor vivido en carne humana). En todo cuerpo a cuerpo donde la ternura es el motor, no cabe duda que se desarrolla de forma indefinida la naturaleza relacional del ser humano. Aprende, gracias a ese encuentro materializado entre dos seres de carne y hueso, que la mayor miseria del humano es no saber comunicarse, no saber decirse, no haber entrado en ese diálogo de las existencias, en el que todo hermano es para mí (y espera de mí) una gracia de realización personal. Y, “constante”; no es el cuerpo a cuerpo ocasional de quien busca su único placer en un momento de contacto (dar una limosna para tranquilizar mi conciencia o ver al otro/a como instrumento de mi satisfacción sexual), sino en un estilo personal consistente en estar íntegramente (cuerpo y alma) abierto a la vida del otro, para dar y recibir, para hacer crecer la vida de ambos.
2.2.- Entrar en contacto con la existencia real de los otros
Habla aquí el papa de la existencia real. Lo que acontece en el día a día de la vida ordinaria de los hermanos. Cosa imposible de conocer sin un contacto que se lleva a cabo compartiendo las necesidades, esperanzas y luchas que conforman el conjunto de la vida de todos los seres y grupos humanos. Conozco a mis ovejas, y las mías me conocen a mí, dice el Señor. Conocimiento por encarnación en la existencia real de los otros. Exigencia fundamental para toda conciencia cristiana, pero más aún para los que quieren hacer de su bautismo un servicio al Reino de la fraternidad universal. Realidad. Realismo. Todo lo contrario de idealismos desencarnados (salvación/liberación para un más allá) y misiones que llevan preparado su mensaje antes de conocer las necesidades reales del pueblo a evangelizar.
Al escuchar el reclamo a hacer nuestra la fuerza de la ternura, es inevitable para cuantos conocen el Nuevo Testamento, pensar en la energía espiritual que tiene la debilidad, cuando ésta nos conduce a ser humildes en la conciencia y el deseo de la necesidad de los otros. ¡Gran fortaleza, en cualquier campo del hacer humano, la de reconocer en la practica diaria que busca el bien común, que “solos” nada podemos! Se trata de la revolución del triunfo del “nosotros” sobre el “yo”. Y que no hay empresa humana de feliz resultado para la Paz y la Justicia que no sea llevada a cabo con la participación de todos los valores dispersos entre muchos. Reconocer que toda la verdad y todo el amor, no son posibles en facciones encontradas, que disputan entre sí (aún movidos por nobles anhelos) por tomar el poder en sus manos. Ninguna lucha por el poder será fecunda en beneficio del pueblo, de la inmensa mayoría, de los que deben ser la voz autorizada en todo programa político y social, porque son los que representan los sufrimientos y las necesidades de los más desfavorecidos. Escuchar a los pobres es escuchar a Dios a fin de poner todos nuestros medios para que se cumpla su voluntad en la Tierra como en el Cielo.
Vivir la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo, es la expresión del sano orgullo para cuantos han puesto su ser en la revolución desde abajo. No puedo imaginar mi vida si no es desde los últimos. No quiero llevar a cabo nada en este mundo que no sea a favor de los últimos. No busco en nada ser de los primeros, sino en todo de los últimos. Intensa experiencia, porque abarca la totalidad de la vida de la persona. Y en su propia intensidad sitúa al que la vive en el punto más directo de contacto con el Dios que salva por encarnación. Es la mística de dar la vida por los que se aman. Es el conocimiento de Dios que, lejos de aislar o separar, nos introduce en lo más hondo (sensible) de los procesos de ascensión humana. Porque la Humanidad Histórica sólo asciende, sólo se realiza en sus valores inalienables de dignidad, participación, comunión…, desde sus raíces bien alimentadas por cuantos se supieron pueblo, y no desearon ser otra cosa que pueblo en marcha hacia una Humanidad total en abrazo.
A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Caer en tal tentación significaría haber renunciado a participar en la Revolución de la Ternura. Porque la más sabrosa y consoladora Ternura de Dios para conmigo, la encontraré cuando penetre con todo mi ser en las llagas del Señor, que permanecen siempre abiertas para mí en las quejas, lamentos, llantos y soledades de los débiles de cualquier sociedad.
2.3.- Ayudar a una sola persona justifica mi vida entera
Una sola persona, dice el papa. ¿Acaso la conciencia cristiana no nos dice que todos formamos uno solo en el Amor del Padre? Por eso, en mi modo de amar a una sola persona puedo encontrarme con la voluntad salvífica universal de Dios. Salvar a una sola persona es amarla como única e irrepetible, y no pretender que sea distinta en nada de cuanto constituye su ser particular. Salvar a una sola persona es ayudarle a ser fiel a sí misma y a encontrar un verdadero sentido para su vida basado en el amor de solidaridad y servicio. Cuando se está convencido de que sólo el amor salva, salvar a una sola persona será manifestarle con la gratuidad de tu amor que así la ama Dios.
Núcleo, pues, de toda revolución que no quiera quedarse a medio camino: no caer en la vieja fórmula del bosque que no nos deja ver los árboles. Y así como para la madre Naturaleza cada árbol del bosque es una entidad que precisa de todos sus cuidados, así para los proyectos políticos, sociales y económicos, resultará imposible mantener en pie la hermosura del bosque cuando tantos árboles perecen en la miseria de falta de lo necesario imprescindible.
Cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Hagamos diversas lecturas de esta afirmación del papa: por ejemplo:
Ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. El que quiere vivir al servicio de los demás, pronto advierte que él no es salvador de nada ni de nadie. Pero tal constatación no le desanima; al contrario, lo estimula. No sólo que me reconozco tan pobre y tan débil como aquel a quien deseo ayudar, descubrimiento que introduce el ingrediente de la humildad, imprescindible para la ternura revolucionaria; amén de esa humildad se despierta en mí que yo también estoy necesitado del otro, incluido el hermano a quien dirijo mis cuidados; que yo también necesito ser salvado, liberado de miedos, orgullos, ansiedades, desesperanzas…, ¡y tantas cosas que me hacen ser modesto en mis objetivos y constante en mis decisiones de servicio al bien común! Es otra vez aquello de que cuando soy débil, entonces soy fuerte. Cuando quiero sinceramente ayudar a una persona a vivir mejor, me estoy ayudando a mí mismo a no caer en las redes del desaliento pesimista, por un lado, ni del autoengaño de todo triunfalismo optimista. por otro. La Revolución de la Ternura jamás caerá en las garras del triunfalismo ni del desaliento, porque no busca el poder, sino el servir, y éste, en pura gratuidad. Una vida “justificada”, como dice el papa, es una vida “ajustada” a su verdad de criatura que se abre a la comunión universal en la comunión de servicio a otras criaturas hermanas, concretas y reales, presentes y bien definidas..
3.- Descansar en la Ternura de los brazos del Padre
Tal descanso consistirá en saber que, el que trabaja por el Reino de Dios en este mundo, jamás será un francotirador que se expone a morir por una causa noble. Un luchador por el Reino pelea siempre en la comunión de los santos, que no se enfrenta con sus solos medios a la lucha contra el mal, sino con la fuerza de Cristo resucitado, esperanza y certidumbre de que el amor es más fuerte que la muerte. Desde el amor de Dios gozado en su propio corazón, sabe que la eficacia de su lucha está asegurada, porque él mismo ya se siente salvado en el tiempo y para la eternidad por el amor gratuito de Dios.
Nosotros, los que hemos seguido a Jesús de Nazaret, sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Porque es en ella donde nos acreditamos como creyentes en el Dios de Jesús, y donde mejor llegamos a experimentar que no estamos solos en tan singular batalla. Nadie se siente más amado de Dios que quien se va encontrando cara a cara con Él, mano a mano con Él, en las luchas diarias por el bien común y los Derechos Humanos.
Sí: aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca. En el fondo/fondo del testimonio cristiano en el mundo, nuestra virtud esencial será la de ser humanos, verdaderamente humanos, plenamente humanos, simplemente humanos…, a fin de que muchos puedan ver a Dios a través de nuestras vidas pequeñas pero entregadas, pobres pero generosas, cansadas pero nunca derrotadas.
La Exhortación Apostólica EVANGELII GAUDIUM del papa Francisco, puede ser muy bien leída íntegramente como una invitación a la Ternura, pese a que en ella podamos encontrar denuncias pronunciadas con el tono elevado del profeta indignado, que no puede callar ante los abusos de los poderosos esclavizadores de sus hermanos más débiles.
La economía ya no puede recurrir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos (204).Lo que parece preocupar aquí al papa Francisco es, evidentemente, la dignidad humanan y los derechos de toda persona, pero partiendo de los más débiles. En tal sentido, advierte de que no se puede seguir aplicando el veneno del inveterado capitalismo, siempre incapaz de solucionar los problemas de los que más sufren, ya que su interés primordial (¿único?) parece radicar en el incremento del poder económico en pocas manos.
Es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros levanten la mirada y amplíen sus perspectivas, que procuren que haya trabajo, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos (205).
Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan librarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra (208).
Y es aquí donde el papa llega a tocar la fibra de la ternura, ese material único con el que se puede tejer una sociedad más humana. Porque la ternura se muestra en el cuidado de lo frágil, en la predilección por mejorar las condiciones de vida (en todos sus aspectos y en todos los casos) en que los valores de libertad y felicidad no son suficientemente compartidos, o, tal vez, ni siquiera tenidos en cuenta, como base de una Nueva Humanidad.
Siempre me angustió la situación de los que son objeto de las diversas formas de trata de personas. Quisiera que se escuchara el grito de Dios preguntándonos a todos: “¿Dónde está tu hermano?ª (Gn 4,9). ¿Dónde está tu hermano esclavo? ¿Dónde está ese que estás matando cada día en el taller clandestino, en la red de prostitución, en los niños que utilizas para (o, condenas a) la mendicidad […]No nos hagamos los distraídos. Hay mucho de complicidad (211).Ser cristiano y no poner la entera existencia al servicio de la Dignidad Humana y de un mundo de relaciones regidas por el bien de los más desfavorecidos, significaría no haber conocido el amor de Dios, pues nadie puede conocerlo (vivir de él) sin hacerse un humilde servidor de la vida. Y aquí es donde la Revolución de la Ternura nos va a plantear sus más desnudas exigencias.
Pequeños pero fuertes en el amor de Dios, como Francisco de Asís, todos los cristianos estamos llamados a cuidar la fragilidad del pueblo y del mundo en que vivimos (216).
2.- Tres rasgos de la ternura revolucionaria
2.1.- El riesgo del encuentro con el rostro del otro
El otro es “otro” porque tiene un rostro distinto al mío. Es decir, porque representa una manera de ser en la vida diferente en parte a la mía y con necesidades y situaciones que no son idénticas a las mías. Tales diferencias lo hacen mi semejante (igual a mí en dignidad) pero distinto (portador de valores de los que carezco). Como sentenciara Antonio Machado: Enseña el Cristo: a tu prójimo amarás como a ti mismo; ¡mas nunca olvides que es otro!. Al ser distintos en algo, somos complementarios, necesitando cada uno lo que a él le falta y sí tiene el otro. Y así, todos nos necesitamos. Descubrir con humildad que necesito al otro, que necesito a todos porque todos son un otro para mí, representa la gran fuerza y debilidad de la persona humana. También el gran riesgo. Imposible salir al encuentro del otro en cuanto otro, sin arriesgar seguridades, comodidades y certezas arraigadas en el yo mismo. Imposible encontrarse con el rostro (la verdad) del otro, sin reconocer en la práctica que la verdad de ser persona humana es la de saberse incompleta, en camino hacia sí misma, y necesitada de todos. Sin esta conciencia de la necesidad de todos, sus formas y experiencias de amor en la vida siempre serán egoístas y frustrantes.
Veamos algunos ejemplos: no sólo es el pobre el que necesita al rico. Sin duda el rico necesita aún más al pobre, a fin de que sus riquezas no sean causa de injusticia y daño a muchos semejantes. No sólo el desdichado necesita el consuelo de la persona feliz. Nunca será humana la felicidad de uno que no hace felices a otros. Y más: ¿podrá ser la experiencia de Dios un camino de salvación individual, si el que la vive no entrega su vida por la salvación de otros?
El ideal cristiano siempre invitará a superar la sospecha, la desconfianza permanente, el temor a ser invadidos, las actitudes defensivas que nos impone el mundo actual. Muchos tratan de escapar de los demás hacia la privacidad cómoda o hacia el reducido círculo de los más íntimos, y renuncian al realismo de la dimensión social del Evangelio. Porque, así como algunos quisieran un Cristo puramente espiritual, sin carne y sin cruz, también se pretenden relaciones interpersonales sólo mediadas por aparatos sofisticados, por pantallas y sistemas que se puedan encender y apagar a voluntad. Mientras tanto, el Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura (EG 88).En este primer acercamiento al papa en sus referencias a la Revolución de la ternura, es notable que, para hacernos caer en su importancia ineludible en la tarea de la presencia cristiana en el mundo, comience por decirnos que no es suficiente con un trabajo “bien hecho” de funcionario eclesial, ni con poner todo el empeño en la defensa de la institución eclesial, ni con mantener una “grey” bien recogida bajo las alas del pastor, ni con ser paladines de la ortodoxia; todo eso no basta si no hacemos nuestra la Revolución de la Ternura que es la lectura más correcta de “Y el Verbo se hizo Carne”. Buscar al Verbo de Dios en la Carne Humana, nos hará testigos de esa Ternura que viene de Dios como fuerza de salvación para todos, y, como estilo personal de moverme entre mis hermanas y hermanos.
Habla el papa de la presencia física del otro, de ese dejarnos impactar por la realidad total de quien tenemos delante, de no volver el rostro ante las fealdades, miserias, pecados…, que encontremos en el “rostro” del hermano. Saber mirarme en él, para reconocer mis propias miserias y para saber lo que el Padre común me está dando y pidiendo a través de ese hermano o hermana en concreto. Ningún aire de superioridad sobre el otro me permitirá entrar en el movimiento de la Revolución de la Ternura iniciada por el Verbo Encarnado. Y siempre que no aprenda algo que me ayude a ser más humano, más sensible, atento, preocupado y respetuoso ante el otro, deberé reconocer que no estoy en colaboración con el Dios de la Ternura inmarchitable.
Habla el papa de un constante cuerpo a cuerpo (¡magnífica expresión!) que no puede aludir sino a ese encuentro de comunión, que es quintaesencia de la solidaridad, porque en ese cuerpo a cuerpo, ambos sujetos viven la reciprocidad: experiencia de ser iguales, ninguno por encima, cada uno necesitado del otro (como en todo ejercicio de amor vivido en carne humana). En todo cuerpo a cuerpo donde la ternura es el motor, no cabe duda que se desarrolla de forma indefinida la naturaleza relacional del ser humano. Aprende, gracias a ese encuentro materializado entre dos seres de carne y hueso, que la mayor miseria del humano es no saber comunicarse, no saber decirse, no haber entrado en ese diálogo de las existencias, en el que todo hermano es para mí (y espera de mí) una gracia de realización personal. Y, “constante”; no es el cuerpo a cuerpo ocasional de quien busca su único placer en un momento de contacto (dar una limosna para tranquilizar mi conciencia o ver al otro/a como instrumento de mi satisfacción sexual), sino en un estilo personal consistente en estar íntegramente (cuerpo y alma) abierto a la vida del otro, para dar y recibir, para hacer crecer la vida de ambos.
2.2.- Entrar en contacto con la existencia real de los otros
Habla aquí el papa de la existencia real. Lo que acontece en el día a día de la vida ordinaria de los hermanos. Cosa imposible de conocer sin un contacto que se lleva a cabo compartiendo las necesidades, esperanzas y luchas que conforman el conjunto de la vida de todos los seres y grupos humanos. Conozco a mis ovejas, y las mías me conocen a mí, dice el Señor. Conocimiento por encarnación en la existencia real de los otros. Exigencia fundamental para toda conciencia cristiana, pero más aún para los que quieren hacer de su bautismo un servicio al Reino de la fraternidad universal. Realidad. Realismo. Todo lo contrario de idealismos desencarnados (salvación/liberación para un más allá) y misiones que llevan preparado su mensaje antes de conocer las necesidades reales del pueblo a evangelizar.
A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura. Cuando lo hacemos, la vida siempre se nos complica maravillosamente y vivimos la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo (EG 270).Se nos habla aquí de “la Fuerza de la Ternura”. No deja de ser una fórmula paradójica. Lo tierno que contiene en sí su específica manera de ser fuerte. No es, por supuesto, la fuerza de lo rígido, inflexible, seguro de sí mismo. No es la fuerza del que dispone de gran poder entre sus manos. Ni la del orgullo que piensa alcanzar cualquier tipo de metas con sus ínsitos recursos. Tales tipos de fortaleza se emparientan con la estatua de Daniel, la que por mucha riqueza y poder que acumule en su estructura, sus pies son de barro, incapaces de sostener tanto aparato impresionante.
Al escuchar el reclamo a hacer nuestra la fuerza de la ternura, es inevitable para cuantos conocen el Nuevo Testamento, pensar en la energía espiritual que tiene la debilidad, cuando ésta nos conduce a ser humildes en la conciencia y el deseo de la necesidad de los otros. ¡Gran fortaleza, en cualquier campo del hacer humano, la de reconocer en la practica diaria que busca el bien común, que “solos” nada podemos! Se trata de la revolución del triunfo del “nosotros” sobre el “yo”. Y que no hay empresa humana de feliz resultado para la Paz y la Justicia que no sea llevada a cabo con la participación de todos los valores dispersos entre muchos. Reconocer que toda la verdad y todo el amor, no son posibles en facciones encontradas, que disputan entre sí (aún movidos por nobles anhelos) por tomar el poder en sus manos. Ninguna lucha por el poder será fecunda en beneficio del pueblo, de la inmensa mayoría, de los que deben ser la voz autorizada en todo programa político y social, porque son los que representan los sufrimientos y las necesidades de los más desfavorecidos. Escuchar a los pobres es escuchar a Dios a fin de poner todos nuestros medios para que se cumpla su voluntad en la Tierra como en el Cielo.
Vivir la intensa experiencia de ser pueblo, la experiencia de pertenecer a un pueblo, es la expresión del sano orgullo para cuantos han puesto su ser en la revolución desde abajo. No puedo imaginar mi vida si no es desde los últimos. No quiero llevar a cabo nada en este mundo que no sea a favor de los últimos. No busco en nada ser de los primeros, sino en todo de los últimos. Intensa experiencia, porque abarca la totalidad de la vida de la persona. Y en su propia intensidad sitúa al que la vive en el punto más directo de contacto con el Dios que salva por encarnación. Es la mística de dar la vida por los que se aman. Es el conocimiento de Dios que, lejos de aislar o separar, nos introduce en lo más hondo (sensible) de los procesos de ascensión humana. Porque la Humanidad Histórica sólo asciende, sólo se realiza en sus valores inalienables de dignidad, participación, comunión…, desde sus raíces bien alimentadas por cuantos se supieron pueblo, y no desearon ser otra cosa que pueblo en marcha hacia una Humanidad total en abrazo.
A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Caer en tal tentación significaría haber renunciado a participar en la Revolución de la Ternura. Porque la más sabrosa y consoladora Ternura de Dios para conmigo, la encontraré cuando penetre con todo mi ser en las llagas del Señor, que permanecen siempre abiertas para mí en las quejas, lamentos, llantos y soledades de los débiles de cualquier sociedad.
2.3.- Ayudar a una sola persona justifica mi vida entera
Una sola persona, dice el papa. ¿Acaso la conciencia cristiana no nos dice que todos formamos uno solo en el Amor del Padre? Por eso, en mi modo de amar a una sola persona puedo encontrarme con la voluntad salvífica universal de Dios. Salvar a una sola persona es amarla como única e irrepetible, y no pretender que sea distinta en nada de cuanto constituye su ser particular. Salvar a una sola persona es ayudarle a ser fiel a sí misma y a encontrar un verdadero sentido para su vida basado en el amor de solidaridad y servicio. Cuando se está convencido de que sólo el amor salva, salvar a una sola persona será manifestarle con la gratuidad de tu amor que así la ama Dios.
Para compartir la vida con la gente y entregarnos generosamente, necesitamos reconocer también que cada persona es digna de nuestra entrega. No por su aspecto físico, por sus capacidades, por su lenguaje, por su mentalidad o por las satisfacciones que nos brinde, sino porque es obra de Dios, criatura suya. Él la creó a su imagen, y refleja algo de su gloria. Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida. Jesucristo dio su preciosa sangre en la cruz por esa persona. Más allá de toda apariencia, cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Por ello, si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. Es lindo ser pueblo fiel de Dios. ¡Y alcanzamos plenitud cuando rompemos las paredes y el corazón se nos llena de rostros y de nombres! (EG 274).Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida. La clave de la Revolución de la ternura -aunque ya esté dicho no hay que cansarse en repetirlo-, es la valoración de cada persona como “predilecta” del amor de Dios. Existe una predilección del Padre por cada uno de sus hijos. Jesús de Nazaret es el primero de los predilectos, porque en Él nos quiso manifestar el Padre que cada uno de sus hijos es para Él un tesoro incomparable. Pre-dilecto, no en el sentido de más-amado, con un amor que ya no se repite en la misma forma y medida con nadie más; sino pre-dilecto con un amor que ejemplifica la manera propia del Amor divino: darse entero a cada ser amado.
Núcleo, pues, de toda revolución que no quiera quedarse a medio camino: no caer en la vieja fórmula del bosque que no nos deja ver los árboles. Y así como para la madre Naturaleza cada árbol del bosque es una entidad que precisa de todos sus cuidados, así para los proyectos políticos, sociales y económicos, resultará imposible mantener en pie la hermosura del bosque cuando tantos árboles perecen en la miseria de falta de lo necesario imprescindible.
Cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Hagamos diversas lecturas de esta afirmación del papa: por ejemplo:
- cada niño que muere de hambre (de abandono, de falta de educación) merece nuestro cariño y nuestro no descansar hasta erradicar las causas de tales muertes;
- cada anciana o anciano que se sienten desamparados, marginados por el mundo de la eficacia y las comodidades de un bienestar familiar, debe gritar en las demás conciencias que sin los mayores se empobrece la marcha de toda sociedad;
- cada persona que muere cruzando el mar en una patera, merece nuestro llanto más inconsolable y una indignación que no cese hasta solucionar este problema en sus raíces;
- o, mientras la prostitución siga siendo un modo de subsistencia (cuando no de explotación), porque se cierran las puertas a otras formas de ganarse el sustento, nadie puede tirar la primera piedra ni cerrar puerta alguna de este mundo a quienes nos precederán en el Reino de los Cielos;
- o, en tanto las cárceles sean una privación de libertad que lleva consigo vejación de la persona y marginación del mundo de los “buenos”, será imposible para quien se sienta humano dejar de luchar para encontrar otros sistemas de ayuda al hermano (considerado “delincuente”) que sea de auténtica rehabilitación en toda su dignidad, merecedora de todo nuestro cariño y respeto:
- o, por concluir, si no ponemos toda la carne en el asador (toda nuestra voluntad de cambiar esta situación) en el empeño de que dejen de producirse armas bélicas, en especial las de destrucción masiva, no podremos llamarnos hijos de Dios, porque no seremos realmente constructores de la Paz.
Ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. El que quiere vivir al servicio de los demás, pronto advierte que él no es salvador de nada ni de nadie. Pero tal constatación no le desanima; al contrario, lo estimula. No sólo que me reconozco tan pobre y tan débil como aquel a quien deseo ayudar, descubrimiento que introduce el ingrediente de la humildad, imprescindible para la ternura revolucionaria; amén de esa humildad se despierta en mí que yo también estoy necesitado del otro, incluido el hermano a quien dirijo mis cuidados; que yo también necesito ser salvado, liberado de miedos, orgullos, ansiedades, desesperanzas…, ¡y tantas cosas que me hacen ser modesto en mis objetivos y constante en mis decisiones de servicio al bien común! Es otra vez aquello de que cuando soy débil, entonces soy fuerte. Cuando quiero sinceramente ayudar a una persona a vivir mejor, me estoy ayudando a mí mismo a no caer en las redes del desaliento pesimista, por un lado, ni del autoengaño de todo triunfalismo optimista. por otro. La Revolución de la Ternura jamás caerá en las garras del triunfalismo ni del desaliento, porque no busca el poder, sino el servir, y éste, en pura gratuidad. Una vida “justificada”, como dice el papa, es una vida “ajustada” a su verdad de criatura que se abre a la comunión universal en la comunión de servicio a otras criaturas hermanas, concretas y reales, presentes y bien definidas..
3.- Descansar en la Ternura de los brazos del Padre
Tal descanso consistirá en saber que, el que trabaja por el Reino de Dios en este mundo, jamás será un francotirador que se expone a morir por una causa noble. Un luchador por el Reino pelea siempre en la comunión de los santos, que no se enfrenta con sus solos medios a la lucha contra el mal, sino con la fuerza de Cristo resucitado, esperanza y certidumbre de que el amor es más fuerte que la muerte. Desde el amor de Dios gozado en su propio corazón, sabe que la eficacia de su lucha está asegurada, porque él mismo ya se siente salvado en el tiempo y para la eternidad por el amor gratuito de Dios.
Como no siempre vemos esos brotes, nos hace falta una certeza interior y es la convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos, porque «llevamos este tesoro en recipientes de barro» (2 Cor 4,7). Esta certeza es lo que se llama «sentido del misterio». Es saber con certeza que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo (cf. Jn 15,5). Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida. A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos. El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca (EG 279).Nos lleva el papa ahora a las fuentes de la Revolución de la Ternura: éstas son las mismas entrañas de Dios en las que nuestra experiencia de fe nos ha introducido, como en el campo de todas nuestras operaciones por el bien común y la dignidad de la persona humana. Porque la Revolución de la Ternura es misteriosa como Dios mismo y tan eficaz como su Amor. Tan misteriosa como un valor supremo que nos sobrepasa y nos necesita. Tan eficaz como una buena semilla (la Voluntad Salvífica Universal de Dios) que ha encontrado la buena tierra (la conciencia humilde, insatisfecha y buscadora del humano) en que dar el mejor fruto. Desde las entrañas de Dios es segura la victoria sobre el mal, sea cual fuere la cara que nos da: miserias, injusticias, violencias, atropellos a la dignidad humana…
Nosotros, los que hemos seguido a Jesús de Nazaret, sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Porque es en ella donde nos acreditamos como creyentes en el Dios de Jesús, y donde mejor llegamos a experimentar que no estamos solos en tan singular batalla. Nadie se siente más amado de Dios que quien se va encontrando cara a cara con Él, mano a mano con Él, en las luchas diarias por el bien común y los Derechos Humanos.
Sí: aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca. En el fondo/fondo del testimonio cristiano en el mundo, nuestra virtud esencial será la de ser humanos, verdaderamente humanos, plenamente humanos, simplemente humanos…, a fin de que muchos puedan ver a Dios a través de nuestras vidas pequeñas pero entregadas, pobres pero generosas, cansadas pero nunca derrotadas.
